lunes, 4 de septiembre de 2017

CUENTOS DEL AMOR VIRIL Milagro en Teotihuacán

MILAGRO EN TEOTIHUACAN
-Los mexicanos tenemos un apreciable porcentaje de sangre india -afirmó Javier Robledo.
Protegido por el embozo que le proporcionaba el gigantesco sombrero que el fotógrafo de turistas le había obligado a ponerse, Jenaro Senmenat examinó de reojo el rostro de Javier. Que el mexicano prestase atención a la ranchera que cantaba muy desafinadamente el grupo de mariachis, junto con la algarabía del local, le ayudaba a disimular la intensidad y el hambre de su mirada.
Javier no era guapo en el sentido clásico, pero su exuberante virilidad agreste, y la pastosidad de su voz, le dotaban de un atractivo sexual arrebatador y sí, el trazado de sus cejas y sus ojo, vagamente achinados, que le proporcionaban cierto parecido con Antony Quinn, revelaban un toque de sangre indígena, no mayor que el de Jorge Negrete. Sin embargo, su oscuro y poblado vello desmentía ese origen, dado que los amerindios suelen ser lampiños.
Y por mucho que se esforzaba, no conseguía dejar de mirar su bragueta. Lanzaba miradas de soslayo que se cosían al empinadísimo abultamiento del pantalón y tenía que realizar esfuerzos heroicos para que sus ojos no desvelaran sus pensamientos. Se preguntaba qué podía haber ocasionado la erección de Javier, pero la razón le aconsejaba suponer que se trataba sólo del efecto del alcohol y la divertida placidez del momento. No se le ocurría plantearse otra posibilidad distinta.
Desviando la mirada hacia la esplendorosa y ancha sonrisa de Javier, Jenaro se preguntó si la visita a Ciudad de México iba a servirle para conquistar, por fin, lo que llevaba quitándole el sueño cerca de un año.

El traslado a Nueva York, un año antes, no pudo ser más incierto. Jenaro disponía sólo de cinco millones de pesetas ahorrados con mucho esfuerzo, y necesitaba aprender inglés, culminar el curso de actuación y vivir la experiencia de desenvolverse durante un año en la Babilonia norteamericana, para seguir creyendo en sí mismo como actor y darse gas para continuar en una profesión que en España era una extenuante carrera de obstáculos. La austeridad que debía imponerse para resistir un año y volver a Madrid con medios suficientes para reiniciar la carrera, vedaba toda posibilidad de alquilar un apartamento privado, a los precios exorbitantes de los alquileres de Nueva York. Gracias a un anuncio en uno de los periódicos en español, encontró habitación en el Bronx, en un piso de la avenida Melrose, compartido con dos hispanos.
Roberto, el uruguayo, era hematólogo; preparaba un máster que lo convertiría en una autoridad médica de su país. Javier, el mexicano, era un simple oficinista de la legación mexicana ante las Naciones Unidas. Juntos, pudieron permitirse un apartamento de tres dormitorios, que según los parámetros neoyorkinos habría sido un lujo asiático para cualquiera de los tres. A Jenaro le asignaron la habitación que daba a la calle, puesto que era el que tenía menores obligaciones laborales de horario y no importaba si el ruido turbaba su sueño, cosa que ocurría con constantemente.
Se trataba de una habitación sin puerta, comunicada con el salón por un arco de medio punto, que había sido el despacho del propietario. El español carecía de la privacidad que disfrutaban el mexicano y el uruguayo, por lo que le fue concedida una participación algo menor en los gastos. Mientras cerraban el acuerdo, Roberto, el uruguayo, aludió en varios momentos a la falta de aislamiento… “que te obligará a encerrarte en el baño cada vez que te pique la entrepierna”. Tanto Javier como Jenaro ponían cara de circunstancias ante tales alusiones, que a Roberto le hacían sonreír con mucha ironía.
La falta de aislamiento fue el origen de todo.
Sólo había un aparato telefónico, que estaba en el salón. Sólo había un baño, cuya puerta daba también al salón, en línea con el cabecero de la cama de Jenaro. Tanto Roberto como Javier, acudían siempre en calzoncillos a las llamadas del teléfono; los dos entraban en el baño frecuentemente desnudos o, a lo sumo, cubiertos parcialmente por una toalla. Roberto, con su aspecto centroeuropeo, poseía una belleza escultural espléndida aunque fría: piel celta ebúrnea, cuerpo meticulosamente trabajado en el gimnasio, demasiado armónico y simétrico como para parecer de carne, pelo castaño muy claro, probablemente tratado frecuentemente con camomila, vello depilado hasta en los rincones más íntimos; el hecho de tener una novia fija y frecuentes aventuras con norteamericanas, que metía sin tapujos en su habitación, le desterraba de las expectativas y ensoñaciones de Jenaro.
Javier, en cambio, no era mujeriego militante y su aspecto de macho tópico, ancho, robusto y fibroso como un labrador, y piel atezada igual que cuero, como un estibador, le dotaban de un atractivo apremiante que ocasionaba frecuentes erecciones a Jenaro mientras lo veía hablar por teléfono, despatarrado, acariciándose distraídamente la abundante pelambrera oscura del voluminoso escroto que asomaba, impúdico, por la pernera del calzoncillo o pasándose la palma de la mano por los prominentes pectorales cubiertos de vello.
Era una belleza imperfecta. El hombro izquierdo era algo más redondo que el derecho, los muslos eran demasiado descomunales y tan densamente velludos que apenas se veía la piel. Sus gemelos abultaban tanto, que sus piernas parecían torneadas patas de sillón barroco. El vello del vientre formaba una ristra tan abundante y compacta, y sobresalía tanto de perfil, que Jenaro estaba siempre a punto de pedirle que le permitiera recortárselo un poco.
Fingiendo dormitar o sin necesidad de ello, puesto que Javier se comportaba con desinhibición algo exhibicionista, Jenaro contemplaba el bulto desmesurado y palpitante de los genitales del mexicano a placer, obligándose a esfuerzos heroicos para sacudirse la tentación de saltar a acariciarlo, a pesar de que nunca antes le había atraído esa clase de desproporciones. Antes del deslumbramiento por Javier, ni siquiera recordaba haberse fijado en hombres muy velludos ni en el tamaño del pene de nadie. Y, para colmo, ocurría lo de las sombras.
Jenaro recordaba haber eludido mirar a ese tipo de hombres en las saunas de Valencia. Aunque un pene pendulante que alcanzara el medio muslo resultaba sumamente atractivo para los gays, a él le causaba algo de repulsión, y cuando se cruzaba con algún tipo muy velludo solía pensar que tal vez oliera mal.
Aunque veía a Javier desnudo con frecuencia, nunca había dado la casualidad de que tuviera una media erección al entrar o salir del baño, sólo había visto ese órgano completamente fláccido, de modo que Jenaro se preguntaba la dimensión que podría alcanzar al endurecerse un pene que era el mayor que jamás había imaginado que pudiera existir. ¿Crecería mucho al llenarse de sangre con una erección? ¿Conseguiría levantarse hasta la vertical algo tan enorme? Tamaña barbaridad, anchísima y desmesurada, ¿alcanzaría la dureza majestuosa y casi metálica que obtenía el suyo? Si fláccido parecía pasar de veinte centímetros, ¿se aproximaría a los cuarenta erguido? Había oído comentar a sus amigos de Valencia que los penes demasiado grandes no conseguían endurecerse del todo jamás. ¿Sería el de Javier uno de esos miembros medio inútiles?
Era la primera vez en su vida que se hacía esta clase de preguntas, puesto que, antes, lo único que percibía cuando alguien le interesaba era la magia que irradiase. Sus ojos, su boca, su sonrisa, su expresión corporal. Todavía no había sufrido la clase de enamoramiento enfermizo que observaba en mucho de sus conocidos, aunque sí había amado con algo de tibieza, amor que siempre era producto de la magia que derramase el otro. Javier emitía magia, un intenso poder de seducción de apariencia hechicera, reforzada con las sombras que le envolvían habitualmente, pero era, al mismo tiempo, un prodigio de erotismo animal que desprendía ondas urentes que convulsionaban la entrepierna de Jenaro y excedían a cualquier ser humano que recordara haber contemplado. Sin duda tenía que ser el prodigio de una combinación tan infrecuente; el resultado fatal de alearse el oro con los rayos del sol.
Soñaba con él y siempre tenía orgasmos. Aunque nunca hubiera dado importancia al tamaño de los penes, la dimensión alucinante del de Javier le obsesionaba; con frecuencia, lo imaginaba cárdeno y enhiesto, con el tamaño, la sinuosidad y los relieves venosos del brazo de un culturista, cuyo puño sería semejante al glande. Era un cilindro oscuro y punzante que le hacía sentir deseos que nunca había experimentado. En el frondoso bosque púbico de Javier, emergía primero –en sus sueños- como una anaconda que iba convirtiéndose en un obelisco oscuro y granítico que ansiaba que estuviese dentro de sí. Aunque nunca lo habían penetrado con algo ni remotamente tan grande, imaginaba de modo muy vivo el dolor y el éxtasis de tal intrusión, junto al calor del terciopelo de la piel de Javier contra la suya.
Con el paso, primero, de las semanas y, luego, de los meses, el descubrimiento de la personalidad de Javier multiplicó por ciento el embrujo y el atractivo para los ojos y el corazón de Jenaro.
Porque Javier, aparte de su pene increíble, poseía otras peculiaridades.
El primer atisbo lo tuvo Jenaro un viernes por la tarde, cuando sólo llevaba dos meses conviviendo con sus dos compañeros.
-¿No piensas salir? -preguntó Javier con la música de su acento, mientras se sobaba la bamboleante prominencia del calzoncillo con distraído abandono.
Fue aa primera vez que Jenaro atisbó las sombras a su alrededor. Más que sombras, eran como las imágenes de una fotografía a medio revelar, sin acabar de definirse. Pudo contar siete seres fantasmagóricos, cuyos perfiles y vestimentas no podía definir, pero no eran seres contemporáneos ni espectros de cementerio. Se movían levemente alrededor de la silueta de Javier, pero no demasiado, como si permanecieran en guardia, protegiéndolo. Recordó la pregunta al notar en la mirada del mexicano que esperaba su respuesta.
-Más tarde -respondió Jenaro, desperezándose en la cama e intentando disimular la mirada elusiva, que tras desdeñar las sombras, se prendió del voluminoso bulto-. Hay un montaje off Broadway que necesito ver y después me han invitado a una fiesta en el Village. Por eso trato de echarme una siestecita.
-Siento perturbarte el sueño; es que espero que me llame mi madre.
El calzoncillo era corto y suelto, sin botones, de modo que no le cubría suficientemente. Por encima del elástico y bajo los perniles el vello se escapaba frondoso y perfumado, junto con un escroto demasiado voluminoso y pesado como para ser contenido por tan escueta prenda.
-¿Te ha dicho que va a llamarte? –preguntó Jenaro, mientras apretaba los muslos para ocultar su erección, que no se veía afectada por la pregunta sobre las sombras palpitantes que se estaban volviendo más brillantes..
-No. Necesito hacerle un encargo, y estoy transmitiéndole mentalmente el mensaje de que me llame ella. Si la llamara yo, tendríamos cuentas de teléfono astronómicas.
Su expresión era la de alguien seguro de su lógica, como si estuviese hablando de acontecimientos vulgares y cotidianos. Jenaro sintió que sus pupilas se cerraban como si contemplase una luz cegadora, porque al absurdo que el mexicano expresaba, se unía del enigma de unas sombras que no era capaz de decidir si eran producto de su imaginación. Muy abiertos también, los ojos de Javier miraban infinitamente más allá de la pared que tenía enfrente. Sentado con abandono indiferente a pesar de la exaltadora inmovilidad de su cabeza, los testículos, como grandes madejas de hilo negro, y parte del glande, como una gran ciruela cárdena, asomaban un poco por el pernil izquierdo del blanquísimo calzoncillo.
-A ver, Javier. ¿Quieres decir que crees que puedes influir telepáticamente en tu madre y obligarla a llamarte?
-Naturalmente –respondió Javier con algo de jactancia y sin disminuir la alucinación de su mirada, mientras se ajustaba el pene para que no se rebelara del todo escapando del calzoncillo-. Lo hago casi todas las semanas.
Sin acabar de pronunciar esta frase, sonó el timbre del teléfono. Javier alzó el auricular al instante.
-¿Mami? -preguntó antes de haber tenido tiempo de escuchar ningún sonido al otro lado del hilo. Dio la impresión de que -al hablar con su madre- sus genitales se encogieran pudorosos.
Luego de sentir un escalofrío porque había inundado la habitación un hálito que olía a otro mundo, como si las sombras regaran esencias misteriosas, Jenaro asistió estupefacto al monólogo que siguió:
-Esta vez tardaste en llamarme más que otras veces, mamá. Llevo desde esta mañana pidiendo que me llames... No, no puedo viajar a Ciudad de México por mi cumpleaños, mami... por eso necesitaba que me llamases... Haré una pequeña fiesta en casa. Mándame la receta de tu guacamole y tu enchilada, pues las de aquí apestan.
Cortada la comunicación, preguntó Jenaro:
-¿Lo consigues siempre que quieres o sólo de vez en cuando?
-Muy pocas veces falla. Cuando no le pongo toda la fuerza, porque tengo otra preocupación
Alrededor del rostro del mexicano relucía un nimbo de inocencia angelical que hacía brillar su cutis y chisporrotear sus pupilas, mientras los siete seres espectrales parecían ufanarse de algo. En sus gestos imprecisos y danzantes, las siete sombras daban la impresión de ser dueños del prodigioso mexicano. Vueltos a su tamaño natural, los genitales de Javier asomaban, de nuevo, casi en su totalidad y orgullosos sobre el dibujo oscuro del vello del muslo izquierdo.
Jenaro o contempló mientras se alejaba hacia su cuarto, orlado por los seres que ya no le causaban miedo. Las proporciones de la espalda de Javier eran como las de un luchador de grecorromana y parecía ser la única parte de su cuerpo libre de vello. El trasero, prominente pero estrecho, hizo que Jenaro suspirase con desaliento.
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La víspera del cumpleaños, Jenaro se ofreció a ayudar a Javier con la esperanza de aumentar la camaradería. Los tres convecinos pasaron casi todo el día preparando platos mexicanos, tapas españolas y canapés apátridas, en tanto que las siete sombras casi se habían diluido, como si creyeran que momentáneamente no tenían que proteger a Javier.
-Cuidado -dijo el mexicano, de espaldas a la mesa donde Jenaro picaba finamente la cebolla, y sin volver la cabeza -. Ese cuchillo puede hacerte mucho daño.
Aparte del que estaba usando, había otros tres cuchillos sobre la inestable mesa okegable en la que Jenaro trabajaba, arrimada a la cocina por la excepcionalidad de la ocasión. Uno de ellos, el más pesado, se hallaba muy cerca del borde. El actor vio que iba a caer al suelo, de modo que soltó el que empleaba con objeto de intentar detener la caída del otro, que podía herirle el pie. Al sujetarlo, se hizo un corte en la segunda falange del dedo corazón de la mano derecha. Gimió. Javier acudió presuroso.
-¿Ves? -le reprendió-. Lo había visto venir.
No podía haberlo visto; estaba de espaldas.
Mientras Javier le chupaba el dedo pudo Jenaro desmayarse, por el significado que sus sentidos daban a ese mínimo contacto ; a continuación lo envolvió con papel de cocina y le empujó hacia el cuarto de baño para curarle, en tanto que Jenaro estaba más asombrado que preocupado por la sangre, porque tenía en la memoria una imagen fotográfica del instante en que sujetara el cuchillo; cuando movía la mano para evitar la caída, había sentido una fuerza extraña que trataba de paralizar su mano, como si una de las siete sombras se hubiera materializado.
Durante la fiesta, en la que casi todos eran mexicanos, Javier pasó mucho rato hablando con una muchacha semejante a una María Félix rejuvenecida. Jenaro asistió con desconsuelo a sus gestos de intimidad; la familiaridad con que él apoyaba la mano en el hombro de ella y el abandono con que ella se echaba contra Javier no podía significar más que una cosa. Creyó que el pantalón de Javier se había abultado con una erección, aunque con sus esfuerzos por disimular desviando la mirada no podía constatarlo completamente. Pero la lógica le insuflaba la certeza de que la erección se había producido. Sintió una tormenta de celos que sacudió su corazón.
El humor de Jenaro fue agriándose a lo largo de las cuatro horas que duró la celebración. Trataba de pensar en el texto que debía aprenderse para la próxima evaluación en el estudio teatral, con el propósito de rescatarse a sí mismo de los celos que se infiltraban en su pecho; también se esforzó por revisar su biografía, desde el grupo aficionado que había formado, seis años atrás, junto con otros doce muchachos vecinos suyos de la Malvarrosa. Cómo una aparición en un concurso de televisión le había valido para conseguir un pequeño papel en una comedia y cómo saltó a la miniserie que coprotagonizó, reclamado desde Madrid. Lo que al principio pareció un éxito fulgurante, se quedó en nada y, a los veinticinco años, se encontró desahuciado de la profesión. "Jenaro Senmenat es demasiado guapo para la farándula española -había escrito un crítico-; su tipo físico cuadraría más en Hollywood". Esta opinión fue la que le inspiró la idea de huir hacia adelante formándose en Nueva York, lo que le dotaría de las herramientas para convertirse en actor internacional, si la suerte le acompañaba.
El tipo físico de Irasema, la María Félix que se echaba sobre Javier, también podía permitirle triunfar en el cine. No lo podía evitar. Jenaro sufría un temporal en el alma; les miraba reprobadoramente a los dos sin apenas conseguir disimularlo, y se preguntó cuántas veces habrían follado. Aunque mucho más desdibujadas que de ordinario, las sombras le miraban con expresiones que Jenaro no consiguió discernir si eran reprobatorias o compasivas.
Pocos segundos después de hacerse la pregunta, notó que el mexicano retiraba la mirada de su acompañante y le clavaba los ojos a él con la intensidad de un disparo de revólver, como si quisiera decirle algo inaplazable. A continuación, se aproximó con la copa vacía, puesto que Jenaro se hallaba junto al mueble sobre el que estaban las bebidas. Mientras se preparaba un margarita, el mexicano dijo disimuladamente en un susurro:
-Jamás me he acostado con ella. Somos primos.
El asombro impidió que Jenaro saboreara su júbilo. De dónde procedía esa enigmática clarividencia; ¿le hablaban las sombras?

Durante los meses siguientes, Jenaro aprendió a deducir cuándo iba a sonar el teléfono por una llamada de la madre de Javier. Éste se sentaba junto al aparato con la misma expresión espacial y telúrica; invariablemente, se producía la llamada poco después y, simultáneamente, el encogimiento de los genitales, que habíam estado asomando casi plenos todo el rato anterior.
Ya no sentía el corazón de tanto que sangraba. Javier era insólito, irregular, desconcertante, y por todo ello fascinante. Jenaro lo amaba locamente, pero igual que se ama la belleza de una montaña nevada, consciente de que se trata de veneración por la majestuosa imposibilidad.
Se repitieron muchas veces sucesos parecidos al del cuchillo: Javier comentaba o hacía observaciones sobre cosas que ocurrían a sus espaldas y que no podía haber visto, pero siempre lo envolvían aquellos siete guardianes espectrales a los que Jenaro ya no concedía importancia. Con frecuencia, decía Javier algo que parecía una respuesta o una aclaración de lo que el actor se había preguntado mentalmente. Eran tan cotidianos estos hechos, que Jenaro dejó de asombrarse, aunque nunca pudo acostumbrarse ni dejar de ponérsele carne de gallina a su pesar.
Pero una mañana, cuando ya llevaba ocho meses viviendo en el Bronx, ocurrió un prodigio.
Temprano, había fingido dormir cuando Javier salió del baño completamente desnudo. Notó que le miraba fijamente, como si intentara asegurarse de que estaba durmiendo. Esa mirada le había pesado toda la mañana en el ánimo, porque no paraba de preguntarse qué podía haber ocurrido si le devolvía la mirada a Javier y le hacía notar su erección. Las preguntas y su propia desazón acentuaron la impresión del prodigio que siguió.
Volvía en metro desde el sur de Manhattan, tras las charlas en el estudio. Eran las dos de la tarde. Javier debía de estar todavía en el edificio de la ONU, de donde salía a las cinco. De pie en el vagón, Jenaro observaba a un grupo de jóvenes hispanos, que armaban mucho escándalo y estaban incomodando a los demás pasajeros. Uno de ellos guardaba cierto parecido con Javier, detalle éste al que el actor se aferraría después para tratar de encontrar una explicación a lo que ocurrió a continuación; mientras le miraba, Jenaro sintió la necesidad indeclinable de volver atrás, al tiempo que resonaba en su mente una especie de salmodia antigua, un murmullo procedente de algún momento de la historia que nada tenía que ver con el presente. Cerró los ojos un momento y vio tras sus párpados una empinada escalera a cuyo pie brillaba la sangre de una inmolación reciente; la escalera con siete emplumadas figuras azteca en su parte superior, estaba llena de gente semidesnuda que le esperaba a él. El clamor sonaba a cantos pero estaba seguro de que eran jaculatorias de respuesta a los salmos que gritaba desde lo alto de la pirámide un chamán adornado con gigantescos tocados de plumas de muchos colores, aunque su cuerpo estaba completamente desnudo. Tenía una bella serpiente viva enroscada en el pene y un enjoyado colgante pendía de sus testículos. En el pecho y el vientre brillaban dibujos encarnados que alguien debía haber trazado con la sangre que refulgía por todos lados. Se dio palmadas impacientes sobre los párpados apretados, intentando que la horrorosa visión se desvaneciera
En estado cercano al trance, se apeó en la siguiente estación, tomó un tren que circulaba en la dirección contraria y, sin saber por qué, se le ocurrió salir a la superficie en Times Square. Un resplandeciente Javier le sonreía desde arriba, junto al último peldaño de la salida del metro, emitiendo un vendaval magnético que hizo tiritar al actor. Le envolvió una salva de fuegos artificiales que recorrieron su piel entre escalofríos preorgásmicos. Sin poder evitarlo, miró con descaro la salvaje y rotunda prominencia del muslo del mexicano, que resultaba espléndidamente descomunal vista desde abajo.
-Menos mal que viniste -dijo Javier con naturalidad-. Compré una colección de veinte archivadores antiguos, que no puedo cargar solo.
-¿Qué quieres decir con eso de "menos mal que viniste"? Yo no acostumbro a venir a Times Square a estas horas.
-Ya lo sé. Llevo una hora tratando de transmitirte la idea de acudir aquí. Ya habías salido del estudio cuando te llamé.
A pesar del volumen de los cinco paquetes que cargaban, Jenaro sintió en su vientre la tibieza próxima del vientre de Javier durante todo el trayecto, hasta el Bronx. La carga les desequilibraba un poco a los dos y el traqueteo de los anticuados trenes del metro de Nueva York ocasionaba que se rozaran levemente, uno frente al otro, mientras Jenaro hacia tensos esfuerzos por echarse hacia atrás. Las malditas sombras reían.
Los meses escasos que restaban para abandonar Nueva York, Jenaro intentó que un mensaje circulase en la dirección opuesta. Dado que él recibía con frecuencia creciente mensajes que Javier le transmitía, debía resultar igualmente fácil que el mexicano recibiera los suyos y comprendiera la pasión que le estrujaba el ánimo.
Pero no ocurría. El corazón y las entrañas de Jenaro se convulsionaban sin que llegara el consentimiento o una señal de asentimiento. Encima de las fulgurantes nubes perfumadas de viejos encantos, Javier seguía con su vida de siempre, con sus amistades de siempre y con su conducta de siempre hacia Jenaro, amable, atenta, pero sin el ansiado derribo de la muralla, sin ningún atisbo de complicidad al margen de los momentos en que parecía adueñarse de su voluntad.
No obstante, una semana antes de la fecha en que Jenaro debía marcharse a Madrid, le dijo:
-No puedes volver a España sin visitar México.
-Eso está fuera de mis posibilidades.
-No lo creo. Puedo arreglarlo para que el pasaje Nueva York-México-Madrid te cueste sólo unos dólares más y en México no necesitas gastar ni un peso. Dispones de la casa de mi madre y, como es natural, yo no permitiría que un invitado mío tuviera ningún gasto.
-¿Es una proposición, Javier?
-Claro que sí, mano. Un actor que va a ser famoso, como tú, tiene que conocer México, para pensar en el futuro. México es el mayor pueblo de lengua española del mundo. Seguro que puedes aprovechar una visita a mi país para hacer buenos contactos. Mi madre y yo te los facilitaremos

Lo primero que había conocido de México era la plaza del Zócalo; lo segundo, la plaza de Garibaldi y sus bares con mariachis, un lugar demasiado tópico, demasiado comercializado para agradarle.
Desde que bajara del avión, Jenaro no había podido pensar en otra cosa que en el abrazo con el que necesitaba envolver la exuberante anatomía de Javier. Ahora, bajo el pesado sombrero mexicano, tenía un sollozo en la garganta, porque Javier era el más amable y dulce de los anfitriones, pero, lejos de la camaradería que proporciona compartir un piso, resultaba de pronto distante, como si hubiera decidido someterse a las reglas de un país tan machista como el suyo o como si las piedras aztecas de la plaza del Zócalo se interpusieran entre los dos.
Trató de hacerse oír sobre las rancheras desafinadas:
-Javier, estoy cansado de esto. ¿No podemos ir a otro lugar?
-Sí, vamos, pero no a otro local, sino a casa. Mañana nos levantaremos temprano para ir a Teotihuacan.
Estaban sentados juntos en una especie de banco adosado a la pared; la rodilla de Jenaro ardía por la presión de la de Javier. Al ponerse éste de pie, Jenaro observó el abultamiento de una erección estratosférica y sintió los ojos del mexicano siguiendo la dirección de su mirada. El alucinante macho sonrió triunfante, y también los siete espectros.
La casa del barrio de San Ángel era mucho más lujosa de lo que Jenaro había supuesto que era la situación mexicana de Javier. A mediodía, recién llegado del aeropuerto, la madre le enseñó la casa como la guía de un museo, mostrándole con orgullo la espléndida colección de flores que iluminaba el jardín, antes de precederle hacia la habitación que le había asignado, situada en una especie de torreón, demasiado lejos del que le había dicho que era el cuarto de Javier.
De regreso de la visita a la plaza de Garibaldi, la madre no se encontraba en casa, lo que alentó las expectativas de Jenaro. Algo tenía que ocurrir, tan frecuentes intuiciones no podían carecer de base. A pesar de que Javier no acortaba la distancia, era notable que se había apoderado conscientemente de su voluntad, que le complacía notar las miradas apreciativas hacia el abultamiento de sus genitales y que su interés porque visitara México era genuino. Detrás de todo ello tenía que existir alguna clase de sentimiento, aunque no correspondiera del todo la pasión demente que a Jenaro lo estaba volviendo loco.
Sin embargo, le deseó buenas noches y lo dejó solo en la lejanía del dormitorio del torreón, tras advertirle que iba a despertarlo a las seis y media de la mañana. Pero, en el momento de marcharse, Jenaro advirtió con júbilo que Javier volvía a tener una durísima e inocultable erección.
A pesar de los cuatro tequilas que había tomado, apenas durmió a causa del apremio de su propia virilidad.
A las seis y cuarto, entró en la ducha, dispuesto a borrarse las ojeras. No quería presentar mal aspecto cuando Javier acudiese a llamarlo. Llevaba mucho rato bajo el chorro de agua cuando el mexicano apartó la cortina:
-Vaya, mano, tienes piel de chamaca -dijo Javier, en cuyos ojos brillaba una apreciativa luz, mientras se sobaba descaradamente la entrepierna.
El actor notó que se humedecía los labios con la lengua, sin ningún disimulo, lo que hizo que el pene de Jenaro se irguiera de inmediato, macizo y recto como un asta de madera.
-Buenos días -saludó Jenaro, tratando de que no se le notara el desagrado por el comentario, pero forzando un poco las caderas hacia delante, tratando inconscientemente de magnificar su erección.
-Es la primera vez que te veo completamente desnudo –Javier contempló franca y largamente el endurecido pene de Jenaro, y sonrió-. Ahora comprendo por qué en el Bronx andabas siempre cubierto con la piyama. Te da vergüenza que vean un cuerpo tan delicado.
-No fotis, Javier. ¿Estás sugiriendo que mi cuerpo es feminoide?
-He dicho "delicado", no "feminoide".
-¿No es lo mismo?
-Claro que no. Tu cuerpo es de hombre, un hombre completamente masculino, bello y maravilloso, pero tu piel es como nácar... no este duro cuero de maleta barata que es la mía…
Jenaro no encontró valor para decidir si había sido piropeado o no. De repente se sintió incapaz de contemplar la prominencia del pantalón de Javier, porque notó progresar por sus riñones las oleadas de un orgasmo que no estaba seguro de desear que ocurriera. El agua caliente corría por su pecho y rebotaba en su erección reforzando la sensación de que podía explotar inesperadamente. Se preguntó si le avergonzaría tener un orgasmo frente a Javier y se respondió que no; más bien, deseaba que ocurriera, que algo tan desusado sirviera para derrumbar lo que todavía se interponía entre los dos. Pero veintiséis años de prejuicioso condicionamiento llenaron su mente de contradicciones. La voz de Javier le hizo volver a la realidad:
-Termina rápido. Quiero que lleguemos a Teotihuacan antes de que el calor apriete demasiado.
La ciudad sagrada de los aztecas era una especie de Ciudad del Vaticano, pero mucho mayor. Recintos enormes circundados por gradas de piedra, canchas de pelota, pequeñas pirámides escalonadas, barrocamente adornadas con esculturas aztecas; viales monumentales, anchísimos, como la Roma de cartón piedra que Hollywood recreaba, sólo que esta Roma precolombina era real, palpable; pirámides inmensas que debían de haber requerido muchos más obreros que el total de habitantes que los guías turísticos decían que había tenido el lugar.
-Mira, Jenaro, quiero que subas a la pirámide de la Luna, mientras yo subo a aquella, que es la del Sol.
-¿Por qué?
-Ya lo verás.
El sol comenzaba a apretar. A la distancia, se veía el hongo amarillento de contaminación, como una explosión atómica, que pende sobre Ciudad de México. Jenaro alcanzó jadeante y sudoroso el pináculo de la pirámide de la Luna y vio que Javier estaba ya sobre la del Sol; aunque no podía reconocerlo a tanta distancia, era inconfundible su silueta contundente, que parecía la de un ser de otro mundo, una especie de poderoso dios nórdico, envuelto por sus siete guardianes, ahora agigantados y cubiertos de joyas. Javier estaba con los brazos en jarras, vuelto de cara hacia él.
Jenaro le imitó. También puso los brazos en jarras.
En ese instante, le envolvió una oleada magnética que convirtió sus vellos y su pelo en electrificados alambres enhiestos y multiplicó por ciento la intensidad de sus sentidos táctiles. Un chisporroteo de luces recorrió su piel de los pies a la cabeza, endureciendo sus pezones casi dolorosamente, mientras el aire se convertía en perfumados pétalos de nardos y jazmines, sobnre la multicolor estela de dalias tendida entre los dos. Volvió por un segundo la visión que había tenido cuando decidiera en el metro de Nueva York regresar hacia Times Square, la procesión multitudinaria de seres antiguos que recorrían desnudos una escalera ensangrentada con los siete guardianes espectrales arriba. Escuchaba sus invocaciones y las entendía, a pesar de no comprender las palabras. Las huellas de sangre se volvieron corpóreas convirtiéndose a continuación en una serpiente gigantesca que avanzó hacia él, pero consideró que no le amenazaba. La serpiente colorada cruzó impetuosa a través de su vientre, pero no le produjo dolor, sino éxtasis. Notó que levitaba al tiempo que la pirámide de la Luna se volvía de cristal inmaterial y el poderoso animal lo traspasaba una y otra vez suspendiéndolo en el aire, derramando en su interior aliento volcánico, mientras una lluvia de estrellas caía contra su pecho, incendiándolo para hacerlo renacer convertido en una nube atravesada por un rayo. Era una especie de torbellino formado por los más intensos placeres descritos en los libros. Su cuerpo se dividió por la mitad al tiempo que el poderoso huésped que hurgaba sus entrañas se alzaba en medio de una nebulosa de estrellas lejanas, lanzándolo hacia un infinito poblado de galaxias tormentosas. Tuvo el más arrebatador orgasmo que sintiera jamás. Larguísimos minutos. Oleadas de temblores que subían por sus muslos como un mar embravecido, estrujaban su cintura, golpeaban su pecho y agitaban sus brazos y cuello. Estremecido, abrió los ojos y habían desaparecido las dos pirámides y todo Teotihuacan. Sólo quedaban Javier y él, suspendidos en un vacío donde no había nada más.
No debía volver a España. Eran dos seres a punto de fundirse en uno para siempre. Juntos, serían amantes legendarios. Tenía que permanecer a su lado. No, en Nueva York, no; en México. Javier iba a dejar su puesto de Naciones Unidas, que sólo había sido un peldaño en la preparación de su carrera política.
"No, no pienso casarme para satisfacer los severos prejuicios machistas de la vida política mexicana. Sí, efectivamente, si no pienso casarme es porque no me interesa ninguna mujer. Antes de conocerte, tenía dudas. Ahora no. Tú eres la única persona que yo puedo amar. No quería que lo supieras antes de que yo mismo estuviese seguro, mano. Adoro tu ingenio, adoro cómo te organizas, adoro tu piel de seda clara, me enloquecen tu voz y tu aliento de naranjas mediterráneas. Te adoro, Jenaro, y sé que tú también me adoras. No puedes volver a España. Mi madre lo sabe, hablamos mucho mientras viajaba en el avión, ¿no te diste cuenta de que estuve callado más de una hora? Está de acuerdo. Ella sólo quiere que yo sea feliz. No te detendré si decides continuar viaje a Madrid, pero en esto sí me sale el macho mexicano: Querré partirte el corazón de un navajazo si no aceptas vivir conmigo el resto de tu vida"

Durante la fiesta organizada para celebrar el centésimo capítulo de la telenovela que Jenaro protagonizaba para Televisa, sonó un mensaje por la megafonía del local: "El senador Javier Robledo se excusa por no haber acudido a la fiesta. Lo hará a última hora, cuando acabe la sesión que preside en el parlamento".


jueves, 27 de julio de 2017

Cuentos del amor viril EL MASAJISTA


EL MASAJISTA
-Es el mal de los ejecutivos, Javi. El estrés que padecen los profesionales que pasan más horas de la cuenta en tensión, inclinados sobre la mesa del despacho; nada más que eso, el fruto de las malas costumbres.
Javier Rodríguez observó de reojo la sonrisa irónicamente afectuosa de Paulino Ugarte, el único médico que le inspiraba confianza porque era amigo suyo desde la niñez y, por lo tanto, el único a quien le permitía que hurgara en sus achaques. Ya en el colegio de primaria, sentía que podía confiar en él, aunque no sabía ni se preguntaba por qué. Le hablaba de sus delirios y ensoñaciones con cautela angustiada y Paulino le respondía siempre con naturalidad, sin escandalizarse ni amonestarle, ni escabullirse sino todo lo contrario Ahora, se encontraba sentado en la camilla, con el torso desnudo mientras Paulino le examinaba la espalda y el cuello.
-Pues aunque sea el mal de los ejecutivos, es un mal muy jodido.
-Recuerda aquellas tonterías que me contabas de niño, porque de sopetón podrías sentirte mejor, simplemente recreándote en cuanto has conseguido a lo largo de tu vida. Lo que te pasa no es esencialmente físico, Javi, lo sabes de sobra.
-¿Estás seguro?
-Mira, Javi; casi todos los días llega a la consulta gente recién divorciada. Me refiero a hombres, porque las mujeres viven esas cosas con otro talante. Todos los hombres recién separados se quejan de molestias, a veces tremendas, y te puedo asegurar que lo que les pasa al noventa por ciento es que están deprimidos. Presentan síntomas de ansiedad y, sobre todo, de estupor, porque los hombres nunca llegamos a comprender del todo por qué somos abandonados y sobrellevamos la soledad mucho peor que las mujeres.
-¿No estarás intentando convencerme de ir a un psiquiatra?
Javier hizo la pregunta al tiempo que le asaltaba un temor que sentía muy antiguo y conocido…
Paulino sonrió levemente, refrenando su lengua para no pronunciar las palabras que sentía el impulso de decir ni convertir el examen de la espalda de Javi en caricias.
-Bastaría con que tomases durante unos pocos días un ansiolítico suave. Con lo buena que es tu salud en general, notarías los efectos en seguida. Estás demasiado tenso. Tienes los músculos de la espalda como piedras.
-Sabes que no me gusta tomar drogas.
Paulino Ugarte carraspeó. Su amigo Javier había sido igual desde la niñez, demasiado estricto, masoquistamente asombrado de su propia imaginación, demasiado ajustado a las normas y excesivamente reacio a experimentar con nada. Sólo una vez memorable, en la lejana adolescencia, lo había visto apartarse gozosa y despreocupadamente de su rigidez e intolerancia; un instante glorioso que los dos habían opacado con ferocidad. Cualquier joven lo consideraría un "carca", a pesar del éxito de su empresa financiera, que tan moderna parecía. El médico sonrió de nuevo, enmascarando el brillo nostálgico de sus ojos para que su amigo no pudiera intuir sus pensamientos.
-También podrías darte unos masajes -aconsejó.
-¡No faltaba más! Como si me sobrara el tiempo.
-Esa es otra cuestión, Javi. ¿Te has preguntado si el abandono de Leticia no se deberá a lo mucho que trabajas? A ninguna mujer le gusta que su marido vuelva casi siempre de la oficina a la medianoche, hecho polvo y soñoliento.
-Leticia no es un dechado de romanticismo.
-Sí, bueno, ya se sabe que, según el tópico, las gringas no son tan apasionadas como las españolas. Pero la realidad es que vives demasiado absorbido por tu empresa, Javi. Necesitas divertirte, echar unas cuantas canas al aire; ahora más que nunca.
-Yo me divierto con mi trabajo –proclamó Javier, sin reconocer ni siquiera ante su propio pensamiento que tanto tiempo trabajando le impedía dejar libre la imaginación.
-Sí, tereo. Pero tu cuerpo te reprocha las casi veinte horas que pasas trabajando todos los días, y acabará pasándote factura. Tienes, como yo, cuarenta y ocho años, ya no somos niños, y con tanto deporte como hiciste en el pasado, ahora parece que también eso lo consideras una pérdida de tiempo. A nuestra edad, todavía tenemos muchas energías que quemar para expulsar los malos humores, y te aseguro que el valor terapéutico de unos polvos frecuentes es formidable. Trata de relajarte, chico, comprobarás que retomas el trabajo con mejor disposición. Unos masajes te sentarían muy bien.
-¿Puedes recomendarme una masajista?
El médico rebuscó en su tarjetero durante unos minutos.
-Ten la tarjeta de este gabinete de fisioterapia. No los conozco, pero me han dicho que son buenos.

Esa noche, no consiguió amarrar su imaginación. Todo el rato pasado en la consulta de Paulino presintió que su amigo rememoraba sus confidencias infantiles con algún fin que no imaginaba; lo que no le había contado es que tras el abandono de Leticia aquellas imágenes habían vuelto recrudecidas, acrecentando su angustia indefinida hasta intensidades que no podía soportar. Se alzó del lecho veces incontables, por momentos las sábanas parecían arder o helarse, escuchaba susurros que cesaban en cuanto les prestaba atención, sentía soplos de brisa que le llegaban de distintas direcciones, a veces perfumados y a veces apestosos. En ningún momento creyó disfrutar un rato de sueño reparador.
Despertó con el cuello agarrotado por tortícolis y lo primero que recordó fue el consejo de Paulino de que contratase un masaje. Maldijo el dolor que sentía. Al abandonar la consulta de su amigo, como era viernes, había proyectado seguir su consejo y dedicar el fin de semana al deporte, pero la tirantez y el dolor de los deltoides, más la falta de sueño, iban a impedirle también ese desahogo.
Contempló la habitación, enorme ahora que Leticia no andaba trajinando entre el cuarto de baño y el vestidor, dubitativa como siempre a la hora de elegir la ropa, y más enorme aún porque no sonaban en la planta baja ni en el jardín las risas de los niños. ¿Por qué habían tenido que abandonarle ahora, cuando estaba a punto de cerrar la operación de Brasil, que representaría el primer paso de la implantación internacional de su empresa? Cuando estaba a punto de materializar el sueño que tan afanosamente persiguiera, Leticia había cumplido su reiterada amenaza de irse con la niña y el niño a fin de tomarse dos años de reflexión en los Estados Unidos, que hacía tres años que decía necesitar. Ahora, el éxito empresarial perdía justificación porque había perdido a las personas por las que lo buscaba. Solo en el chalé, sentía que se quedaba sin fuelle y la casa resultaba gigantesca, inhóspita.
Apoyado en el borde de la encimera de la cocina, levantó la mirada hacia el paisaje que el amplio ventanal enmarcaba. El jardín no era demasiado ancho en esa parte, por lo que, más allá, el paisaje casi formaba parte de su panorama privado, como un cuadro chino colgado en la pared. A pesar de encontrarse tan cerca de las agitadas calles de la ciudad, visto desde ese ángulo era un paisaje insólito de encinas y grandes pinares. Bucólico por su apariencia de dehesa de campo abierto, en la que se veían grandes pájaros revolotear a lo lejos. Leticia debía de vivir ahora en un sitio así, en la granja de Wyoming donde sus padres se habían retirado.
Al pensar en sus hijos correteando, tal vez, por una extensa pradera salvaje, sintió una fortísima desazón que fue extendiéndose de su pecho a todo el cuerpo. Miró sus piernas con algo parecido al arrepentimiento en el ánimo y suspiró sonoramente. Como un antídoto o un reactivo, en su mente resurgió impetuoso aquel sueño recurrente de su niñez, las confidencias a Paulino y los vértigos experimentados durante demasiados años. Le habló a su amigo por primera vez al emerger del agua en la piscina y sentarse ambos en el borde, habiendo quedado ambos sin aliento de tanto esfuerzo por adelantarse mutuamente; mientras le hacía la confidencia, era consciente de que no le mencionaba aspectos esenciales, pero sí le describió los tres elementos recurrentes que sin llegar a torturarlo, le causaban un malestar que perturbaba toda su adolescencia; el objeto de forma imprecisa y cambiante que decía ser el perfume; el torbellino que decía ser el placer y la ráfaga multicolor que decía ser el dolor. Perfume, placer y dolor, tres sensaciones que Paulino dijo no comprender qué relación podían tener entre sí, pero que a él, en aquel momento como ahora, le arrebataban hasta un estupor y un tiovivo de vértigos que lo colmaba de espanto. Sacudió la cabeza, esforzándose por mantener abiertos los ojos, fijos en un exótico hibisco blanco que Leticia había mandado plantar hacía varios años ante la ventana de la cocina. Tenía que salir de sí mismo.
Marcó el número de la clínica fisioterapéutica. Mientras sonaban los timbrazos, sintió en varios momentos la tentación de colgar, pero contuvo la mano.
Respondió un contestador.
Sin oír entero el mensaje, colgó con fastidio.
Tomó una prolongada ducha caliente, a ver si el dolor se aliviaba. Se afeitó desganadamente, observando con desagrado el gesto avinagrado que reflejaba el espejo. Sí, como decía Paulino, a los cuarenta y ocho años uno ya no es un niño, por muy sólida que pareciera su carne y aunque todavía usara la talla cuarenta y dos de pantalones. Era un hombre maduro tentado de creerse fracasado, tenía que reconocerlo, un solitario y abúlico personaje cuyas ilusiones estaban entre peréntesis. Y, para colmo, con un dolor real, no imaginario, que le impedía girar la cabeza.
Pasada una hora desde el primer intento, volvió a marcar el número de la clínica. De nuevo el contestador automático, una voz monocorde de mujer que trataba de parecer sugestiva. Era lógico; en sábado no trabajarían, aunque también era lógico suponer que la gente recurriría a los masajistas preferentemente los fines de semana, cuando se disponía de tiempo para cosas tan superfluas.
Miró por la ventana a ver si ya le habían dejado los periódicos. Comprobando que sí, salió a recogerlos y les dio una ojeada mientras preparaba café.
Bueno, si la clínica estaba cerrada en sábado, podía recurrir a los anuncios del periódico. Todos los de mujeres sugerían que, en vez de masajes, estaban ofreciendo otra cosa. Encontró uno que le pareció serio: "Masajista rumano, experto profesional, fisioterapeuta titulado. Masajes relajantes y sensitivos. Preguntar por Marian". La persona que contestó al teléfono debía de ser la dueña de una pensión, pues le respondió: "Voy a ver si el rumano está en su habitación". Una voz muy grave, con fortísimo acento extranjero, respondió unos minutos después:
-¿Quién es?
-Llamo por el anuncio.
-¿Cuál?
-El de los masajes.
-Disculpe, estaba durmiendo. Sí, por supuesto, masajes... ¿Qué clase de masaje desea usted?
-Me duele la espalda.
-Ah, ¿sólo quiere usted un tratamiento fisioterapéutico?
-Creo que sí.
-¿Nada más?
-Tengo tortícolis muy dolorosa.
-Ah, comprendo. Serán... cincuenta euros.
-Está bien.
-Deme la dirección.
Tras dictársela, el rumano preguntó:
-¿Qué línea de metro pasa cerca de su casa?
-No, aquí no llega el metro. ¿No tiene usted coche?
-No.
-Entonces, debe tomar un taxi. Esta urbanización está en las afueras de Madrid.
-En ese caso, serán cincuenta más el taxi. Pero... hay un problema. En estos momentos, no tengo suficiente dinero. Tendría que esperarme usted en la puerta, para pagar el taxi.
-De acuerdo.
-Dígame el número de teléfono, para que pueda llamarle yo y comprobar.
Luego de dictárselo, Javier colgó según le indicó el masajista. El teléfono sonó un minuto más tarde.
-¿Javier Rodríguez?
-Sí.
-Soy yo, el masajista. Estaré ahí dentro de una hora.
Mientras aguardaba tomando el sol en el jardín en la zona más próxima al portalón de la verja, hizo esfuerzos casi dolorosos para desterrar de su cabeza aquellos recuerdos infantiles; para ello, trató de imaginar qué clase de persona sería el rumano. El mismo Paulino Ugarte le había hablado unos meses atrás de los excelentes profesionales de Europa oriental que llegaban a España y no podían ejercer sus carreras por la dificultad de convalidar los títulos, aunque eran en algunos casos médicos muy buenos. Claro que Paulino no era del todo imparcial, porque llevaba tres años conviviendo con un guapo muchacho que, si no le fallaba la memoria, era búlgaro. Su amigo de la infancia había decidido desde muy joven franquearse con los camaradas, a quienes les habló sinceramente de su homosexualidad y, desde entonces, se le habían conocido tres parejas, con quienes observaba la conducta leal de un marido fiel, obligando en consecuencia a sus amigos a respetarles como si de esposas se tratase. El búlgaro, sin embargo, le parecía a Javier demasiado guapo, joven y frívolo como para mantener con él la misma actitud reverente que con sus dos antecesores.
El masajista rumano podía ser un gran profesional obligado a buscarse la vida en España con lo que encontraba. Por su voz profunda, podía tener cuarenta años y ser un antiguo campeón olímpico o a lo mejor, quién sabe, se trataba de un médico estupendo, obligado a ejercer de masajista.
Anticipaba que iba a pasar unos desagradables momentos de desconcierto e indecisión, al poner su cuerpo desnudo en manos de un desconocido.
Hora y media después de hablar con él, oyó llegar el taxi.
Pagó al taxista mientras el masajista se apeaba por el otro lado, de modo que sólo cuando el coche arrancó le dedicó una mirada. Si el taxi no se hubiera distanciado ya, lo llamaría para que se lo llevara de vuelta. Era un joven de unos veinticinco años con figura de bailarín, no el robusto masajista que había imaginado. Sus pantalones eran más ajustados de la cuenta, como si deseara que la gente se fijase en el paquete, y tampoco su camisera era discreta, ajustada como para dificultar la respiración y sin mangas..
-¿Seguro que es usted profesional del masaje?
Como respuesta, el joven sacó del bolsillo trasero del pantalón una abultada cartera, de la que extrajo una colección de carnés muy toscos. Javier los examinó, sin entender nada.
-Este es mi título de masajista. Y éste, el de jardinero. ¿Quiere usted que le dé una pasada al jardín después del masaje?
Javier vaciló unos minutos, sin decidirse a entrar en la casa e invitar a seguirle. Hizo cuentas de lo que podía robarle. Para refrescar su memoria, miró hacia la puerta entreabierta. El cuello le dio un chasquido muy doloroso.
-¿Qué necesita para darme el masaje?
-Yo traigo el aceite y la crema. No tengo camilla portátil, porque me la robaron hace un mes. ¿Su cama es dura?
-Normal.
-Entonces, será mejor hacerlo en una alfombra.
-Hay una grande junto a la entrada, en el salón. Vamos allá.
Tras dar una ojeada a la estancia, el masajista dijo:
-Traiga dos toallas grandes para que la alfombra no se manche con el aceite.
Cuando Javier volvió con las dos toallas de baño, se detuvo asombrado y receloso porque el joven se había despojado de la ropa, ahora cubierto sólo por un calzoncillo tipo bóxer que parecía casi transparente. Semejaba un bailarín clásico por su musculatura suave y muy fibrosa, las fuertes y nervudas piernas carentes de grasa y la cintura exageradamente fina.Temíó que podía resultar indiscreto; porque a pesar de esforzarse no podía apartar la mirada de aquella especie de figura de Cellini
-¿Puedo ducharme antes? -le preguntó el joven, mientras acababa de extender las toallas bajo el sol que entraba por la ventana. Javier apartó los ojos, ruborizado. No deseaba comprender por qué se sentía tan azorado.
-Sí. Use un cuarto de baño que encontrará por ese pasillo, la segunda puerta a la izquierda.
-Ponga música suave, mejor clásica, algo como Chopin . Desnúdese y tiéndase boca abajo sobre la toalla mientras vuelvo; estire los brazos hacia arriba de su cabeza, respire con mucha lentitud y trate de relajarse. El sol le ayudará a aflojar los músculos.
Javier obedeció, decidido a esforzarse por sentir el calor solar como un bálsamo. Pero los recuerdos volvieron en tropel convertido en un urente desfile de miedos y vértigos. Nunca había estado en esa caverna rezumante de líquido plateado, como si fuera una mina de mercurio, a pesar de lo cual resultaba reconocible, era la antesala de los temidos esplendores, donde su cuerpo flotaba y su tacto desaparecía, sustituido por los tres brumosos objetos que decían ser el perfume, el placer y el dolor, convertidos en un atisbo de gozo desconocido y arrebatador que nunca experimentó; sabía que todo era irreal, que soñaba, pero todo era tan real como el aire que respiraba y la ausencia del tacto no le impedía sentir la piel erizada y las mejillas ardientes de rubor. Siempre aparecía el rostro de Paulino en algún rincón, desde el que le reprochaba silenciosamente su arrebato y le obligaba a preguntarse qué aportaban o robaban a su vida el perfume, el placer y el dolor. Resultaba curiosa la autoridad de profesional experto que empleaba el rumano y le divertía someterse a las órdenes de otro, él que pasaba el día dictando órdenes que todos acataban sin discusión. Sorprendentemente, el simple hecho de abandonarse a la dureza del suelo con la caricia del sol en la espalda, atemperó ligeramente el dolor. Casi decidió que había dejado de necesitar el masaje, estaba sintiéndose más relajado de lo esperado a pesar de haber un extraño en casa. Bueno, tal vez a eso se debía el relax repentino, el hecho de que hubiera alguien en la casa, fuera quien fuese. Paulino siempre tenía razón, por mucho que constantemente sintiera la necesidad de contradecirle, sobre todo porque las preferencias eróticas de su amigo le inclinaban, a su pesar, hacia esa clase de reserva que la sociedad adoptaba ante quienes transgreden las normas. No escuchó los pasos de aproximación del rumano; sintió las manos, que ahuecaban el elástico y tiraban de su calzoncillo, y se los bajaban, obligándole a alzar un poco las caderas para facilitar la salida del slip. A continuación, notó que el joven se sentaba a horcajadas sobre sus muslos, dando comienzo al masaje.
Durante veinte minutos, las manos, más enérgicas de lo que correspondía a alguien tan estilizado, pellizcaron la piel de su espalda arriba y abajo, presionaron su cintura, sus omoplatos y sus hombros y acariciaron una y otra vez su columna vertebral. Inesperadamente, tales presiones y pellizcos resultaban muy placenteros, aunque todavía temía girar el cuello para no resentirse de la punzada. Abandonado, notaba todos sus sentidos pendientes de esas manos, cuya actuación deseaba de repente que no cesara, por lo que se le desbloqueó la memoria, abatiendo la muralla con que había confinado aquel recuerdo de treinta años atrás. Paulino había acudido al vestuario tras el partido de tenis que Javier acababa de ganar; le preguntó si le dolían las piernas y la cintura; como le respondió que sí, Paulino, que ya cursaba el primer año de medicina, le ofreció un masaje “a ver si experimentas ese placer con el que sueñas”, masaje que se convirtió a los pocos minutos en verdaderas caricias y que, ante la incontenible erección de Javier, pasó a ser un encuentro sexual que escenificaron en un ataque de locura. Ambos tenían poco más de dieciocho años, por lo que la casi total abstinencia sexual que la moral de su ambiente familiar les imponía estalló igual que un géiser. Durante meses, Javier tuvo dificultades para mirar frente a frente a su amigo, al tiempo que el sueño, que esperaba desaparecer con la adultez, se volvió mucho más insistente.. Cuando, poco a poco, la relación de amistad fue recomponiéndose, Javier se cerró para siempre al recuerdo de lo ocurrido en el vestuario y Paulino, gracias a sus expresiones, jamás lo mencionó.
Ahora, la rememoración de la dulzura inquietante de aquel día, sumada a las evoluciones de las manos en su espalda, había operado el mismo efecto. Tenía una erección, que se reforzó cuando el rumano le masajeaba los muslos, las pantorrillas y los glúteos, una erección durísima cuya rigidez llegaba a ser dolorosa, oprimida entre su peso y la toalla, por lo que cuando el joven le indicó que se diese la vuelta, se resistió. Le daba vergüenza que viera su estado.
-Date la vuelta -repitió de nuevo el masajista, que con el tuteo hablaba español con mayor fluidez.
Como estaba inmóvil y en silencio, el joven debió de creer que se había dormido, porque, empleando una fuerza inesperada, le pasó los brazos por el vientre y lo forzó a girarse. Sólo en este momento descubrió Javier que Marian estaba también completamente desnudo. Cerró los ojos, alarmado porque la mirada curiosa se le escapaba hacia los genitales del joven.
El aroma se había materializado, aunque no era capaz de decidir si era perfume o hedor; el placer podía estar a punto de materializarse pero, ¿y si llegaba el dolor?
Arrodillado junto a su costado, Marian le masajeó el cuello y los deltoides, luego el pecho y el vientre, sin dar importancia al miembro erecto que tenía que apartar constantemente para hacer su trabajo. Los vaivenes fueron convirtiendo el órgano en un pistón lanzado hacia el estallido. Por suerte, el masajista dedicaba ahora sus esfuerzos a los costados, pellizcando la cintura y los dorsales hasta las axilas, y siguió por los brazos. Javier estaba haciendo esfuerzos mentales a fin de contraer los músculos de la pelvis para impedir el orgasmo.
-Estás muy tenso otra vez -dijo el rumano-. ¿Te hago daño?
-No... no. Está bien.
Quería pedirle que por favor saliera de la habitación, para descargar de una vez, pues le resultaba insoportable la idea de que ocurriese en su presencia. Mas, después de estirar ambos brazos y los dedos, Marian se sentó a horcajadas de nuevo sobre sus muslos. Ahora, con los ojos entrecerrados, y al mirar en dirección a su propio pene para comprobar que manaba líquido preseminal, Javier se concedió observar el del rumano. También estaba casi erecto, aunque no erguido; descubrió algo extraño, una protuberancia cerca del glande en el lado derecho y otra un poco más arriba, en el izquierdo. Por suerte, el pensamiento de que tales anomalías podían deberse a una enfermedad le produjo mucha alarma; su órgano comenzó a aflojarse.
Por consiguiente, la reducción de su tensión mental aminoró la de su cuerpo y de nuevo volvió a sentirse relajado. Desde su posición de rodillas con ambas piernas abarcando las suyas, el joven le estaba masajeando de nuevo el cuello y los pectorales, lo que le obligaba a reclinarse sobre él; cada vez que lo hacía, los penes se rozaban. Javier no recordaba ninguna sensación parecida, era incapaz de discernir si sentía repulsión o placer con tales roces, pero ahora comenzó el rumano a masajearle los pezones con las palmas de las manos extendidas en movimientos circulares. Oleadas eléctricas circularon como rayos de su pecho a su pubis. Descendían oleadas violentas desde su pecho a los genitales y desde las rodillas hacia arriba, concentrándose en el órgano más rígido que jamás había sentido; acudían oleadas tan intensas de sangre, que temía que el pene reventara, Volvió la erección y ahora sabía que el problema no tenía remedio. Iba a ocurrir cuando el rumano se alzó, sonriente, y lo miró irónico desde arriba.
-¿Quieres algo más que el masaje? -preguntó.
-Yo...
-Tendrás que pagarme trescientos.
De repente, una glaciación invadió sus entrañas. La comprensión de la frase le produjo a Javier profundo enojo y decepción. Hasta le pareció sentir algo que podía parecer dolor moral. Así que se trataba de eso, el chico embozaba la prostitución con el masaje. Se alzó con expresión adusta y se cubrió con una de las toallas.
-El masaje ha terminado -dijo.
-Faltaban los pies -murmuró Marian.
-Da igual. Vístete. Hemos terminado.
El joven estaba desconcertado, la perplejidad era visible en su expresión. Agachó la cabeza con aire confundido mientras se vestía, operación durante la cual no consiguió Javier eludir contemplarle. Sin duda, tenía que haber sido bailarín, no sólo por las características de sus músculos, sino porque se movía con la elegancia alada de un profesional del ballet clásico. Sintió ganas de preguntarle por ello, pero el enojo prevalecía en su ánimo y se contuvo.
-Toma los cincuenta, más el importe del taxi de vuelta, más la propina.
Cerró la puerta a sus espaldas sin decirle adiós.

El resto del fin de semana no salió de la casa. El paisaje parecía gris desde la ventana, la brisa traía malos presagios, las nubes formaban siluetas amenazadoras El dolor del cuello y la espalda volvía a ser tan intenso, que se veía obligado a tomar relajantes musculares a cada rato, lo que le producía un desagradable sopor.
¿Qué había ocurrido, exactamente, en el suelo del salón bajo el peso del rumano? Los psicólogos hablaban de la capacidad del cuerpo de generar sentimientos con sólo forzar los gestos; si, estando enojado, sonreía uno al espejo, el ánimo se podía volver alegre. ¿Había vivido su cuerpo el efecto reflejo de una erección inducida, independientemente de quien la provocaba? Debía ser eso. Nunca había tenido motivos para dudar de su heterosexualidad, ¿por qué habría de dudar ahora?
Su vida sexual de adulto había sido algo anodina, porque la intensidad del trabajo le causaba desgana con frecuencia. Nunca había pajareado mucho fuera del matrimonio, y siempre que había ocurrido fue por incitaciones muy insoslayables.

Cada vez que lo vencía una cabezada por el sopor de las pastillas, resurgían el aroma, el placer y el dolor en una especie de torbellino terroríficamente silencioso. El mundo se convertía en un nubarrón lechoso, una bruma viscosa donde su ensoñación cobraba vida, pero era vida de otro sitio, otro planeta, otra galaxia.
Tumbado incómodo y con desgana en el sofá, trató de interesarse por alguna película o las noticias deportivas de la televisión, pero en ningún momento dejó de recriminarse haber estado tan a punto de experimentar una inconveniencia que luego le produciría vergüenza, estupefacción y miedo.. No se afeitó durante los dos días del fin de semana, porque sentía pudor al mirarse en el espejo, y hasta le costó un gran esfuerzo verse obligado a rasurarse para ir al despacho.

La mañana del lunes fue muy ajetreada a causa de los trámites que faltaban para organizar la reunión definitiva con los brasileños, que habría de celebrarse el jueves siguiente. Por la tarde, sin embargo, comprobó que la vehemencia con que se había dado a la tarea por la mañana le había dejado sin asuntos pendientes. Volvía a dolerle el cuello, por lo que acarició el auricular del teléfono varias veces, con el número de teléfono del rumano en la otra mano, como si un malvado demonio se hubiera apoderado de su voluntad y su raciocinio. .
Recordó la noche anterior, cuando a duras penas consiguió dormir y, una vez que lo logró, despertó poco después a causa del sueño: Tenía dieciocho años, entraba en el vestuario después de jugar un partido de tenis y Paulino acudía a ofrecerle un masaje; pero Paulino tenía la apariencia exacta de Marian, que sin esperar su respuesta se quitaba la toalla de la cintura, se sobaba el vientre y los genitales, y comenzaba las caricias arrebatadoras que les arrastraban a la locura a los dos, produciendo una cicatriz que duraría para siempre. La intensidad del sentimiento de atracción-repulsión le obligó emerger del sueño, para notar que la erección volvía a ser tan incontenible como la mañana del sábado. Hizo lo que no había hecho en mucho tiempo, masturbarse entre delirios y náuseas
Ahora se odiaba por ello. Se alzó del sillón giratorio y fue al baño privado para echarse agua en la cara. Se examinó en el espejo. De no ser por la expresión de marido burlado, conservaba gran parte de su atractivo; no tenía por qué recurrir a la masturbación, todos los días surgían oportunidades en la propia empresa, posibilidad a la que habitualmente se había negado, y también en los lugares de ocio que frecuentaba, posibilidad ésta que sí se había permitido algunas veces mientras permaneciera casado con Leticia. ¿Por qué se había masturbado anoche, en vez de, simplemente, llamar a alguna amiga o, por qué no, a una profesional?
"Joder -pensó-, me duele el cuello, y si Paulino está en lo cierto, es que de nuevo me domina la tensión. ¿Por qué coño he permitido que volviera aquel recuerdo?"
-Otra vez tengo tortícolis -dijo al auricular con cierta sensación de desdoblamiento, porque no recordaba haber tomado la decisión de llamar.
-¿Sólo quieres masaje, nada más? -preguntó Marian.
-Sí.
-Tu casa está muy lejos. El sábado podía haber dado dos masajes en el tiempo que gasté en la ida y en la vuelta.
Está bien, te pagaré cien, más el taxi.
Abandonó la oficina para dirigirse al chal, con un apresuramiento que no comprendía. Sabía que iba a arrepentirse en cuanto retomase el control de sí mismo, pero en tales momentos no lo tenía. Algo atávico, muy poderoso, se había posesionando de su raciocinio.

Esperó anhelante la llegada del taxi, presa del estupor y anticipando el arrepentimiento. Como la noche se había cerrado ya, el taxista debía de tener mayores dificultades para encontrar la dirección, esa sería la razón del retraso. No, aún no marcaba el reloj la hora acordada. ¿Qué le pasaba, por qué esa impaciencia? Al fin y al cabo, se trataba de un simple prostituto, un ser despreciable dispuesto a venderse a cualquiera.
Mas, cuando vio detenerse el coche, salió con premura a pagar.
El rumano le sonrió muy afectuosamente, con una alegría que Javier halló fuera de lugar por lo exagerada. Con cierta precipitación por ambas partes, se repitió la escena del sábado sobre la alfombra del salón, aunque, como no entraba sol por la ventana, Marian le pidió que pusiera una lámpara de infrarrojos cerca de la toalla. El aroma saturaba su nariz, un perfume desconocido, muy intenso y agradable. Cuando, aliviado el dolor del cuello, llegó la erección anticipando el placer, Javier no hizo ningún esfuerzo y permitió que el orgasmo se produjera como un tobogán vertiginoso que bajaba desde las estrellas sacudiendo las oleadas de placer su espalda, sus extremidades, su pecho y, naturalmente, el pene, que no aflojaba la erección como si hubiera de llegar algo más. . Tras ello, Marian se alzó sonriente, contemplándole desde arriba. Javier se preguntaba si en cualquier momento podría alcanzarle el dolor, pero esforzándose por no pensar en él, preguntó.
-¿Qué son esos bultos que tiene tu... órgano?
-¿Esto? -preguntó Marian mientras señalaba las dos protuberancias-. Muchos rumanos lo hacen también.
-¿Hacer qué?
-Es una operación muy sencilla. Nos metemos bolitas de vidrio, para que las mujeres gocen más.
Javier cerró los ojos, escandalizado. Ahora se sentía sucio, culpable. Se puso de pie, anudándose la toalla a la cintura. Sacó tres billetes de cincuenta de la cartera y fue a entregárselos.
-¿Tienes prisa porque me vaya?
Javier detuvo el gesto, asombrado. En realidad, no tenía prisa.
-¿No es tarde para ti?
-Es demasiado tarde para salir a buscar un taxi.
-Lo llamaré por teléfono.
-¿Te importaría...
-¿Qué?
-¿Puedo dormir aquí?
Durante un instante, pasó un ciclón de recelo, temores y desconfianzas por la imaginación de Javier. Por otro lado, notaba que el hecho de que hubiera alguien en la casa le relajaba. ¿Qué podía perder?
-¿Tendré que pagarte más?
-Si tú...
-¿Qué?
-No. No tendrías que pagarme más. Hasta puedes ahorrarte el dinero del taxi si por la mañana me llevas con tu coche hasta una estación de metro, cuando vayas a tu oficina.
-¿Has cenado?
-¿Quiere eso decir que puedo quedarme?
-Sí.
Marian sonrió de un modo que extrañó a Javier.
Calentó en el microondas la comida que la asistenta le había dejado precocinada; preparó una ensalada y, cuando iba a aliñarla, Marian detuvo su mano.
-Deja que lo haga yo.
El rumano cogió varios frascos del estante de las especias, mezcló distintas dosis de cada uno, añadió aceite y zumo de limón, rociando a continuación las hortalizas. Cuando Javier se llevó un trozo de lechuga a la boca, le pareció que algo mágico cosquilleaba su paladar.
-Está deliciosa.
Marián volvió a sonreír del mismo modo indescifrable.
En el momento de acostarse, Marian rehusó hacerlo en el dormitorio que Javier le ofreció.
-Deja que duerma contigo, por favor.
Resultaba desasosegante encontrarse con otra persona en la habitación, como si Leticia hubiera dejado instalada una cámara de vídeo para vigilarle. Y mucho más extraño que esa persona fuese un hombre. Viéndolo desnudarse, de nuevo pensó en la elegante levedad de un danzarín.
-¿Has sido bailarín?
-Algo parecido. ¿Te apetece follar?
Javier consideró que un rayo podría precipitarse sobre su cabeza. A duras penas, respondió
-En este momento, no.
-Mejor. Tengo sueño. Vamos a dormir, anda -dijo Marian palmeando la sábana en el lugar que Javier debía ocupar.
En cuanto Javier obedeció, Marian se enroscó a su cuerpo como si fuera un niño en busca de protección. Se quedó dormido al instante.
A Javier le costó dormir por la falta de costumbre de sentir otro cuerpo abrazado al suyo, ya que a los dos meses de abandono de Leticia había que sumar los remilgos que su mujer había mantenido los últimos años; sin embargo, se sentía relajado a pesar del estado de estupor. Estupor que se debía no tanto a lo que le estaba pasando, sino al sorprendente hecho de no sentir remordimientos. Volvió el sueño, pero el aroma se había ausentado y sólo acudieron el dolor y el placer. Despertó en algún momento, pero prefirió creer que era todavía el sueño; aunque no estaba el aroma porque lo sentía invadirle como el mar, ya que estaban practicando sexo y la gloria que recorrió y el placer que experimentó, durante horas, sólo podía recorrerse en los sueños. Lo mecía una nube de color azafrán, mientras brillaban rayos que se introducían en su vientre y una especie de taladradora abría un túnel en sus entrañas, a cuyo final refulgía una luz poderosa, sin dolor. Entre estremecimientos, consideró que el surtidor blanco había sido lo más generoso que había producido en toda su existencia, como un manantial de espuma en lo alto de una montaña de diamantes. El surtidor se convirtió en una cascada que no acababa, y los temblores de todo su cuerpo se prolongaron en lo que parecía una eternidad. Una vez que despertó de veras, con el sol entrando a raudales por la ventana, Marian no estaba en la cama.
"Ya está -se dijo-. Quiso quedarse para robar lo que pudiera. Bueno, qué más da. Sea lo que sea lo que se ha llevado, será poco en comparación con lo que he sentido esta noche. No tiene importancia".
Mientras se duchaba, escuchó lo que parecía una voz que le llamaba desde abajo. Creyó que tenía alucinaciones, porque había sentido por un momento que no habían pasado dos meses desde la huida de Leticia y que, como siempre que se duchaba, sonaban las voces de los niños en el jardín. Mas, en el momento de secarse tras cesar el ruido del agua, volvió a oír la llamada.
-¡Javier! El desayuno está preparado.
Sintió un salto del corazón. Marian no se había ido. Bajó presuroso, para encontrar una mesa preparada con el desayuno mejor dispuesto que jamás hubiera visto en el oficce de su casa. Marian le sonreía con la complicidad sabia de un amante antiguo. Javier tuvo que desayuna con los ojos bajos, sin decidirse a mirar ese rostro que no podía descifrar y que sus prejuicios le obligaban a sentirse avergonzado.
Hizo el trayecto de vuelta al centro de Madrid canturreando. Llegados a la estación de metro que Marian le había indicado, éste le preguntó:
-¿Volveré a verte?
-Yo... creo que sí.

La necesidad retornó esa misma tarde. Habían surgido pegas con los contratos que tenía que hacer firmar a los brasileños porque los abogados de la otra parte trataban de anudar más de lo cuenta, de modo que la tensión volvió a acumulársele en los deltoides. De nuevo tortícolis. A última hora, marcó el número de la pensión de Marian.
-El rumano ya no vive aquí -dijo de modo agrio la hospedera.
Colgó el teléfono en estado de incomprensión alucinada.
Toda la semana trascurrió con el mismo desdoblamiento; por un lado, el ejecutivo firme y agresivo que iniciaba el desarrollo internacional de su empresa para conquistar la más importante de sus metas; por el otro, el muchacho de dieciocho años al que habían dejado anhelante de más caricias en el vestuario de una cancha de tenis. ¿A qué podía deberse la desaparición de Marian? Curiosamente, lo que sentía no era deseo de sexo, sino añoranza del efecto que la presencia del rumano en su casa había causado a su ánimo.
El sábado, amaneció con tortícolis agravada. Todavía extrañado por el desvanecimiento de Marian, inició la búsqueda en el periódico de otro masajista. Ninguno le inspiraba confianza; en realidad, la nostalgia le impedía decidirse. Se preguntaba qué hacer, cuando sonó el teléfono:
-¿Javier?
Un galope del corazón. Era la voz de Marian.
-Te llamé el martes y te habías marchado. ¿Qué has hecho todos estos días?
-Estoy en la cárcel.
Javier calló durante un largo minuto.
-¿Javier, estás ahí?
-Sí.
-Yo no he hecho nada, Javier. Es un error. Necesito que vengas a verme mañana.
-Creo... eso es imposible, Marian,
-¡Por favor!
-Me lo pensaré.
-Dime tu nombre completo y el número de carné, para que pueda dárselo al funcionario. Mi nombre verdadero es Viorel Mirika, no preguntes por Marian.
Javier le dictó los datos que le había pedido.
-Voy a estar muy nervioso hasta que vengas mañana -comentó Marian-. Esto es muy malo, malo.
-No puedo prometerte que vaya. Yo... ¡esto me parece tan raro!
Le costó tres horas localizar a su abogado. Le explicó el caso eludiendo entrar en detalles, aunque tenía consciencia de que el magistrado podía sacar las conclusiones correctas.
-Veo difícil poder averiguarlo hoy, Javi, pero lo voy a intentar.
Le llamó a las cuatro y media de la tarde.
-Está acusado de robo, Javi. Es un pájaro de cuidado. Dos amigos suyos se ligaron a un... a un viejo mariquita en la Puerta del Sol; mientras, este Viorel y otro les vigilaban, porque los cuatro estaban compinchados. Viorel y el otro amigo siguieron al viejo y los otros dos en un taxi. El resto, te lo puedes imaginar. Irrumpieron en el piso, amarraron al pobre hombre y lo desvalijaron. Ya sabes, televisor, equipo de música, objetos de decoración, talonarios de cheque, tarjetas de crédito y dinero. Total, unos dos millones de peseta. Le va a caer una buena.
¿Este era el dolor? ¿Se había completado la trilogía de sus sueños ibsesivos? NO, no era exactamente dolor lo que sentía, lo que había en su pecho se parecía más a la decepción. Respondiendo a un pálpito, preguntó:
-¿Cuándo ocurrió todo eso?
-Lo detuvieron el martes por la mañana.
-Pero ¿cuándo fue el robo?
-La noche del lunes.
Javier oyó el dato con alegría.
-No puede ser, esa noche...
-¿Qué tratas de decir?
-Esa noche la pasó en mi casa. Él no participó en ese robo.
-Escucha, Javi, no te metas en complicaciones. Tendrías que ir a declarar a favor de un delincuente que, además, es un inmigrante ilegal.
-¿Es indispensable? ¿No hay otro medio de sacarlo de allí?
-Supongo que lo dejarían libre pagando una fianza, pero eso no le libraría del juicio.
-¿Cuándo se puede resolver?
-Habrá que esperar al lunes, Javi. Estamos en pleno fin de semana.
-Ocúpate de ello y me avisas el lunes a la oficina.
El domingo, a mediodía, una impaciencia que tal vez era inconveniente pero le resultaba ineludible, le obligó a guardar turno en una cola compuesta por familiares de presos, gente que en su mayoría tenía aspecto marginal y qmiraban con extrañeza su camisa de seda natural de Armani, el pantalón de Calvin Klein, los zapatos de Lotus y el Rolex de oro. A través del cristal de la cabina, vio acercarse a Marian con la cabeza gacha, pero con una alegría inmensa en los ojos. Como esa alegría parecía muy sincera, sintió un placer inesperado.
-Yo no he hecho nada, Javier. Es un error –dijo Viorel como si hablase con su padre.
Javier sonrió levemente, porque pesaba más en su ánimo el desconcierto que su alegría, que, tal vez, era un elaboración de su propio subconsciente. Aunque no le gustaba admitirlo, guardaba muy hondo en la memoria la realidad de que a lo largo de su vida había forzado la elaboración de sentimientos que fuesen admisibles para los demás, porque sus inclinaciones apuntaban en otras direcciones.

-Ya lo sé. ¿Por qué te relaciona la policía con ellos, Marian, por qué tienes esa clase de amigos?
-Soy rumano. Mis amigos son rumanos, que no imaginas lo mal que lo están pasando; tienen que comer. Ninguno es gente mala, pero de algo tienen que comer.
-¿Robando?
-Cada uno hace lo que puede. A mí no me gusta robar.
-¿Por qué viniste a España?
-Por lo que vienen todos mis paisanos, a buscar trabajo.
-¿Y tu familia?
-No tengo.
-¿Cómo es eso?
-Mi madre murió cuando yo tenía diez años. Mi padre está casado con otra y yo no le intereso. Nunca le interesé.
-¿Cómo has vivido?
-¿Recuerdas lo a gusto que estaba el lunes abrazado a ti en la cama? Me sentía como si estuviera con mi padre; Javier, tú eras mi padre el lunes. A los once años, cuando llevaba un año entero durmiendo en las calles de Bucarest, me recogió un hombre, un bailarín muy famoso de mi país, que fue mi padre desde entonces. Él cuidó de mí hasta los veinte años, aunque no consiguió que fuese bailarín como él, porque yo no valgo para eso; él fue quien quiso que me pusiera las bolitas de vidrio en el pene, porque... él... bueno, me da vergüenza. Murió hace cuatro años, Javier, y desde entonces todo me salió mal. Llevo cuatro años dando saltos de un lado a otro, hablo alemán, francés, inglés, turco, griego, italiano y portugués y ¿crees que me sirve para algo? Pura mierda. Todo es una mierda. Ya sabes cómo tengo que ganarme la vida.
-¿De verdad hablas todos esos idiomas?
-Sí.
-¿Igual de bien que hablas el español?
-Sí
-¿Qué harías si consigo sacarte de aquí?
-Tengo que encontrar trabajo. Lo del anuncio del periódico es una porquería, me cuesta más de lo que gano con una o dos llamadas que me hacen a la semana. Necesito un contrato para ver si me dan el permiso. ¿Tú...?; perdona, no quiero molestarte. Bastante te he molestado ya.
-Termina lo que ibas a preguntar.
-Tu jardín no está bien cuidado. Contrátame aunque no me pagues nada, sólo por la comida y la cama; te llevarías una sorpresa con lo que puedo hacer en tu jardín.
La hojarasca que debía pisotear para avanzar por la vida que Leticia le había robado al llevarse a sus hijos, amortiguaba el sonido de sus pasos pero dificultaba su avance. Entre Paulino, Viorel y visajes fugaces pero constantes, sentía en lo más profundo de sí mismo que algo no estaba viendo dentro de sí. El cielo podía brillar esplendoroso, pero no le comunicaba paz. El aire, aunque procurase el oxígeno del bosque, con frecuencia le dificultaba respirar. Su cuerpo se estaba convirtiendo en un robot, como si no hubiera vida que vivir, y aún le faltaba para ser un cincuentón. Era un hombre joven, pero no era nada. ¿Ese era el dolor? No, lo que había en su pecho eran reproches hacia sí mismo, hacia una biografía exageradamente regulada por él mismo. Aunque los perfumes habían abundado en su vida, no podía jactarse de haberse disuelto nunca en el placer, pues para ser sincero consigo, siempre lo había experimentado de una manera demasiado maquinal, como si se viera a sí mismo desde lo alto, desde fuera de sus órganos y, desde luego, desde fuera de su corazón. ¿Había llegado a su vida algo que nunca quiso buscar? ¿Debía dotarse de armas nuevas, porque acaso nunca le habían servido las que tenía?
La expansión internacional de la empresa de Javier se había acelerado durante los dos últimos años. Sorprendentemente, entre las diferentes iniciativas inversoras, el negocio que mejor estaba funcionando, el que se había convertido en la punta de lanza de la financiera y en su mejor baza, era el de paisajismo y jardinería.
-Le llama don Viorel por la línea dos -le dijo la secretaria.
Pulsó la tecla.
-¿Marian?
-¿Dónde estuviste ayer toda la tarde? No conseguí hablar contigo en ninguna de las cuatro llamadas que hice.
Javier sonrió. No había manera de que Marian desistiera de los celos.
-Tuve dos reuniones fuera de la oficina. ¿Cómo va eso?
-Terminando. Tres días más, y estará listo el jardín del hotel de Estambul. Pero queda el otro hotel, el de Esmirna.
-Diles que esperen un poco y vente un par de días a Madrid.
-¿Estás seguro, Javi?
-De lo único que estoy seguro es de que tres semanas sin verte es suficiente. Yo no puedo viajar a Turquía en estos momentos, así que vente el fin de semana, por lo menos.
-Llegaré el viernes. Espérame en el aeropuerto.
Había conocido el dolor. Cada vez que Viorel tenía que viajar, sentí un tormento que paraba su corazón y derretía sus meninges, un dolor tan inaguantable tenía que disimularlo para no obstaculizar la imaginación y el trabajo su compañero. Y a fin de cuentas, el dolor se esfumaba como por ensalmo cuando Viorel tiraba despreocupadamente la maleta en el aeropuerto, y corría a abrazarlo.

jueves, 15 de junio de 2017

ALUBIAS MORENAS

Cuento que escribí para el oncurso Ciudad de La Bañeza-El Adelanto Bañezano. Como ocurre en todos los concursos literarios de España,no leyeron más que el que iban a premiar; lo supe un par de años después, por un jurado al que conoci casualmente.



El plan de regadíos era una promesa que nunca se cumpliría, una fábula. Fernando dio una última ojeada al retazo de tierra de color del cuero cubierto de escarcha, lo único que poseían él y siete hermanos más; suspiró, alzó la maleta y se dirigió hacia la linde, arropándose para contrarrestar el escalofrío causado a medias por el cierzo y a medias por el miedo a lo desconocido, sumado al dolor de no haberse despedido de Marisa por no ser capaz de imaginar qué futuro sería honrado pintarle.
Aunque aún estaba lejos, sabía que el renqueante autobús se acercaba ya, porque lo anunciaba la nube de polvo que levantaba más allá de la colina.
"Venezuela -le había dicho el primo Tomás-, allí sí que hay futuro. Para que te hagas una idea, mi cuñado cuenta en las cartas que en Caracas las alubias son morenas y valen como el oro. Las llaman 'porotos' ". Fernando nunca había creído aquéllo de que "en América atan los perros con longaniza", pero ¿qué podía hacer? No había trabajo en un montón de leguas a la redonda y lo de emigrar a Alemania se había puesto muy difícil, prácticamente imposible.
El barco partió de Vigo. Aterrorizado y entre vómitos, Fernando se juró durante los seis días de travesía que no volvería a viajar sobre el mar.
La llegada a La Guaira fue estimulante; brillaba el sol, más vertical que en su tierra leonesa, hacía un calor reconfortante y el aire olía a mango y papaya. En el instante de pisar tierra, añadió un juramento al de no volver a viajar en barco: jamás cruzaría el Atlántico de nuevo si no lo hacía forrado de dólares.

Primero fue el trabajo de camarero, tan duro, que le distraía de la nostalgia insoportable que las cartas de Marisa abonaban. Después, los ahorros le permitieron abrir una pequeña tienda de alimentación, donde consiguió no pensar en Marisa ni en los aromas a campo leonés que se derramaban en la mesa al abrir sus cartas, que se fueron espaciando porque le resultaba difícil encontrar tiempo para responderlas. A los dos años de su llegada, inauguró la segunda tienda, y Marisa se convirtió en una postal por Navidad. Al quinto año, apresuró la inauguración del supermercado, con objeto de sentirse encumbrado en la ciudad antes dcasarse con Katy. A los siete años, sumaban tres los supermercados, dos en Caracas y uno en Maracay, y Marisa sólo era ya un suspiro en el roce de sus ojos con fotografías que procuraba no mirar. Cuando se cumplieron diez años, la cadena de supermercados se extendía desde Maracaibo hasta Cumaná y Maturín, y desde Caracas a Ciudad Bolívar.
Al undécimo año, con motivo de la muerte de Franco, sintió la tentación de volver como turista, a ver cómo cambiaba el país tras un acontecimiento tan trascendental y comprobar de qué manera afectaban los cambios a sus siete hermanos y a Marisa, pero se encontraba abrumado de trabajo a causa del nuevo proyecto, el montaje de una empaquetadora de arroz y una fábrica de productos lácteos, y fue postergando el viaje.
A los dieciséis años, descubrió que tenía ciertas dificultades financieras. La loca década del setenta, durante la que fluía hacia Venezuela el dinero petrolero como la lluvia tropical, había terminado, y con ella, el derroche que practicaban todas las clases sociales, cuando la gente llenaba las neveras de tal modo, que los cubos de basura amanecían en todas las calles repletos de alimentos a punto de caducar. Ahora, los caraqueños comenzaban a dar gracias al cielo por poder comer aunque fuese comida caducada y Fernando se vio en la obligación de cerrar la quinta parte de los supermercados. Al terminar la década del ochenta, le quedaban sólo los dos de Caracas.
Cada año había aplazado el viaje para el siguiente, a la espera de que sus cuentas mejorasen y, en lugar de ello, empeoraron con la llegada la década del noventa, porque Katy le pidió el divorcio y lo echó de casa, enemistándolo con sus dos hijos, Marisa y Fernando. "Mendigo, cobarde y fracasado" fue la frase que Katy pronunció como despedida.

El día que emprendió el viaje a España, ni siquiera era capaz de fijar en el calendario la fecha en que el banco le quitó los dos supermercados. A pesar del juramento de veintiocho años atrás de no volver a cruzar el Atlántico por mar, tuvo que viajar en un modesto barco de carga, cuyo pasaje resultaba bastante más asequible que el avión.
Se trasladó en tren de Cádiz a Madrid, un tedioso recorrido durante el que se preguntó a cada minuto si reuniría valor para tomar el tren que lo llevaría a presentarse ante sus hermanos con las manos vacías; bueno, no tan vacías: llevaba en el bolsillo un puñado de porotos, las alubias oscuras que, tal vez, podría aclimatar en el retazo de heredad familiar que aún le pertenecía. ¿Se operaría el milagro que le permitiera no agachar la cabeza el día que se topara con Marisa por la calle?

-Felicidades -le dijo la dueña del bar.
Fernando se encontraba en ese momento barriendo en el exterior de la barra, terminado el trajín del almuerzo. Miró a la jefa, sin comprender. Notando la perplejidad de su mirada, ésta le preguntó:
-¿Es que te has olvidado de tu cumpleaños?
Sintió que se le humedecían los ojos. Llevaba ocho meses trabajando en el bar-mesón y para lo último que tenía ánimos era para recordar la efemérides.
-¿Cómo lo ha sabido usted?
-¿Es que no me diste la fotocopia de tu documento de identidad? Siempre anoto los cumpleaños de mis empleados en la agenda. Anda, date prisa en terminar, que hoy tenemos comida especial.
Fernando permaneció como ausente durante lo que, mejorando ligeramente el menú que servían en el establecimiento, había sido disfrazado de banquete. Sopló como un sonámbulo sobre las dos velas rojas que, con forma de un cuatro y un nueve, estaban encendidas sobre la pequeña tarta que le presentaron entre aplausos. En el jolgorio de parabienes y palmadas en la espalda, hizo esfuerzos sobrehumanos para no llorar.
Ocho meses había estado retrasando el retorno, refugiado en un barrio del extrarradio industrial de Madrid a la espera de tiempos mejores.
-Tómate la tarde libre -le dijo la dueña, terminada la celebración.
Desde las ocho de la mañana hasta las cuatro de la tarde, ese día había trabajado sólo el turno matinal, ocho horas en lugar de las agotadoras quince de costumbre. Sintióse con más vigor y más animoso que otros días.
El autobús lo llevó hasta la boca del metro. Eran las seis y media cuando salió a la superficie en la Puerta del Sol. Sabía que había una casa regional de León en Madrid; de hoy no pasaba: averiguaría dónde estaba la calle del Pez e iría a tomar una caña y, si el hambre se presentaba, intentaría comerse un botillo, recordando el que preparaba la madre de Marisa cuando ambos eran adolescentes. Palpó en el bolsillo el envoltorio de porotos que siempre llevaba consigo; a lo mejor entablaba conversación con alguien en la casa regional y podía hablarle de las alubias morenas.
-Estas son judías pintas, que no tienen demasiada salida -comentó el locuaz anciano jubilado al que se las mostró.
-No son judías pintas -rectificó Fernando-. Son mucho mejores, más sabrosas.
-Pero ya sabes tú que los españoles somos poco dados a los experimentos con alimentos raros. Tenemos la cocina más sana del mundo.
-Estas alubias son ligeras, suaves y muy digestibles.
-Te las cambio por un cupón de ciegos. ¿Ves?, he comprados dos; ambos podemos ser ricos. Si quieres que te diga la verdad, me apetece llevarles estas alubias a mis hijos, como curiosidad.
-¿Trabajan el campo sus hijos?
-Ya no. Nadie trabaja su campo. Están en la hostelería, aquí en Madrid. ¿Hace el cambio?
Fernando aceptó. Total, la fortuna improbable de un cupón de la Once era menos quimérica que la idea de adaptar las alubias tropicales al duro clima de León. En éstas estaba, reflexionando sobre un futuro cada vez más incierto, cuando la vio a través de un espejo. Marisa tenía aires de matrona, porque habían pasado veintinueve años, pero su corazón se desbocó como el de un adolescente. Entró en la sala del brazo de una mujer joven que debía de ser su hija, tomó asiento junto a un grupo de señoras de su edad y la joven se despidió. Al instante, Marisa se convirtió en el centro del grupo. De reojo, la veía gesticular, accionar con las manos y hablar sin parar, probablemente humoradas, porque las otras no pararon de reír durante hora y media, momento en que volvió la joven, Marisa tomó su brazo y salieron. En ningún momento la había saludado hombre alguno. ¿Dónde estaría el marido?
Le fue imposible resistir la tentación de seguir a las dos mujeres. No parecieron disponerse a tomar ningún medio de transporte, de lo que Fernando dedujo que debían de vivir cerca. A mitad de camino por calles secundarias y algo solitarias, entraron en una tienda de horario nocturno, de donde volvieron a salir a los diez minutos, llevando Marisa una bolsa de plástico en la mano. Dos calles más adelante, la joven se despidió y Marisa entró sola en el portal.
¿Cuáles serían sus circunstancias? La joven era lo bastante mayor para estar casada; seguramente existía un acuerdo entre ambas para acompañarla ciertas tardes a causa de las características, aparentemente no muy seguras, del distrito donde vivía. Pero ¿dónde estaría el marido?
Se sintió incapaz de volver al barrio de extrarradio donde residía y trabajaba. Encontró una pensión en las cercanías y proyectó alegar por teléfono algún malestar al día siguiente, para excusarse por no asistir al trabajo. Necesitaba volver a ver a Marisa, encontrar ánimos para hablarle.
Por la mañana, la espió durante su salida al mercado. Parecía ser muy popular. Todas las vendedoras le dedicaban sonrisas y cambiaban frases con ella, y Fernando se encontró preguntándose cómo habría sido la vida a su lado. Conforme pasaron las horas, la pregunta se volvió más apremiante, sobre todo cuando la vio salir a tomar el café de sobremesa en un bar de la esquina, donde una extensa tertulia de personas de su edad la acogieron como a una líder. Continuaba sola, ¿dónde estaría el marido?
Necesitaba averiguarlo, de modo que, cuando la tertulia se deshizo y ella se marchó con dirección a su domicilio, entró a preguntar en la cafetería
-¿Marisa? Es viuda.
-¿Desde cuándo?
El camarero se encogió de hombros y fue a servir a un cliente en el otro extremo de la barra.
¿Cuándo habría enviudado? Sus hermanos le reportaban habitualmente noticias de Marisa en sus cartas, pero hacía más de tres años que no se escribía con ellos, desde que el desmoronamiento de su fortuna caraqueña le había hecho postergar las cartas para no entristecerles con sus desgracias. ¿Marisa, viuda? Ahora que había lugar para él a su lado, resultaba más imposible que nunca acercársele. ¿Qué podía ofrecerle, aparte de su sonrojo?
Volvió a hacer guardia frente al portal, con la esperanza de que saliera de nuevo al atardecer. Con éste, la calle se quedó tan solitaria, que supuso que no saldría, pero de nuevo llegó la mujer joven. Se acercó caminando, como si viniera dando un paseo. Debía de vivir también cerca. A los cinco minutos, salieron las dos. Con el corazón estrujado entre espinas, Fernando las siguió; evidentemente, se dirigían a la casa regional. ¡Ay, si no hubiera sido tan ambicioso de joven!, ¡ay, si no hubiera abarcado tanto!, ¡ay, si hubiera realizado el esfuerzo de quedarse en su reseco terruño leonés a su lado, o llevársela a Caracas antes de aquel vano matrimonio! Ahora, carecía de la posibilidad, siquiera, de acercarse a saludarla, porque se le caería la cara de vergüenza. ¡Pero parecía tan vitalista, tan jovial, tan alegre, tan entera! ¡Oh, si hubiera tenido el buen juicio de no perderla!
La vio acomodarse junto a las mismas damas de la tarde anterior, momento en que la joven se despidió.
Se acercó a la barra, con objeto de seguir espiándola a través del espejo.
-Oye -le dijo el jubilado a quien había regalado los porotos-, vaya potra que hemos tenido, ¿no?
-¿A qué se refiere?
-¡A los cinco millones que nos han tocado a cada uno con el cupón!
Llevaba en el bolsillo un papelón premiado con cinco millones de pesetas, sin saberlo
Al final, las alubias morenas habían rendido el mil por uno y sin necesidad de aclimatación. Se giró en el taburete para mirar a Marisa directamente, sin el subterfugio distanciador del espejo.