lunes, 14 de mayo de 2018

CUENTOS DEL AMOR VIRIL L. Melero LOLO

LOLO

Era enloquecedoramente hermoso. Ojos grises envueltos en pestañas abundantes y densas como un cañaveral, cejas pobladas, largas y arqueadas, nariz patricia, labios casi femeninos de tan bien perfilados, risa de sátiro ingenuo cuando exhibía la luminosa y regular dentadura, mentón cuadrado pero ajustado al canon clásico, orejas dibujadas como en un boceto de Leonardo, pelo castaño claro ensortijado como el de una estatua de Alejandro Magno. El bozo de Lolo apenas comenzaba a ensombrecerle la barbilla y el bigote, pero transmitía ya el ciclón de su masculinidad acentuada por la anchura de sus muñecas campesinas, el moreno tostado de sus mejillas, el poder de sus hombros cuadrados y la estrechez de los pantalones que apenas abarcaban sus muslos.
Sin embargo, sólo tenía quince años.
Uno de esos muslos comprimidos y firmes, el izquierdo, se apoyaba con insistencia, como al azar, en el muslo derecho de Emilio. Cada vez que lo notaba, éste iba apartándose disimuladamente, intentando embozar su turbación, pero llegó el momento en que la pequeña mesa redonda donde estaba comiendo con la familia de su amigo Tomás no daba para mayor recorrido. Sentía como algo material el aura de las hormonas alborotadas del chico, que abrasaban al tacto a través del dril de los pantalones vaqueros. A los pocos momentos de apartarse, el muslo de Lolo forzaba el ángulo de apertura un poco más hasta volver a tropezar con el suyo, de modo que le obligaba a una nueva retirada. Había llegado al límite, ya no podía apartarse más sin levantarse bruscamente del asiento y cambiar de sitio, lo que representaría desvelar su incomodidad a las cuatro personas sentadas a la mesa. Se sentía rígido, tan tenso que se creyó a punto de vomitar lo que había comido, incluído el postre que apenas acababa de tragar. Tomás acudió en su auxilio.
-Ven, voy a enseñarte el certificado.
Dedujo que ese certificado, que ya había examinado, era sólo un pretexto. El informe médico aseguraba que Lolo no consumía cocaína ni heroína y que no estaba enfermo; de otro modo, no se hubiera comprometido. Tomás quería hacerle alguna advertencia última sobre Lolo.
-¿Qué te parece mi hermano? -le susurró en la estrecha terraza.
-Bien. Me había hecho una idea distinta con tu descripción.
-¿En qué sentido?
-Hombre, Tomás; si llegas y me dices que tu hermano tiene problemas con las drogas, lo lógico era que me representara mentalmente a un chico flaco y macilento, ensimismado, indiferente. Tu hermano parece sano y se comporta con normalidad.
-Pero es verdad que tiene problemas. Mi madre cree que no puede enderezarlo, por eso le ha obligado a venir conmigo. No parece que esté muy enganchado, y por eso me he comprometido con mi madre, que desde que se quedó viuda se siente tan desorientada, que supone que no es capaz de solucionar este problema. De todos modos, si tienes reparos, no te preocupes; buscaré a otra persona que quiera tenerlo en su casa. Este piso es demasiado chico para alojar a otro, porque ya nos viene estrecho a mi hijo, mi mujer y yo.
-No te preocupes, Tomás. Siempre cumplo mi palabra.
-¿Vas a llevártelo ahora?
-Sí. Pero voy a tener que dejarlo muchas horas solo en casa esta semana hasta que no acabe la grabación de este capítulo, y eso me preocupa un poco. Preferiría pasar más horas con él, al menos al principio.
-A la primera vez que meta la pata, me lo dices inmediatamente y lo facturamos de vuelta al pueblo.
-¿De qué conoces a mi hermano? -le preguntó Lolo una vez que emprendieron la marcha en el coche.
Emilio comprendió que la pregunta contenía extrañeza y, tal vez, segundas intenciones. Era doce años mayor que Tomás, que sólo tenía treinta y dos, diferencia lo bastante importante como para que una amistad tan estrecha entre ambos resultase llamativa.
-¿No te lo ha contado?
Lolo negó con la cabeza.
-Participamos en un montaje escénico antes de casarse. Él cantaba flamenco y yo recitaba monólogos alternativamente, acompañados por dos guitarras y un violín. Tuvimos bastante éxito y estuvimos a punto de hacernos famosos. Fue tu cuñada la que lo convenció de que el trabajo farandulero era demasiado inseguro y le obligó a conseguir el empleo fijo en el banco, con la amenaza de no casarse con él si no lo hacía. El grupo tuvo que disolverse, porque no encontramos otro cantaor con las características de tu hermano.
-¡Qué putada!
-Lo importantes es que vivan a gusto.
-Pero tú sí has triunfado.
-Hombre, Lolo, no se puede llamar triunfo a actuar de secundario en una serie de televisión.
-Claro que sí. Ojalá yo pudiera conseguir una cosa igual.
-Condiciones naturales no te faltan. Otra cuestión es que te interese lo suficiente como para aceptar sacrificarte con la preparación, que es una tarea muy ardua que obliga a renunciar a muchas cosas.
Pronunció esta última frase mirándole a la cara, sin dejar de atender la conducción del coche, con objeto de que captara la indirecta.

El lunes de grabación había sido agotador y demasiado largo; el reloj marcaba las nueve cuarenta y cinco de la noche cuando abrió la puerta del piso.
Oyó el sonido de la ducha. A Emilio le sorprendió que Lolo estuviera bañándose a esas horas. La puerta del baño estaba abierta, por lo que le saludó desde el dintel.
-¿Lolo? Buenas noches.
El chico asomó la cabeza entre las dos piezas de la cortina de plástico.
-Hola. He estado casi toda la tarde haciendo gimnasia en la terraza. No te importa que me duche más de una vez, ¿verdad?
-No, qué va. ¿Comiste lo que te dejé preparado?
-Era demasiado. Sobró mucho.
-¿Qué quieres cenar?
-Da igual. Me puedo comer lo que sobró a mediodía.
-¡Qué tontería! ¿Te preparo un bistec con patatas y huevos?
-Vale.
Se encontraba terminando de pelar y cortar las patatas, cuando Lolo se asomó a la puerta de la cocina completamente desnudo; el estallido de la pubertad no había borrado del todo la suavidad infantil; era ya un hombre total, íntegramente desarrollado en sus miembros, en su musculatura y, desde luego, en las dimensiones de sus órganos sexuales, pero conservaba la delicadeza casi femenina de un adolescente amado por un pintor renacentista. Era la versión animada de una de las esculturas de Antinoo que Adriano mandó erigir en todos los rincones del imperio. Blandía un pequeño slip con las dos manos. Viéndole, Emilio estuvo a punto de causarse una herida con el cuchillo.
-Todos los calzoncillos se me han quedado chicos y me aprietan una barbaridad -dijo Lolo-. ¿Puedes prestarme uno?
-Cógelo de mi armario; el segundo cajón del gavetero izquierdo.
Continuó preparando la comida con una pregunta angustiosa: ¿podría mantener la serenidad conviviendo con alguien tan arrebatadoramente atractivo y tan desinhibido? Debía mantenerse alerta. Era el hermano de Tomás, a quien le debía lealtad y, además, se trataba de un menor.

La semana discurrió entre frecuentes escenas semejantes. Lolo recorría desnudo el pasillo para ir de su habitación al baño y no se cubría con la toalla al volver, jamás cerraba la puerta del cuarto mientras se cambiaba de ropa, iba en slip al salón o a la cocina, a veces con notorias erecciones. Actuaba con naturalidad, pero Emilio descubría cierto propósito de provocación, dado que se tocaba los genitales frente a él con descaro o se introducía las manos en el calzoncillo por los glúteos, ahuecando el tejido como si se rascara aunque en realidad sólo se acariciaba.
En tales momentos, Emilio rehuía mirarle. Fingía abstraerse en lo que estuviera haciendo, pero temía que su nerviosismo fuese perceptible.
El viernes, la grabación terminó antes de lo previsto. Volvió al piso a las cinco y media de la tarde. Lolo se encontraba en la sala, mirando la televisión, de nuevo desnudo del todo; al verle llegar, se acarició el pecho y el escroto. Emilio notó el olor a porro. Sintió descomposición.
-Has incumplido las órdenes de Tomás -le dijo.
Lolo sonrió de un modo ligeramente extraviado.
-Es un resto que me he encontrado en el bolsillo de la cazadora. Te prometo que ya no lo haré más. No se lo digas a mi hermano, por favor.

El sábado por la mañana, cuando regresó de llevar a Lolo a pasar el fin de semana con Tomás, revisó a fondo su habitación, procurando dejar cada cosa exactamente en el mismo sitio donde la encontraba, para que el espionaje no fuese advertido. Examinó todos los recovecos del armario y la estantería llena de libros, los bolsillos de la ropa, bajo la funda del colchón, la maleta y la bolsa de mano, el espacio entre los cristales y la persiana, tranquilizándole no descubrir marihuana ni nada parecido.
Pasó la noche de sábado más loca desde hacía más de diez años. Sus costumbres solían ser ordenadas y no era frecuente que cometiera excesos, pero esa noche estuvo primero en dos bares de striptease masculino, luego en una discoteca y amaneció en una sauna, donde se dejó conquistar por primera vez en un lugar de esa clase, encuentro que no disfrutó porque el sujeto con el que se encerró en la cabina tenía mal aliento.
Después de comer con un actor de reparto de la serie y desahogarse sexualmente durante toda la tarde del domingo en su compañía, se sintió lo bastante calmado para acudir a casa de Tomás en busca de Lolo.
A mitad del trayecto de vuelta, el chico le dijo:
-No aguanto más. ¿Por qué no vamos a conseguir un poco de hachís?
-¿Te has vuelto loco?
-Sólo un poco, Emilio, por favor. Llevo sin fumar desde el viernes. Estas cosas no se pueden dejar de golpe. Hay que ir poco a poco. Te prometo que será la última vez.
-Ni pensarlo. Si quieres, doy la vuelta y te llevo de nuevo a casa de tu hermano.
-¡No, por favor! Vale, vamos para tu piso. Ya no te molestaré más.
Al acostarse, Emilio escuchó que Lolo se agitaba en la cama. Daba vueltas y más vueltas, notablemente inquieto, y suspiraba con frecuencia. Se puso la bata y se acercó a la puerta de su cuarto, que, al contrario que los demás días, estaba cerrada. Llamó.
-¿Necesitas algo, Lolo?
-No me encuentro bien.
Abrió. La luz estaba encendida. Notó que sudaba.
-¿Qué te pasa?
-No me puedo dormir. Me hace falta un poco de yerba.
Pocos días antes, Emilio había asistido a la grabación de un coloquio entre especialistas de desintoxicación. Todos remacharon con insistencia sobre la necesidad de afecto que sentían los drogadictos en tratamiento de desenganche.
-Asunto cerrado, Lolo. Proponme otra opción -dijo.
-Siéntate aquí conmigo y háblame.
Tomó asiento a los pies de la estrecha cama y le habló de sus posibilidades actorales, sobre todo por su aspecto físico. Le contó anécdotas de trabajo y chismes sobre los actos famosos. Pasaron tres horas; Lolo continuaba agitándose, sin trazas de sueño. Emilio tenía que levantarse a las siete, porque la grabación empezaba a las ocho.
-¿Quieres venir a mi cama?
Lolo sonrió con la satisfacción de quien gana una carrera.
-Sí.
En cuanto se acostaron, Lolo intentó abrazarse a él. Emilio le rechazó.
-Trata de imaginar -dijo- que soy tu hermano o tu tío. Veo que necesitas estar acompañado y que te consuele por esta noche, pero eso es todo.
-Pero tú... mi hermano...
-¿Qué?
-Nada.
Cuando a Emilio le pareció que Lolo se adormilaba, se abandonó por fin al sueño. Despertó poco después. Percibió el abrazo desnudo y ereccionado de Lolo, que movía las caderas con golpes afanosos Tenía los ojos cerrados; Emilio no supo discernir si estaba dormido o fingía estarlo. Se apartó con cuidado, salió del dormitorio y pasó el resto de la noche durmiendo en el cuarto de Lolo.

Como temía dejarle solo tras una noche tan agitada, decidió llevarlo consigo al estudio de grabación el lunes.
Pese a que no tenía buena cara a causa de su estado, la rotundidad de su belleza recibió la atención esperable entre la experta y desacomplejada gente de la televisión. Desde el set donde actuaba, Emilio lo vio rodeado todo el tiempo de chicas y actores de mediana edad, que le obsequiaban refrescos, bombones o cigarrillos, mientras calibraba cada uno las posibilidades de llevárselo a la cama. Hacia el final de la mañana, incluso lo vio hablar con el director de la serie, cincuentón casado y con tres hijos mayores, a quien Emilio no le atribuía ninguna clase de veleidades eróticas.
Durante la pausa del bocadillo, preguntó a Lolo:
-¿De qué has hablado con Carlos Parrondo?
-Me preguntó si tú y yo somos familia.
-¿Qué le has dicho?
-Que soy mucho más que un amigo tuyo.
-Y... ¿eso qué significa, exactamente?
-No sé, fue lo que se me ocurrió. Se lo he dicho , porque estaba metiéndome mucho los dedos. No sé lo que pensaba.
Emilio comprendió. Nunca había negado su orientación sexual, le parecía una incomodidad superflua. Parrondo se habría asombrado de verle con alguien tan joven; su barrunto unidireccional debía de parecerle lógico.
-A partir de ahora, a quien te pregunte esas cosas le dices que eres mi sobrino.
-¿Por qué?
-Es lo más conveniente. Y es lo que más se aproxima a la realidad. Tomás y yo éramos como hermanos hace diez años y él tiene edad casi para ser tu padre.
Cuando volvían en el coche, en una parada ante un semáforo, Lolo le pasó los brazos por el cuello y le dio un beso en la mejilla.
-¿Qué haces?
-¿No eres mi tío?. Los tíos se besan con los sobrinos.
-Nosotros no. No vuelvas a hacerlo.

Transcurrieron dos semanas más, durante las que Lolo pareció olvidar la droga. Algunos días, Emilio lo llevó al plató, causando siempre un efecto semejante al primero, y los moscones fueron haciéndose más numerosos, con lo que si algún día aspiraba a trabajar en televisión, encontraría allanada buena parte del camino. Al regreso, se mostraba sereno, feliz, pero cada vez permanecía más tiempo exhibiéndose desnudo por todo el piso. Con frecuencia, se echaba contra Emilio cuando miraban la televisión, lo que forzaba al actor a separarse o levantarse del sofá. Siempre que le rehuía, el chico fruncía los labios con expresión de rabieta infantil. Emilio tenía los nervios desatados, porque había empezado a tener erecciones cuando lo veía desnudo y manoseándose, erecciones que eran instantáneas cuando se le echaba encima en el sofá.
Se acercaba la fiesta de san José cuando Emilio decidió hablar francamente con él. Le impondría condiciones para la convivencia, para lo que necesitaba más tiempo que las escasas horas de las veladas o los viajes de ida y vuelta a casa de su hermano cada fin de semana.
-¿Conoces las fallas de Valencia? -le preguntó.
-Qué va.
-Llama a tu hermano y dile que este fin de semana no vas a ir a su casa. Pasaremos cuatro días en Valencia.

El viaje fue razonablemente rápido, porque Emilio tomó la precaución de salir a las cuatro de la mañana un día antes de la esperable desbandada de tráfico en dirección a las fallas. Lolo dormitó casi todo el trayecto, de modo que no hubo ocasión de empezar a cumplir el propósito.
Tomaron la habitación que tenían reservada en el hotel Sidi Saler. El día era espléndido; desde la ventana, el mar parecía un terso manto de satén azul resplandeciente bajo el sol de la mañana.
-Vamos a nadar un poco -propuso Lolo.
-El agua estará muy fría.
-No lo creo. De todos modos, podemos tomar el sol.
Efectivamente, el agua no invitaba al chapoteo. Se recostaron en un lugar resguardado del viento. Aunque Emilio sentía sueño, como Lolo parecía muy despejado tras dormir todo el viaje, consideró que había llegado la oportunidad de hablar.
-Escucha, Lolo. Tú sabes que soy homosexual, ¿verdad?
-¿Eres homosexual?
-Oye, aunque sólo tienes quince años, se nota que no acabas de salir del cascarón. No te hagas el sorprendido.
-Sí, lo sé.
-Entonces, deberías saber también que algunas cosas tuyas me causan... desasosiego. Quiero que no andes a todas horas desnudo por la casa y que no me provoques más. No hace falta que hagas nada de eso para que yo quiera ayudarte. Tu hermano es muy importante para mí.
-Ya lo sé.
-Entonces, ¿está todo claro?
Con alarma, Emilio notó que Lolo se ahuecaba la cintura elástica del bañador para que contemplase sin trabas su erección.
-¿Ves, Lolo? Esas cosas me... No hagas esas cosas, por favor.
-¿A qué te refieres?
Evidentemente, aunque menor, había crecido lo suficiente para ser cínico.
-Me estás enseñando la polla dura.
-No, sólo me estaba rascando.
-Pues hazlo cuando yo no te mire.
-Pero tú y mi hermano...
-¿Qué?
-Algo habréis hecho.
-Estás loco.
-El me dijo que tú eres maricón para que estuviera preparado. Si lo sabe, será porque habéis tenido algo que ver.
-Lo sabe porque yo jamás lo oculto. Y no te lo dijo para que estuvieras preparado, para protegerte de mí ni para que me sedujeras. Te lo habrá dicho para que nada en mi vida te coja de sorpresa.
-Pero pareces un hombre.
-Claro que soy un hombre. ¿Ves? ¿Quieres ver una polla? Esta es una polla de hombre. ¿O qué te crees?
-Es una polla estupenda, muy bonita -Lolo sonrió con picardía-, pero ya te la había visto cuando te bañas.
A Emilio le costó digerir la confidencia de que había estado observándole a hurtadillas.
-Ah, ¿sí? Bueno, pues ya sabes que soy un hombre normal.
-Pues mi hermano se entiende con ese concejal con el que sale tanto.
Emilio sintió estupor. El concejal de fiestas era natural de un pueblo vecino al de Tomás; solían confraternizar en una peña regional a donde acudían también sus respectivas esposas.
-¿Con Antonio? ¡Qué equivocado estás!
-Él mismo me lo contó hace ya la tira. Si se acuesta con el concejal, también se acostaría contigo.
-¿Tomás te contó que se acuesta con Antonio?
-Sí. Bueno, no ahora; lo hicieron muchas veces antes de casarse.
-Aunque me cuesta mucho creerte, si eso es verdad te aseguro que conmigo no ocurrió nada parecido. Tu hermano es para mí un artista importante que frustró voluntariamente su carrera; siempre lo quise mucho, pero principalmente porque lo admiro como artista.
Durante la comida, Emilio, que se había sentado frente a Lolo en lugar de a su lado, para que no le rozara la pierna, permaneció todo el tiempo absorto, tratando de digerir el dato sobre Tomás y el concejal. Dudaba que fuera cierto.
A lo largo de dos días, Lolo no dio muestras de respetar el pacto. En la habitación, estaba todo el tiempo desnudo, cuando salían por la noche se pegaba a él como una lapa, y en la playa, procuraba con toda clase de pretextos que viera sus erecciones reforzadas por el sol .
La tarde del día que se produciría la cremá de las fallas, Emilio dispuso que durmieran la siesta, dado que iban a pasar toda la noche de fiesta. Recién subidos a la habitación tras la comida, Emilio entró en el baño para lavarse los dientes. Cuando volvió a la habitación, se paró en seco porque encontró a Lolo despatarrado en su cama, completamente desnudo, acariciándose el pene erecto. Era la primera vez que lo veía desde ese ángulo y parecía descomunal.
-Ayúdame, Emilio, por favor.
-¡Qué estás diciendo!
-Sólo un poco. Mira mi polla, ¿no te gusta?. Estoy que reviento.
Emilio se vistió precipitadamente para salir al pasillo. Pasó toda la tarde mirando la televisión en la cafetería.
Salieron a recorrer las fallas al anochecer, ambos con el ceño adusto. Ante cada uno de los efímeros monumentos, Emilio tuvo que explicarle el significado humorístico, dado que Lolo no parecía haber recibido en su pueblo mucha información sobre la actualidad. Pasadas las once de la noche, cuando contemplaban la falla oficial ante el ayuntamiento, Lolo le dijo:
-No te muevas de aquí. Voy a mear.
Tardó casi una hora en volver. La multitud envolvía a Emilio y la falla estaba a punto de ser incendiada. Sintió alguien fuertemente pegado a su espalda; fue a retirarse y como el sujeto forzó más la presión haciéndole notar su erección, que trataba de encajarle entre los glúteos, giró la cabeza. Era Lolo. Se volvió hacia él, notando en seguida el brillo de sus ojos dilatados.
-¿Por qué has tardado tanto?
-No te encontraba.
-No me he movido de aquí.
-Pero yo no estaba seguro de qué sitio era donde te dejé.
-Estás mintiendo.
Lolo reía con extravío, lo que maculaba su belleza con un velo desagradable.
-¡Has fumado un porro!
-Habla más bajo.
-Esto no es lo que habíamos acordado. Creo que ya no podré soportar más esta situación.
Asistieron a la cremá en silencio. Constantemente, Lolo le pasaba el brazo por la cintura o se pegaba fuertemente a él con toda clase de simulaciones aunque nadie le empujase.
-En vez de irnos mañana -dijo Emilio cuando de la falla oficial sólo quedaban rescoldos-, será mejor que nos vayamos ahora mismo, para no tener problemas de tráfico. Vamos al hotel a coger el equipaje y pagar.
-No, Emilio, por favor. Descansemos esta noche y pasemos mañana el día en la playa, como habías previsto. Estoy pasándolo muy bien todo el tiempo contigo. En Madrid nunca estás conmigo más de dos horas, con tanto como trabajas.
-Esto se va a acabar, Lolo. No has cumplido el pacto. Yo no quiero ser responsable ante tu hermano de que te conviertas en un drogadicto a mi lado.
-Te juro que no lo voy a hacer más.
-No te creo.
-Haré todo lo que tú me digas. Ya no me verás desnudo ni intentaré más que me quieras. Pero no le digas nada a Tomás, por favor. Déjame estar contigo.
Emilio pasó el viaje dudando y cavilando. Lamentaba su propia decisión de acabar el asunto, pero era demasiado angustioso lo que estaba pasándole. La atracción que Lolo ejercía sobre él acabaría obligándole a rendirse casi sin darse cuenta; ello representaría una ofensa a Tomás y, en esencia, un acto repugnante, porque Lolo sólo tenía quince años y él iba a cumplir cuarenta y cuatro. Tenía que acabar.
Como lucía el sol cuando entraron en Madrid, en vez de conducir hacia su piso, se dirigió a la casa de Tomás.
-Bájate, Lolo.
-Por favor.
-No. El asunto ha terminado. Esta noche te traeré el equipaje que tienes en mi casa.

Tomás le llamó a las cuatro de la tarde. Debía de hacer muy poco tiempo que había salido del trabajo.
-Eres un sinvergüenza -dijo como respuesta al saludo.
-¿Qué significa esto, Tomás?
-Te entregué a mi hermano, confiando que lo respetarías. Me había equivocado contigo, toda mi confianza era una estupidez, porque has llegado al colmo de llevártelo a tu cama y enseñarle tu polla de pervertido. Al final, resulta que eres una maricona asquerosa, que no se para ante un niño.
-¿De qué estás hablando, Tomás?
-Sabes muy bien de lo que estoy hablando, Emilio. Mira, esta noche voy a pasar a recoger su equipaje, pero como no quiero ni verte la cara, déjalo a mi nombre en el bar que hay bajo tu piso. Y no quiero volver a verte.

El primer día de rodaje tras la pausa del puente de san José, Emilio notó por la tarde cierta tensión en su entorno. Finalizada la grabación, Parrondo lo llevó aparte.
-Oye, Emilio, vamos a eliminar tu personaje de la serie.
-No comprendo. La semana pasada, me diste guiones para siete capítulos y me dijiste que los estudiara.
-Sí, pero las circunstancias han cambiado.
-¿Cuáles circunstancias?
-Mira, con sinceridad, Emilio: no puedo permitirme escándalos en este rodaje. El guión ya es lo bastante audaz como para exponerme a que los periódicos caigan sobre mí como fieras.
-Sigo sin comprender, Carlos. ¿De qué clase de escándalo estás hablando?
-Joder, Emilio, ¿no te parece suficiente escándalo que hayas tratado de montártelo con un niño?
-¡Eso es una calumnia!
-¿Calumnia? El chico ha venido esta mañana con su cuñada a hablar conmigo, llorando los dos a lágrima viva. La verdad, Emilio, te tenía en mejor consideración. Ahora veo que eres un sujeto indigno de confianza. Sube a administración. Tienes la liquidación preparada.

Durante cuatro días, Emilio trató de salir del estupor no parando de hablar por teléfono con todas las productoras. En realidad, carecía de urgencia, pues disponía de ahorros para aguantar, pero necesitaba retomar inmediatamente la rutina de su vida para que el absurdo de la situación no le rompiera los nervios.
Mas descubrió con alarma que el rumor había circulado profusamente en el medio. Gente con la que había trabajado en el pasado con resultados excelentes, se excusaba con argumentos poco creíbles y, al final, todos aludían a la dificultad de trabajar "con alguien así".
¿Qué hacer? La bola de nieve había crecido hasta un volumen avasallador en sólo cuatro días. Ir a hablar con Tomás no le serviría de nada. Mucho menos, intentarlo con Lolo. Ni siquiera le permitirían acercarse a él.
Sonó el timbre del intercomunicador.
-¿Quién es? -preguntó.
-¿Es usted don Emilio Bélmez?
-Sí, ¿quién es usted?
-Somos policías. Tenemos que hablar con usted.
Tras un interrogatorio breve, durante el que le explicaron que había sido denunciado por intento de violación y por corrupción de menores, fue empujado hasta el coche celular, esposado.
Pasó la noche entre pesadillas en el camastro que le proporcionaron después de tomarle las huellas dactilares, fotografiarle y obligarle a entregar el contenido de los bolsillos. Por la mañana, le llevaron a una sala que parecía una enfermería.
-Bájese los pantalones y los calzoncillos -le ordenó el hombre de la bata.
Una vez que lo hizo, y tras examinar atentamente sus genitales, afirmó:
-Sí, coincide con la descripción.
A continuación, entró un policía con una cámara polaroid. Fotografió sus genitales desde tres ángulos.

La primera que vez que despertó en la cárcel, le costó identificar dónde se encontraba. Le anestesiaba el pasmo, la incomprensión de por qué había llegado a ese lugar, a esa situación, a ese infierno.
Notó en los pasillos por donde se dirigía hacia el comedor que algunos de los internos y todos los funcionarios le miraban con atención y volvían la cabeza para observarle cuando se cruzaba con ellos o le adelantaban, como si todos conocieran su cara.
Todo actor sueña con que eso le ocurra algún día, que los desconocidos se fijen en él con curiosidad, que reconozcan su rostro, sentirse acosado por las miradas de admiración. Pero las miradas que ahora le dedicaban no reflejaban admiración, sino chispazos de expetativa alerta, desdén y odio. En todas las expresiones resultaba patente la repugnancia.
Comprendió el motivo con la primera ojeada que dio al televisor. El telediario repetía la que, al parecer, constituía la noticia bomba del día y que seguramente era la enésima vez que transmitían esa mañana. Su cara, en primer plano a foto fija, presentaba en el ángulo inferior izquierdo de la pantalla un rótulo que rezaba: "Acusado de corrupción de menores". También el periódico que leía el funcionario de la garita de control publicaba su rostro en primera plana. Pudo leer el título al pasar: "El actor Emilio Bélmez, detenido por violación".
Se había materializado en mala hora el sueño de aparecer en todas las noticias del día. Ahora alcanzaba una celebridad que veinte años de trabajo no habían conseguido; repentinamente, era el actor del que más se hablaba. Para su desgracia, la riada de celebridad no le conducía al estrellato del teatro ni de la televisión, sino que cavaba una fosa sin fondo a sus pies.
Estaba hundido para siempre. Jamás conseguiría rehabilitarse de la calumnia que todos creían y seguirían creyendo aunque algún día la justicia le declarase inocente. El resto de su vida tendría que cargar con la culpa de un pecado no cometido. Si el juez, como parecía lógico y justo, no llegaba a reunir las pruebas necesarias para condenarle, ello carecería de virtualidad; conservaría para siempre jamás el sambenito.
Terminado el desayuno, mientras andaba por el pasillo por donde le habían mandado circular, alguien le aferró el brazo y le empujó hacia el interior de lo que parecían un taller de mecánica, al tiempo que otros cuatro o cinco presos le cercaban propinándole golpes y tarascadas. Dentro, siguieron más golpes, rodillazos, puñetazos que le hicieron sangrar la nariz y los labios al instante. "Violador asqueroso", decían. "Maricón degenerado" mascullaba uno que, situado tras él, le bajó el pantalón. Entre patadas e insultos, fue sodomizado sin tregua durante cerca de dos horas por los hombres que habían formado una fila impaciente y exaltada, donde todos pugnaban disputándose el turno.

Siete meses en la cárcel, siete meses de comer bazofia, de asistir al espectáculo alucinante que componían los condenados, picándose en las duchas, realizando públicamente sus masturbaciones y sus encuentros sexuales, y él teniendo que defecar entre ellos, duchándose entre ellos, degradándose en medio de una caterva de seres desahuciados en su mayoría del género humano.
Un día, reconoció, con un estallido de rabia y desesperación, a Lolo en la pantalla del televisor. Protagonizaba una serie cuyo personaje principal parecía que hubiera sido inventado a su medida, un chico perverso que capitaneaba un grupo de casi delincuentes juveniles a quienes un sacerdote trataba de rescatar del fango. La proximidad de la cámara le dotaba de un atractivo diabólico; el maquillador había hecho un trabajo excelente, reforzando el dibujo inquietante de sus pómulos y su mentón y ensombreciendo sus párpados para que resaltase el gris mefistofélico de sus ojos. La productora era la misma para la que Emilio había trabajado por última vez. El director, Carlos Parrondo.
Se le escapó una lágrima de rabia y, sintiéndose incapaz de resistir más, pidió que le permitieran telefonear a su abogado.
Para pagar la fianza, tuvo que vaciar la libreta de ahorros.
El día que, finalmente, le dieron la libertad condicional, le quedaban sólo unos miles de pesetas.
En cuanto llegó a su casa, y luego de revisar los estadillos del banco acumulados en el buzón, calculó que los próximos recibos domiciliados del alquiler, la luz, el agua, el gas y el teléfono serían devueltos el mes siguiente. Llamó ansiosamente a todas las productoras y a todos los amigos que creía tener en el medio. Los proyectos se encontraban en marcha, la próxima temporada quedaba lejos, nadie le dio esperanzas, todos murmuraron disculpas que no disimulaban la prisa por cortar la comunicación.
Malcomiendo a base de enlatados caducados que habían permanecido en la cocina y la nevera cuando la detención, siguió obsesivamente durante tres semanas los capítulas de la serie protagonizada por Lolo. Parrondo sabía sacar partido de su ambigüedad, de la pervesidad sugestiva de su mirada, de su ingenuidad malvada, del atractivo machoinfantiloide de su exuberante cuerpo. Iba a arrasar. Estaba arrasando ya, porque varias revistas de chismes y de televisión lo habían sacada en la portada.
Tenía que hablar con él, comprobar de cerca que tanta perfidia existía verdaderamente en una mente tan joven, que no había actuado bajo la influencia de su cuñada o de su hermano, a quien tanto había querido.
Se contempló en el espejo colgado sobre la consola junto a la puerta de salida del piso. Tenía mal aspecto. Volvió sobre sus pasos para darse un masaje balsámico en la cara y echarse una gota de colirio en los ojos.
Mientras ponía el coche en marcha, se preguntó cuánto le darían por él si decidía venderlo, aunque esa era la manera más directa de quedar imposibilitado de recorrer las localizaciones de extrarradio donde funcionaban las televisoras. Sin coche, tendría que renunciar a seguir buscando trabajo. Pero, ¿qué otra opción tenía?
¿Qué iba a decirle a Lolo que él no supiera de sobra? Indudablemente, siendo el actor principal de su drama, sabría de su detención y de los siete meses pasados entre cochambre humana, y tenía por fuerza que imaginar el boicot laboral, el cerco social. ¿Tan insensible y cruel era en realidad? Tenía que obligarle a afrontar la mirada de sus ojos, ver si eran capaces de sostener la suya sin cerrarse de vergüenza, ver si era capaz de afirmar en su presencia lo mismo que le había dicho a su hermano, primero, y después al juez instructor.
El portero del plató le saludó cordialmente y le abrió la puerta con una sonrisa. El hombre ignoraba su desgracia y creía que volvía al trabajo.
Presenció más de una hora de grabación. Lolo era un actor natural formidable; Parrondo apenas tenía que corregirle los movimientos de las manos; la voz, en cambio, exteriorizaba a la perfección la malignidad del personaje, lo mismo que sus expresiones y la mirada con que traspasaba la cámara.
Dada por buena una escena, Parrondo anunció un receso de media hora.
Hubo el clásico trasiego de cámaras, eléctricos, decoradores, maquilladoras y scripts. Emilio notó que Lolo le había descubierto.
Se alzó de su asiento y acudió presuroso hacia él, seguido por la mirada de Parrondo, severa y muy dura cuando comprobó a dónde se dirigía.
-Emilio, qué alegría verte.
Su cinismo rayaba en lo vomitivo.
-¿Estás bien? -preguntó Lolo con tono de inocencia-. He oído que no tienes trabajo. Si quieres ayudarme con los ensayos, puedo pagarte bien. Dame un beso, tenía muchas ganas de verte.
Se echó con los brazos extendidos hacia el cuello de Emilio. Antes de completar el abrazo, cayó al suelo con el corazón partido.
Emilio contempló en trance el cuchillo ensangrentado que aferraba su mano.

martes, 20 de febrero de 2018

PACO PORNO STAR CUENTOS DEL AMOR VIRIL Luis Melero

PACO PORN STAR
El tiempo iba pasando y el desaliento de Paco crecía mientras su autoestima disminuía y se le instalaba un hierro ardiente en el pecho. Tras caducar el subsidio de desempleo hacía dos meses, ya no podía satisfacer ni el menor capricho de Carmi. Y eso que ella había reducido el tono de sus exigencias aunque sin renunciar a ellas. Hasta tres o cuatro meses atrás, Carmi solía decirle “Tienes que comprarme tal cosa o cual otra”; ahora, ya casi nunca decía “tienes”; se limitaba a decir “deberías” la mayor parte de las veces. Pero la renuncia al verbo imperativo conllevó el aumento de sus “dolores de cabeza” como pretextos y el espaciamiento de su aceptación del sexo con él. Se había distanciado, y Paco necesitaba ansiosamente recuperarla, no sólo porque la quería; también, porque su cuerpo ardía y se derretía, sobre todo de noche. .
Debía encontrar un trabajo, porque hacía tres o cuatro semanas que había decidido delinquir por ella y no había sido capaz. ¿Cómo se asaltaba una tienda? ¿Cómo se convertía uno, al menos, en ratero de gran almacén? Era muy acuciante el ayuno sexual a que lo sometía Carmi. Paco era un hombre fuerte y apasionado; poseía gran apetito erótico adobado con un fuerte atractivo viril, un apetito que ahora estaba convirtiéndose en padecimiento, un fuego que lo consumía, porque su obsesión por Carmi representaba también enorme indiferencia hacia las demás mujeres. Estaba perdiendo el control día a día. Sudaba en la cama por sus deseos insatisfechos y los sueños que por convertirse en pesadillas no le proporcionaban siquiera el desahogo de poluciones involuntarias y ya no era capaz de contener ni disimular sus erecciones en todas partes, el autobús, las colas del supermercado… En todas partes vivía del tormento al rubor. No tenía más remedio que encontrar una solución.
Revisaba meticulosamente las secciones de ofertas de trabajo de los periódicos de anuncios clasificados; muy pocas ofrecían de veras trabajo, se trataba casi siempre de anuncios de algún “sistema” para ganar dinero mediante “pequeñas inversiones” o pagando por el ingreso en determinadas páginas de internet, que al final resultaban ser fraudulentas y despiadadas incitaciones a entrar en páginas de casino, cuando no invitaciones a prostituirse. No había ninguna posibilidad de conseguir un empleo, tenía que reconocerlo. Y jamás sería capaz de emigrar, porque su obsesión de conseguir un sueldo era consecuencia de su obsesión por Carmi, ya que sus padres cubrían sus principales necesidades vitales, pues le daban todavía una cama y la comida, y a Carmi no la tendría en otro lugar. Pero tampoco sus padres estaban en condiciones de ayudarle; no podían hacerle un préstamo para ninguna iniciativa ni podían siquiera avalarle un crédito.
Padecía insomnio aunque sólo contaba veintisiete años. Siempre probaba a masturbarse a la hora de acostarse, pero le quedaba siempre tal frustración y sentimiento de soledad, que pocas veces se decidía a hacerlo.
Últimamente, cada vez que le suplicaba a Carmi lo que ella se resistía tanto a darle, se le escapaban tonos lastimeros a pesar de querer disimularlos. Estaba perdiendo la dignidad.
Tras pasar una noche de sueño alterado y pesadillas inclementes, se levantó una mañana muy temprano para revisar las ofertas de trabajo antes que nadie, no fuera a presentarse una oportunidad en la que otro se le adelantara. Tras varios repasos desalentadores, se fijó en una oferta que no había visto anteriormente: “Buscamos hombres fuertes y bien dotados, que quieran actuar en películas para adultos”. Había que escribir a una dirección de internet y mandar fotografías de cuerpo entero en slip, una de frente y otra de perfil. ¿Cómo iba a mandar por las buenas fotografías casi desnudo, a una dirección anónima? Además, no disponía del sistema digital necesario para ello. Ni se sentía capaz de actuar en una película que seguramente sería pornográfica.
Caviló sobre ese anuncio tres o cuatro días, porque lo seguían publicando mientras su desesperación crecía y su resistencia iba aflojándose. Llevaba más de una semana sin sexo con Carmi; caviló que trabajar en una película de tal clase podía actuar como sustituto y representar un alivio. Pero… ¿podía hacerlo? Por otro lado, no imaginaba que a Carmi le agradase que él tuviera esa actividad, aunque solo fuera una vez.
Pasados dos días más, con su angustia y su desolación en aumento, resolvió que no perdería nada con intentarlo. Recurriría a su primo Joaquín, que tenía ordenador y sabía mucho de informática; creía recordar que también tenía cámara de fotografía. Con lo fanático que era Joaquín de las tecnologías modernas, la cámara sería digital. No frecuentaba mucho la amistad con ese primo, porque desde la adolescencia le parecía que no era demasiado macho, pero qué otra cosa podría hacer. Lo llamó por teléfono; tras explicarle lo que necesitaba y disculparse Paco por sus silencios, Joaquín le dijo:
-Sí, con mi cámara podemos meter tus fotos en un correo de internet, pero no tengo luces ni los flashes necesarios para tomar fotos en interior. Tendríamos que buscar un lugar discreto al aire libre. ¿Qué clase de porno quieres hacer?
Paco dudó unos instantes. Le alarmó que su primo adivinase por qué quería las fotos.
-…No estoy seguro… En el anuncio resaltan mucho lo de la ”buena polla” y yo…
-¿Qué?
-No lo tengo muy claro…
-¿Qué la tuya sea una buena polla?
-Sí.
-Si la memoria no me engaña, tienes una polla de concurso, no te preocupes.
-¿Estás seguro?
-Cuando te vi, éramos niños. Han pasado muchos años y ahora eres un hombre adulto. Si la naturaleza ha hecho su trabajo, ahora será más… Es que de muchacho, tenías una cosa inmensa.
-¿De verdad?
-¿Has visto alguna película de Nacho Vidal?
-Si.
-Bueno. La tuya no es tan inmensa, pero es más perfecta y mucho más bonita. La de nacho es como una mortadela medio fea. La tuya, aunque grande, tal como la recuerdo es bonita y elegante. Si insisten tanto en lo de una buena polla, a lo mejor es cine gay.
-Entonces…
-Bueno, a lo mejor no. Tú no te preocupes. Medita a ver qué sitio se te ocurre y ven a buscarme el sábado que viene a primera hora de la mañana.
Paco caviló mucho e inspeccionó con el coche los alrededores de la ciudad, para descubrir el lugar donde poder hacer esas fotos, lo que tuvo el efecto de permitirle descansar a ratos de su obsesión por Carmi y su frustración sexual. Eligió un paraje que nunca había visitado antes, y que le pareció que sería discreto. A las diez y media de la mañana del sábado siguiente, llegaron los dos primos a un soto que bordeaba el río cercano a la ciudad; un lugar muy alejado de cualquier población y distante varios centenares de metros de la carretera. Lo recorrieron durante un largo rato, a fin de que Joaquín encontrara un espacio abierto cuya iluminación considerase conveniente.
-Aquí –dijo por fin-. Desnúdate.
-Pueden vernos desde la carretera.
-¿Tú crees que la gente conduce mirando hacia el interior de los bosques como este? Además, ¿no pretendes trabajar en una película porno? ¿Te vas acojonar por quedarte en calzoncillos?
-Has dicho “desnúdate”.
-Bueno, quería decir que te quedes en slip, pero tampoco sería malo que te hicieras la foto desnudo, tratándose de lo que se trata.
-¡No jodas!
-Venga, Paco, quítate el pantalón deprisa, porque la luz cambia muy rápidamente a estas horas.
Inesperadamente, Joaquín disparó muchísimas tomas durante varios minutos mientras le pedía que se girase o adoptara ciertas posturas. Tras una toma de perfil, Joaquín preguntó:
-¿Estás empalmado?
Realmente, la prominencia del calzoncillo era llamativa.
-¡Qué va, estás loco!
-Entonces, ¿todo eso es de verdad tu polla? Es como el doble de lo que recordaba.
Paco enrojeció. Pero al mismo tiempo sintió un ataque de vanidad que le impulsó a echar involuntariamente las caderas hacia delante. ¿Qué estaba ocurriendo? ¿Podía tener una erección porque otro hombre lo alabara? Escandalizado, se encogió de nuevo, mientras Joaquín comentaba:
-Si pretendes trabajar en el porno, deberías depilarte el cuerpo.
Estupefacto, Paco bajó la mirada para contemplarse. No tenía demasiado vello; sólo las piernas y los antebrazos eran medianamente velludos, aparte de la parte superior del pecho y el típico cordón umbilical propio de los hombres. No necesitaba depilar su cuerpo, ni ello le agradaría a Carmi.
-Tú no estás bien de la cabeza.
-Es lo que está de moda en el porno en la actualidad. Se depilan hasta la entrepierna.
-¡Qué tontería! Será en el porno gay.
Joaquín apretó los labios y tragó saliva. Le sorprendía la imprevista clarividencia de ese primo medio desconocido.
-¡Qué va! Los machos del porno hetero también se depilan.
-Pues yo no voy a depilarme. Sería la mar de asqueroso. Si les gusta como soy, al natural, estupendo. Si no, yo no soy un faraón egipcio.
Joaquín sonrió. No había tenido trato con su primo, sobre todo a partir de la adolescencia. Le estaba sorprendiendo mucho y por muchas razones y, en ese momento, supuso que Paco se había envalentonado por el comentario sobre el abultamiento de su calzoncillo, porque se lo bajó rápida y resueltamente, con movimientos muy rápidos, como si tratara de no arredrarse a medias por querer mostrarse desnudo. Casi magnetizado, Joaquín avanzó hacia él, agachado, para enfocar la magnificencia de su entrepierna.
-¿Qué haces? –se quejó Paco, pero no se movió.
-Tengo que hacerle una foto a tu polla, porque si no, cuando nos vayamos voy a creer que he tenido una alucinación. ¿Sabes que es formidable?
Paco calló. Se sonrojó al tiempo que forzaba su vientre de modo reflejo, como si quisiera que la fotografía ganase en espectacularidad. Pero la admiración y los elogios de Joaquín estaban teniendo un efecto inesperado; sentía que iba a empalmarse, por lo que se subió el calzoncillo con rapidez.
Terminada la sesión, volvieron al domicilio de Joaquín. El ordenador estaba en su dormitorio; su primo le ofreció una silla pegada al suya, pero Paco la apartó un poco. Sentía todavía una clase de prevención que la lógica le decía que estaba injustificada; su primo no iba a intentar agredirlo sexualmente. Trató de evocar cómo era Joaquín cuando jugaban de niños; evocó que lo quería muchísimo entonces, y que el distanciamiento de la adolescencia sobrevino, sobre todo, por los comentarios de sus padres acerca de una supuesta debilidad viril. Ahora no sentía el mismo afecto por él que antaño, le parecía un extraño de quien se apartaría en cuanto tuviera lo que necesitaba. Y no se trataba de la sospecha de su homosexualidad, lo que no le importaba gran cosa, sino porque realmente se habían convertido en extraños.
-Mira, han salido muy bien –comentó Joaquín señalando la pantalla del ordenador.
A Paco le costó un poco reconocerse. A primera vista, parecían fotos de un artista de cine, tanto había cuidado Joaquín los enfoques, las luces y los ángulos. Cuando llegaron al primer plano del pene, Paco dijo:
-Esa no la puedo mandar.
-¿Por qué no? Con esto, seguro que te contratarían.
-¡Qué vergüenza! Ni pensarlo. Guárdala tú, pero no se la enseñes a nadie. Haz con ella… lo que quieras.
Enviaron las fotos por internet a la dirección que figuraba en el anuncio. Como no disponía de ordenador, Paco reseñó su dirección postal, por lo que esperó inútilmente una carta durante los siguientes diez días.
Una noche, su madre le dijo al llegar:
-Tu primo Joaquín te ha llamado unas cuantas veces esta tarde.
-¿Te dijo lo que quería?
-No ha querido. Me ha dicho que no necesitas llamarlo y que vayas sin falta esta noche a su casa.
Extrañado, Paco cenó deprisa para evitar que la madre de Joaquín lo convidara a comer y tuviera que aceptar. Mientras se cambiaba de ropa varias veces antes de decidirse, se preguntó por qué intentaba aparecer presentable; se dijo que no era lo mismo andar por la calle de día que de noche. Era jueves; no creía que su primo llegase temprano a su casa una noche de jueves, pero de todos modos fue. El primo Joaquín fue quien le abrió la puerta.
-Menos mal que has venido. Tienes que ir por la mañana…
Joaquín se interrumpió. Su madre estaba cerca.
-Vamos a mi cuarto –continuó Joaquín-. Quiero enseñarte una cosa.
Paco lo siguió un poco escamado pero al cerrar la puerta del dormitorio tras ellos, notó que el ordenador estaba encendido.
-Como mandamos tu respuesta desde mi correo, los promotores de esas películas han respondido aquí, creyendo que sería el tuyo. Tienes que presentarte mañana por la mañana.
-A mí no me han mandado ninguna carta.
-Claro, Paco. Si mandan el correo por internet, no se preocupan de otras cosas. Lo importante es que te han respondido, aunque todavía no digan que vayan a darte el trabajo.
-Me da un reparo… me acojona un poco.
-¿Quieres que te acompañe?
Paco miró a su primo mientras reflexionaba. Se había preocupado por él, evidentemente, dándose prisa por encontrarlo para que no perdiera la oportunidad. Sin duda, quedaba algo del cariño que se habían profesado de niños.
-Sería estupendo. Contigo al lado, a lo mejor no hacen nada raro.
-Joder, Paco; parece que temieras que quieran violarte… Con lo fuerte que eres y la pinta de gallito que tienes, nadie se atrevería a provocarte, creo yo.
-Bueno, pero por si las moscas, ir acompañado será más seguro.
-Vale, estupendo, iré contigo.
El local de la cita había sido en otro tiempo un gran almacén de los ferrocarriles, de extensión enorme; el rótulo de la puerta rezaba simplemente “Productora Elazaz y Marvin”. Joaquín se había callado todo comentario al notar el cuidado que había puesto Paco para dar buena impresión. Toda su ropa debía de ser lo que él consideraba lo mejor de su ropero. Se había afeitado muy a fondo y el peinado mostraba trazas de un meticuloso trabajo de decisión y aplicación de gomina. Ahora, en el momento de entrar donde lo esperaban, decidió abogar todo lo que pudiera en su favor, puesto que consideraba a Paco algo cándido y no muy batallador.
Tuvieron que llamar a un portero automático. Al entrar, Joaquín observó la cantidad de grandes fotografías de hombres desnudos, pero Paco pareció no fijarse; se desplazaba con la cabeza gacha, como si anticipara una catástrofe. Joaquín se enterneció.
Llamado por una recepcionista muy madura, les atendió un hombre de alrededor de cuarenta años; iba en camiseta de tirantes.
-¿Los dos venís por el anuncio?
-No –respondió Joaquín-. Sólo este.
-Ah muy bien. Yo soy el productor. Ven conmigo tú solo, que tu novio te espere aquí.
Paco enrojeció.
-No es mi novio. Es mi primo, y solo no entro.
El hombre se encogió de hombros diciendo:
-Como quieras, tú mismo. Si no te importa…
Los condujo a una habitación de tamaño mediano, donde solo había un sillón de orejas en el centro, tapizado de skay rojo.
-Tú te desnudas del todo y te sientas ahí –le dijo a Paco y a continuación, a Joaquín: -Tú tendrás que quedarte de pie, pero pegado a aquella pared y sin moverte.
-¿Desnudarme del todo? -preguntó Paco con tono quejumbroso.
-¿No sabías que se trata de películas porno? Claro que tienes que desnudarte del todo; detrás de ese espejo, hay una cámara que estará filmando tu prueba, a ver cómo respondes. ¿Qué tipo de películas porno te gustan?
-No comprendo –respondió Paco, mientras Joaquín, asombrado, le daba un leve codazo.
-Tenemos que comprobar que funcionas bien –informó el productor- ¿Te gusta el sado, lo romántico, lo muy guarro, los maduros o lo juvenil?
-Me da igual.
Tras desnudarse Paco y sentarse con mucha prevención, se encendieron un foco a cada lado y, al mismo tiempo, una pantalla grande de televisión situada bajo el espejo. En seguida, comenzó una escena pornográfica donde dos hombres jóvenes hacían sexo muy apasionadamente.
-¿Qué coño es esto? –exclamó Paco.
-Seguramente, se trata de hacer películas pornográficas gay, Paco –observó Joaquín.
-¡Ni pensarlo! ¿Fíjate, cómo voy a excitarme con esa guarrería?
Contradiciendo la exclamación, el pene de Paco comenzaba a ponerse morcillón.
-Pues mírate –dijo Joaquín-, se te ha puesto grande. Empiezas a excitarte.
-Será una reacción natural, pero yo no voy a hacer esas porquerías.
Joaquín asintió con la cabeza. Reflexionó un momento antes de decir:
-El porno gay es el que más paga a los hombres. Y la mayoría de los modelos que actúan en estas películas son heterosexuales, como tú; precisamente, los buscan con pinta muy de machos, parecidos a ti, porque es lo que más vende. Y necesitan que sean muy eróticos, muy apasionados, como tú cuentas que eres, para tener la seguridad de que no sufrirán gatillazos.
-Pues yo no… -Paco calló y volvió a mirar la pantalla. ¿Sería verdad que esos hombres no eran gays? Parecían pasarlo muy bien.
-¿Qué te importa? –continuó Joaquín- Al fin y al cabo, venías dispuesto a tener sexo delante de una cámara por dinero; no hay tanta diferencia, Y de todos modos, sea gay o heterosexual, nadie de la familia va a ver esas películas. Y si necesitas ganarte un poco la vida, ganarás mucho más con el porno gay
-Pero… Imagina si la Carmi se entera…
-¿Por qué se iba a enterar? Ya que estás aquí, decídete, que no vas a perder nada.
Paco volvió a mirar la pantalla. Cerró los ojos un instante, buscando resolución en su ánimo, y de nuevo se fijó en la película. Sentía una angustiosa mezcla de impulsos, porque lo que veía lo considera repugnante, pero su cuerpo estaba respondiendo. Ver varios penes muy erectos excitaban a todo el mundo, incluidos los machos aunque fueran muy militantes, le habían dicho una vez. Ahora llevaba más de dos semanas sin sexo, Carmi se había vuelto inabordable, la masturbación le aburría mucho y la nostalgia de un orgasmo se estaba convirtiendo en apremiante. A los cinco minutos, Joaquín sonrió, porque el pene de su primo mostraba ya toda su llamativa y espléndida plenitud. Pasaron sólo unos tres minutos antes de abrirse la puerta y entrar el productor muy sonriente:
-Estupendo. Puedo darte un papel en una película que vamos hacer el lunes y el martes. No te preocupes por la ropa, porque te la proporcionaremos aquí. Vamos a firmar.
Paco se vistió deprisa, sintiendo un profundo sonrojo. No podía hacerlo, tenía que salir de ese sitio. Notando su vacilación, Joaquín le puso la mano en la espalda, empujándolo suavemente, mientras murmuraba en su oído:
-Tranquilízate. Todo está bien, primo.
El productor le dio a leer el contrato tras anotar en una casilla de la primera página, con letras de molde, el nombre de Paco. Todavía dudó este un instante, pero Joaquín, sentado a su lado, tocó su rodilla después de fijarse en lo que iban a pagarle por dos días de algo que no podía llamarse verdaderamente trabajo. Paco firmó, pero sentía gran angustia. En cuanto salieron del local, dijo:
-No voy a poder hacerlo, primo. Sería superior a mis fuerzas.
-Ya has firmado, Paco. Tratándose de la actividad que se trata, no creo que sean demasiado legalistas, pero a lo mejor podrían buscarte las cosquillas si no cumples.
-Joder. Tendré que beberme unos cuantos pelotazos antes de venir el lunes.
-No bebas, Paco. Un poco de alcohol puede estimular, pero si te pasas, ni se te empina.
-¿Podrás venir conmigo? –el tono de Paco era suplicante.
-¡Claro! Me saltaré la universidad esos dos días, no te preocupes. ¿No quieres depilarte el cuerpo?
-Ese tío no ha dicho nada. No sé… ¿tú me ayudarías?
-Por supuesto. Si quieres, te afeito yo…
Paco apretó los labios. Si era cierto lo que sospechaba hacía tiempo, sin duda Joaquín se sentiría muy complacido de hacer eso. Pero al recordar a Carmi, se dijo que no sabría improvisar una excusa si ella le daba la oportunidad de mostrarse desnudo.
-Prefiero quedarme como estoy, Joaquín. Si ese tipo no ha hecho ningún comentario sobre mi vello, será que le gusta como soy.
-Vale. El lunes iré temprano a tu casa para acompañarte. Antes, báñate con mucho cuidado y aféitate a fondo. Tus cejas… a ver.
Joaquín le puso la mano en la frente.
-Tengo que arreglarte un poco las cejas. Iré a tu casa una hora antes.
Joaquín llegó el lunes a la casa de los padres de Paco a las ocho de la mañana. En cuanto entró, se dio cuenta de que Paco, que ya estaba vestido, se había esmerado. Su pelo trigueño presentaba un corte y un peinado muy a la moda; se había puesto una camisa roja de seda que permitía apreciar su buen desarrollo muscular, y un pantalón blanco de tipo vaquero, bastante ajustado. A Joaquín le conmovió su afán de agradar a pesar de su cacareada heterosexualidad. No esperaba encontrarlo así de bien; durante el desplazamiento para llegar a su casa, había previsto que tendría que aconsejarle al respecto, pero no era necesario; además, el productor les había advertido de que él proporcionaría la ropa.
-Vamos a tu cuarto –dijo Joaquín-. Tengo que arreglarte un poco las cejas.
-No irás a depilarme como esos tíos que van como las mujeres.
-No te preocupes, primo. Sólo se trata de aclararte el entrecejo y perfilarte un poco las puntas. Unos cuantos pelillos, nada más.
En cuanto llegaron a la productora, el mismo hombre de la otra vez le dijo a Paco mientras le daba una cajita:
-Ten; desnúdate y ponte esto. Ve a prepararte en la habitación del fondo del pasillo. En seguida irá la maquilladora. ¿Quieres tomarte un Cialis?
-¿Eso qué es?
-No es necesario –atajó Joaquín- Paco no lo necesita.
-Primo, ven conmigo dijo Paco, agarrando el brazo de Joaquín.
Ya en la habitación señalada, Paco abrió la cajita antes de desnudarse. Se trataba de una especie de tanga muy pequeña. De color rojo, sin parte trasera.
-Yo no me pongo esto –dijo Paco con tono terminante.
-Te lo pondrás por muy poco rato, Paco. Recuerda que es una película porno donde estarás casi todo el tiempo desnudo; esto es para los preliminares. Se llama jock, y es la evolución sexy de una especie de suspensorio que usan los atletas en los Estados Unidos.
-¡Qué porquería! Me quedará el culo al aire.
-¿Y qué más te da?
Unos golpes en la puerta les anunciaron que la maquilladora había llegado. Para sorpresa de ambos, apenas se detuvo en el rostro de Paco; en cambio, examinó con mucha atención su cuerpo y fue aplicándole maquillaje de diferentes tonos y lápices oscuros para resaltar la musculatura del abdomen, las venas de los brazos y otros detalles. El productor abrió la puerta diez minutos más tarde.
-¿Estás listo?
Paco cogió otra vez a su primo del brazo, para dejar claro que irían juntos. El productor les precedió hasta una habitación bastante mayor, con muchas luces encendidas. El único mueble era una especie de sofá tumbona de color blanco, donde esperaba ya un muchacho desnudo, muy depilado tal como aconsejaba Joaquín, y con una dotación erecta sorprendente en un chico tan delicado. Junto a una cámara muy grande, había tres hombres. Viendo que Joaquín les seguía también, el productor le dijo:
-Pégate a aquella pared y no te muevas. Si dices algo, habla muy bajito -dirigiéndose a Paco, añadió: -Ponte de pie casi sentado en el respaldo del sofá.
En seguida, el productor fue junto a la cámara, y desde allí continuó ordenándole a Paco:
-Mueve el hombro derecho hacia la cámara y gírate un poco; haz como si descubrieras de repente que ese muchacho, que se llama Gustavo, está echado. Trata de poner cara de sorpresa.
Paco obedeció, pero exageró demasiado la supuesta sorpresa. Tras ordenar “corten”, el productor volvió a su lado de un salto.
-No abras la boca como un bobo – lo decía mientras forzaba el mentón de Paco-. Se trata de abrir un poco los ojos y mover los labios. No te equivoques ahora ni me hagas perder tiempo.
Tras volver junto a la cámara y ordenar de nuevo “acción”, está vez pareció quedar satisfecho con la expresión de Paco. La cámara continuó rodando mientras el productor iba ordenando:
-Tira de los dos elásticos del “jock” y juega con ellos… Bien. Ahora, ve bajándotelo muy lentamente… Eso, así despacio… Ahora, mueve el muslo derecho por encima del sofá y, poco a poco, ve echándote encima de Gustavo un instante, pero enderézate en seguida...
Tras mandar parar la cámara de nuevo, el productor le indicó a Paco que se retrepara en el sofá y cerrase los ojos. A la nueva orden de “acción”, sintió que el otro muchacho le besaba reiteradamente en el cuello y después le lamía los pezones; en el primer momento, esa cálida humedad le pareció desconcertante, pero poco a poco consiguió frenar su impulso de rechazarla y escapar; minutos más tarde, decidió que esa caricia no era desagradable.
-Pajéate un poco –oyó que le ordenaba el productor.
Paco obedeció, pero el pene no. Oyó algunos murmullos que no consiguió entender, y a continuación sintió que el otro muchacho comenzaba a lamerle el pene. Carmi se resistía a hacer eso; las escasas veces que había conseguido convencerla, sólo lo hacía muy brevemente; parecía repugnarle. Ahora, se admiró por lo muy experta que aquella boca era. Abrió las piernas todo lo que pudo, trató de relajarse y se representó mentalmente las escenas más tórridas que había vivido con Carmi. Unos minutos más tarde, notó que conseguía la erección, seguida de exclamaciones de los que estaban junto a la cámara. El productor le dijo con tono de aprobación.
-Muy bien, Paco. Estupendo. Mantén los ojos cerrados y deja que Gustavo lo haga todo.
El joven continuó su experto trabajo unos minutos. Inesperadamente, Paco comenzó a sentir que podía eyacular y se puso a mover las caderas con impaciencia. Los demás se dieron cuenta; Paco sintió una mano enérgica que le abrazaba fuertemente el pene, casi dolorosamente, para impedir el orgasmo.
-Aguanta -dijo el productor-. Gustavo, hazlo ahora. Paco, mantén los ojos cerrados.
Tras una nueva orden de “acción”, Paco advirtió por el sonido que el tal Gustavo le enfundaba un condón y a continuación se sentaba sobre sus muslos. En seguida, notó que el chico trataba de introducirse su pene, pero al mismo tiempo tomó consciencia de que sentía sobre el vientre el peso de la erección de Gustavo. De inmediato, su pene se contrajo.
-¡Joder! –exclamó el productor-. Y ahora, ¿qué?
Paco abrió los ojos. Era evidente que no podía hacer eso. Tenía que irse en seguida, mientras escuchaba que el productor decía con tono muy rajado:
-Eres como la mayoría de los heterosexuales; no se te empina con un tío y no eres capaz ni de penetrar; va a haber que acabar haciendo como con casi todos los que son como tú, penetrarte, que es para lo único que valéis.
Paco se alarmó tanto, que hizo ademán de disponerse a saltar del sofá y huir. Pero sonó de inmediato la voz de su primo Joaquín preguntando al productor:
-¿Puedo ponerme detrás del sofá y hablarle a Paco?
Tras dudar un momento, el productor se encogió de hombros diciendo:
-Bueno, a ver si consigues algo…; pero solamente esperaremos diez minutos más, que el tiempo aquí cuesta dinero. No creo que tu primo funcione, qué pérdida de tiempo. A ver qué puedes conseguir tú, pero habla lo más bajo que puedas. Venga, Gustavo, retoma la acción y tú, Paco, vuelve a cerrar los ojos. Acción.
Paco consideró que nadie podía describir lo que le recorría el pecho. Ni él mismo podría. Repugnancia, anhelo de cumplir, náusea, deseo de no quedar en ridículo, temor a decepcionar a Joaquín y cierta forma de parálisis; todo ello se amalgamaba en su mente formando una especie de grito desesperado. Estaba seguro de que no podía esperar nada más que redondear el fracaso. Pero comenzó a oír la voz de Joaquín, que situado detrás del sofá, debía de haberse agachado en una posición cercana a su cabeza, desde la que le llegase clara su voz en tono muy suave:
-Anda… Paco, folla; tú puedes. Siempre he sabido que eres el macho más macho y poderoso de la familia; no puedes fallar. Sé que no vas a fallar. Estoy seguro de que harás en la vida todo lo que te propongas, en cuanto te des cuenta de que la gente se detiene para verte pasar y caer a tus pies. Pues, claro que puedes. Todos estamos orgullosos de ti.
Paco escuchaba solamente la voz de su primo; todos los demás sonidos del plató enmudecieron para sus oídos. Sintió que sus ingles se relajaban y que dejaban de pesarle tanto las piernas de Gustavo sobre sus muslos. Empezaba a desaparecer el miedo.
-Siempre te he admirado –continuó Joaquín en el mismo tono acariciante y sugerente-. Y también te envidiaba. Eres todo lo que a cualquier tío de nuestra edad le gustaría ser. No es que te parezcas a Brad Pitt, pero seguramente eres el muchacho más atractivo del barrio… y de muchos kilómetros a la redonda. Y tú polla, bueno, tienes la polla más poderosa y atractiva que he visto nunca, y te confieso que he visto muchas. Nadie se quedaría indiferente viéndotela. Tú puedes, Paco. Eres poderoso…
Efectivamente, la erección volvió. Paco ansió mentalmente que Joaquín no parase de hablar. Empezó a empujar las caderas y los glúteos con fuerza, al tiempo que escuchaba que Gustavo se ponía a gemir de manera mucho más estridente que Carmi, de modo que temió que podía desinflarse de nuevo, pero Joaquín continuó, ahora en un tono un poco más alto, como queriendo vencer el sonido de la voz de Gustavo:
-Nadie pondrá en duda jamás lo muy macho que eres. Podrías cepillarte a media ciudad, y quedarte ganas de más, porque eres un volcán; ya de niño me daba cuenta. Ni puedes imaginar las veces que te adoré cuando todavía jugábamos juntos; ni te imaginas las veces que soñaba contigo y solamente éramos un par de muñequitos; pero entonces, ya era notable tu fuerza, tu pasión, tu poder…
Llegaba. Sin darse cuenta, Paco fue acompasando progresivamente sus gemidos con los de Gustavo, de modo que éste anticipó lo que iba a ocurrir. Volvió la cabeza a medias, pidiendo permiso al productor, y este asintió. Se alzó unos centímetros para que Paco saliese de él y le desenfundó con rapidez el condón. De inmediato, se produjo el orgasmo más violento que Paco recordaba; al quedar libre el pene de la opresión elástica, las tres semanas largas de ayuno sexual a que Carmi lo había sometido se convirtieron en un violento géiser islandés, que brotó generoso produciendo un surtidor impresionante.
-Magnífico –exclamó con admiración el productor.
Paco volvió en busca de la ropa, acompañado de Joaquín. Se duchó lenta y minuciosamente, porque necesitaba liberar su piel no sabía bien de qué. Tuvo que apresurarse a vestirse, porque llamaron a la puerta anunciando que el productor esperaba para pagarle.
Sin apartarse de Joaquín, Paco avanzó contento hacia la atiborrada mesa de despacho de la entrada. El productor contaba el dinero en efectivo, en billetes de cincuenta euros.
-Voy a pagarte ahora –dijo-, porque viajo esta tarde por un par de días. Pero tienes que venir mañana a las diez, para dos tomas de exteriores y el comienzo de la escena; sólo vestido. Ese pantalón estará bien, pero te quedaría mejor una camiseta azul fuerte, muy apretada. Si no tienes, tendrás preparada una por la mañana. Mañana, pregunta por Alfredo. Toma.
Puso el fajo en las manos de Paco, causándole una alegría de intensidad imprevista, pues volvía a tener dinero en el bolsillo después de mucho tiempo.
-La semana que viene, tengo otra película para ti, si te interesa. Si quieres –siguió, dirigiéndose a Joaquín-, tú también puedes actuar en esa película
Nunca había pensado Joaquín en que eso fuera posible. ¿Actuar en una película porno? No debería distraerse de los estudios, pues ya era un poco mayor porque había suspendido dos cursos. Además, no se sentía atractivo, al menos, en comparación con su primo. Con sorpresa, escuchó que este preguntaba:
-¿Actuaríamos juntos los dos?
El productor dudó un instante antes de asentir con la cabeza.
-¿Y a él le pagaría lo mismo que a mí?
-Supongo que sí, pero tendría que esforzarse.
Paco le dio un codazo a Joaquín, al tiempo que amagaba una palmada en su culo.

lunes, 4 de septiembre de 2017

CUENTOS DEL AMOR VIRIL Milagro en Teotihuacán

MILAGRO EN TEOTIHUACAN
-Los mexicanos tenemos un apreciable porcentaje de sangre india -afirmó Javier Robledo.
Protegido por el embozo que le proporcionaba el gigantesco sombrero que el fotógrafo de turistas le había obligado a ponerse, Jenaro Senmenat examinó de reojo el rostro de Javier. Que el mexicano prestase atención a la ranchera que cantaba muy desafinadamente el grupo de mariachis, junto con la algarabía del local, le ayudaba a disimular la intensidad y el hambre de su mirada.
Javier no era guapo en el sentido clásico, pero su exuberante virilidad agreste, y la pastosidad de su voz, le dotaban de un atractivo sexual arrebatador y sí, el trazado de sus cejas y sus ojo, vagamente achinados, que le proporcionaban cierto parecido con Antony Quinn, revelaban un toque de sangre indígena, no mayor que el de Jorge Negrete. Sin embargo, su oscuro y poblado vello desmentía ese origen, dado que los amerindios suelen ser lampiños.
Y por mucho que se esforzaba, no conseguía dejar de mirar su bragueta. Lanzaba miradas de soslayo que se cosían al empinadísimo abultamiento del pantalón y tenía que realizar esfuerzos heroicos para que sus ojos no desvelaran sus pensamientos. Se preguntaba qué podía haber ocasionado la erección de Javier, pero la razón le aconsejaba suponer que se trataba sólo del efecto del alcohol y la divertida placidez del momento. No se le ocurría plantearse otra posibilidad distinta.
Desviando la mirada hacia la esplendorosa y ancha sonrisa de Javier, Jenaro se preguntó si la visita a Ciudad de México iba a servirle para conquistar, por fin, lo que llevaba quitándole el sueño cerca de un año.

El traslado a Nueva York, un año antes, no pudo ser más incierto. Jenaro disponía sólo de cinco millones de pesetas ahorrados con mucho esfuerzo, y necesitaba aprender inglés, culminar el curso de actuación y vivir la experiencia de desenvolverse durante un año en la Babilonia norteamericana, para seguir creyendo en sí mismo como actor y darse gas para continuar en una profesión que en España era una extenuante carrera de obstáculos. La austeridad que debía imponerse para resistir un año y volver a Madrid con medios suficientes para reiniciar la carrera, vedaba toda posibilidad de alquilar un apartamento privado, a los precios exorbitantes de los alquileres de Nueva York. Gracias a un anuncio en uno de los periódicos en español, encontró habitación en el Bronx, en un piso de la avenida Melrose, compartido con dos hispanos.
Roberto, el uruguayo, era hematólogo; preparaba un máster que lo convertiría en una autoridad médica de su país. Javier, el mexicano, era un simple oficinista de la legación mexicana ante las Naciones Unidas. Juntos, pudieron permitirse un apartamento de tres dormitorios, que según los parámetros neoyorkinos habría sido un lujo asiático para cualquiera de los tres. A Jenaro le asignaron la habitación que daba a la calle, puesto que era el que tenía menores obligaciones laborales de horario y no importaba si el ruido turbaba su sueño, cosa que ocurría con constantemente.
Se trataba de una habitación sin puerta, comunicada con el salón por un arco de medio punto, que había sido el despacho del propietario. El español carecía de la privacidad que disfrutaban el mexicano y el uruguayo, por lo que le fue concedida una participación algo menor en los gastos. Mientras cerraban el acuerdo, Roberto, el uruguayo, aludió en varios momentos a la falta de aislamiento… “que te obligará a encerrarte en el baño cada vez que te pique la entrepierna”. Tanto Javier como Jenaro ponían cara de circunstancias ante tales alusiones, que a Roberto le hacían sonreír con mucha ironía.
La falta de aislamiento fue el origen de todo.
Sólo había un aparato telefónico, que estaba en el salón. Sólo había un baño, cuya puerta daba también al salón, en línea con el cabecero de la cama de Jenaro. Tanto Roberto como Javier, acudían siempre en calzoncillos a las llamadas del teléfono; los dos entraban en el baño frecuentemente desnudos o, a lo sumo, cubiertos parcialmente por una toalla. Roberto, con su aspecto centroeuropeo, poseía una belleza escultural espléndida aunque fría: piel celta ebúrnea, cuerpo meticulosamente trabajado en el gimnasio, demasiado armónico y simétrico como para parecer de carne, pelo castaño muy claro, probablemente tratado frecuentemente con camomila, vello depilado hasta en los rincones más íntimos; el hecho de tener una novia fija y frecuentes aventuras con norteamericanas, que metía sin tapujos en su habitación, le desterraba de las expectativas y ensoñaciones de Jenaro.
Javier, en cambio, no era mujeriego militante y su aspecto de macho tópico, ancho, robusto y fibroso como un labrador, y piel atezada igual que cuero, como un estibador, le dotaban de un atractivo apremiante que ocasionaba frecuentes erecciones a Jenaro mientras lo veía hablar por teléfono, despatarrado, acariciándose distraídamente la abundante pelambrera oscura del voluminoso escroto que asomaba, impúdico, por la pernera del calzoncillo o pasándose la palma de la mano por los prominentes pectorales cubiertos de vello.
Era una belleza imperfecta. El hombro izquierdo era algo más redondo que el derecho, los muslos eran demasiado descomunales y tan densamente velludos que apenas se veía la piel. Sus gemelos abultaban tanto, que sus piernas parecían torneadas patas de sillón barroco. El vello del vientre formaba una ristra tan abundante y compacta, y sobresalía tanto de perfil, que Jenaro estaba siempre a punto de pedirle que le permitiera recortárselo un poco.
Fingiendo dormitar o sin necesidad de ello, puesto que Javier se comportaba con desinhibición algo exhibicionista, Jenaro contemplaba el bulto desmesurado y palpitante de los genitales del mexicano a placer, obligándose a esfuerzos heroicos para sacudirse la tentación de saltar a acariciarlo, a pesar de que nunca antes le había atraído esa clase de desproporciones. Antes del deslumbramiento por Javier, ni siquiera recordaba haberse fijado en hombres muy velludos ni en el tamaño del pene de nadie. Y, para colmo, ocurría lo de las sombras.
Jenaro recordaba haber eludido mirar a ese tipo de hombres en las saunas de Valencia. Aunque un pene pendulante que alcanzara el medio muslo resultaba sumamente atractivo para los gays, a él le causaba algo de repulsión, y cuando se cruzaba con algún tipo muy velludo solía pensar que tal vez oliera mal.
Aunque veía a Javier desnudo con frecuencia, nunca había dado la casualidad de que tuviera una media erección al entrar o salir del baño, sólo había visto ese órgano completamente fláccido, de modo que Jenaro se preguntaba la dimensión que podría alcanzar al endurecerse un pene que era el mayor que jamás había imaginado que pudiera existir. ¿Crecería mucho al llenarse de sangre con una erección? ¿Conseguiría levantarse hasta la vertical algo tan enorme? Tamaña barbaridad, anchísima y desmesurada, ¿alcanzaría la dureza majestuosa y casi metálica que obtenía el suyo? Si fláccido parecía pasar de veinte centímetros, ¿se aproximaría a los cuarenta erguido? Había oído comentar a sus amigos de Valencia que los penes demasiado grandes no conseguían endurecerse del todo jamás. ¿Sería el de Javier uno de esos miembros medio inútiles?
Era la primera vez en su vida que se hacía esta clase de preguntas, puesto que, antes, lo único que percibía cuando alguien le interesaba era la magia que irradiase. Sus ojos, su boca, su sonrisa, su expresión corporal. Todavía no había sufrido la clase de enamoramiento enfermizo que observaba en mucho de sus conocidos, aunque sí había amado con algo de tibieza, amor que siempre era producto de la magia que derramase el otro. Javier emitía magia, un intenso poder de seducción de apariencia hechicera, reforzada con las sombras que le envolvían habitualmente, pero era, al mismo tiempo, un prodigio de erotismo animal que desprendía ondas urentes que convulsionaban la entrepierna de Jenaro y excedían a cualquier ser humano que recordara haber contemplado. Sin duda tenía que ser el prodigio de una combinación tan infrecuente; el resultado fatal de alearse el oro con los rayos del sol.
Soñaba con él y siempre tenía orgasmos. Aunque nunca hubiera dado importancia al tamaño de los penes, la dimensión alucinante del de Javier le obsesionaba; con frecuencia, lo imaginaba cárdeno y enhiesto, con el tamaño, la sinuosidad y los relieves venosos del brazo de un culturista, cuyo puño sería semejante al glande. Era un cilindro oscuro y punzante que le hacía sentir deseos que nunca había experimentado. En el frondoso bosque púbico de Javier, emergía primero –en sus sueños- como una anaconda que iba convirtiéndose en un obelisco oscuro y granítico que ansiaba que estuviese dentro de sí. Aunque nunca lo habían penetrado con algo ni remotamente tan grande, imaginaba de modo muy vivo el dolor y el éxtasis de tal intrusión, junto al calor del terciopelo de la piel de Javier contra la suya.
Con el paso, primero, de las semanas y, luego, de los meses, el descubrimiento de la personalidad de Javier multiplicó por ciento el embrujo y el atractivo para los ojos y el corazón de Jenaro.
Porque Javier, aparte de su pene increíble, poseía otras peculiaridades.
El primer atisbo lo tuvo Jenaro un viernes por la tarde, cuando sólo llevaba dos meses conviviendo con sus dos compañeros.
-¿No piensas salir? -preguntó Javier con la música de su acento, mientras se sobaba la bamboleante prominencia del calzoncillo con distraído abandono.
Fue aa primera vez que Jenaro atisbó las sombras a su alrededor. Más que sombras, eran como las imágenes de una fotografía a medio revelar, sin acabar de definirse. Pudo contar siete seres fantasmagóricos, cuyos perfiles y vestimentas no podía definir, pero no eran seres contemporáneos ni espectros de cementerio. Se movían levemente alrededor de la silueta de Javier, pero no demasiado, como si permanecieran en guardia, protegiéndolo. Recordó la pregunta al notar en la mirada del mexicano que esperaba su respuesta.
-Más tarde -respondió Jenaro, desperezándose en la cama e intentando disimular la mirada elusiva, que tras desdeñar las sombras, se prendió del voluminoso bulto-. Hay un montaje off Broadway que necesito ver y después me han invitado a una fiesta en el Village. Por eso trato de echarme una siestecita.
-Siento perturbarte el sueño; es que espero que me llame mi madre.
El calzoncillo era corto y suelto, sin botones, de modo que no le cubría suficientemente. Por encima del elástico y bajo los perniles el vello se escapaba frondoso y perfumado, junto con un escroto demasiado voluminoso y pesado como para ser contenido por tan escueta prenda.
-¿Te ha dicho que va a llamarte? –preguntó Jenaro, mientras apretaba los muslos para ocultar su erección, que no se veía afectada por la pregunta sobre las sombras palpitantes que se estaban volviendo más brillantes..
-No. Necesito hacerle un encargo, y estoy transmitiéndole mentalmente el mensaje de que me llame ella. Si la llamara yo, tendríamos cuentas de teléfono astronómicas.
Su expresión era la de alguien seguro de su lógica, como si estuviese hablando de acontecimientos vulgares y cotidianos. Jenaro sintió que sus pupilas se cerraban como si contemplase una luz cegadora, porque al absurdo que el mexicano expresaba, se unía del enigma de unas sombras que no era capaz de decidir si eran producto de su imaginación. Muy abiertos también, los ojos de Javier miraban infinitamente más allá de la pared que tenía enfrente. Sentado con abandono indiferente a pesar de la exaltadora inmovilidad de su cabeza, los testículos, como grandes madejas de hilo negro, y parte del glande, como una gran ciruela cárdena, asomaban un poco por el pernil izquierdo del blanquísimo calzoncillo.
-A ver, Javier. ¿Quieres decir que crees que puedes influir telepáticamente en tu madre y obligarla a llamarte?
-Naturalmente –respondió Javier con algo de jactancia y sin disminuir la alucinación de su mirada, mientras se ajustaba el pene para que no se rebelara del todo escapando del calzoncillo-. Lo hago casi todas las semanas.
Sin acabar de pronunciar esta frase, sonó el timbre del teléfono. Javier alzó el auricular al instante.
-¿Mami? -preguntó antes de haber tenido tiempo de escuchar ningún sonido al otro lado del hilo. Dio la impresión de que -al hablar con su madre- sus genitales se encogieran pudorosos.
Luego de sentir un escalofrío porque había inundado la habitación un hálito que olía a otro mundo, como si las sombras regaran esencias misteriosas, Jenaro asistió estupefacto al monólogo que siguió:
-Esta vez tardaste en llamarme más que otras veces, mamá. Llevo desde esta mañana pidiendo que me llames... No, no puedo viajar a Ciudad de México por mi cumpleaños, mami... por eso necesitaba que me llamases... Haré una pequeña fiesta en casa. Mándame la receta de tu guacamole y tu enchilada, pues las de aquí apestan.
Cortada la comunicación, preguntó Jenaro:
-¿Lo consigues siempre que quieres o sólo de vez en cuando?
-Muy pocas veces falla. Cuando no le pongo toda la fuerza, porque tengo otra preocupación
Alrededor del rostro del mexicano relucía un nimbo de inocencia angelical que hacía brillar su cutis y chisporrotear sus pupilas, mientras los siete seres espectrales parecían ufanarse de algo. En sus gestos imprecisos y danzantes, las siete sombras daban la impresión de ser dueños del prodigioso mexicano. Vueltos a su tamaño natural, los genitales de Javier asomaban, de nuevo, casi en su totalidad y orgullosos sobre el dibujo oscuro del vello del muslo izquierdo.
Jenaro o contempló mientras se alejaba hacia su cuarto, orlado por los seres que ya no le causaban miedo. Las proporciones de la espalda de Javier eran como las de un luchador de grecorromana y parecía ser la única parte de su cuerpo libre de vello. El trasero, prominente pero estrecho, hizo que Jenaro suspirase con desaliento.
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La víspera del cumpleaños, Jenaro se ofreció a ayudar a Javier con la esperanza de aumentar la camaradería. Los tres convecinos pasaron casi todo el día preparando platos mexicanos, tapas españolas y canapés apátridas, en tanto que las siete sombras casi se habían diluido, como si creyeran que momentáneamente no tenían que proteger a Javier.
-Cuidado -dijo el mexicano, de espaldas a la mesa donde Jenaro picaba finamente la cebolla, y sin volver la cabeza -. Ese cuchillo puede hacerte mucho daño.
Aparte del que estaba usando, había otros tres cuchillos sobre la inestable mesa okegable en la que Jenaro trabajaba, arrimada a la cocina por la excepcionalidad de la ocasión. Uno de ellos, el más pesado, se hallaba muy cerca del borde. El actor vio que iba a caer al suelo, de modo que soltó el que empleaba con objeto de intentar detener la caída del otro, que podía herirle el pie. Al sujetarlo, se hizo un corte en la segunda falange del dedo corazón de la mano derecha. Gimió. Javier acudió presuroso.
-¿Ves? -le reprendió-. Lo había visto venir.
No podía haberlo visto; estaba de espaldas.
Mientras Javier le chupaba el dedo pudo Jenaro desmayarse, por el significado que sus sentidos daban a ese mínimo contacto ; a continuación lo envolvió con papel de cocina y le empujó hacia el cuarto de baño para curarle, en tanto que Jenaro estaba más asombrado que preocupado por la sangre, porque tenía en la memoria una imagen fotográfica del instante en que sujetara el cuchillo; cuando movía la mano para evitar la caída, había sentido una fuerza extraña que trataba de paralizar su mano, como si una de las siete sombras se hubiera materializado.
Durante la fiesta, en la que casi todos eran mexicanos, Javier pasó mucho rato hablando con una muchacha semejante a una María Félix rejuvenecida. Jenaro asistió con desconsuelo a sus gestos de intimidad; la familiaridad con que él apoyaba la mano en el hombro de ella y el abandono con que ella se echaba contra Javier no podía significar más que una cosa. Creyó que el pantalón de Javier se había abultado con una erección, aunque con sus esfuerzos por disimular desviando la mirada no podía constatarlo completamente. Pero la lógica le insuflaba la certeza de que la erección se había producido. Sintió una tormenta de celos que sacudió su corazón.
El humor de Jenaro fue agriándose a lo largo de las cuatro horas que duró la celebración. Trataba de pensar en el texto que debía aprenderse para la próxima evaluación en el estudio teatral, con el propósito de rescatarse a sí mismo de los celos que se infiltraban en su pecho; también se esforzó por revisar su biografía, desde el grupo aficionado que había formado, seis años atrás, junto con otros doce muchachos vecinos suyos de la Malvarrosa. Cómo una aparición en un concurso de televisión le había valido para conseguir un pequeño papel en una comedia y cómo saltó a la miniserie que coprotagonizó, reclamado desde Madrid. Lo que al principio pareció un éxito fulgurante, se quedó en nada y, a los veinticinco años, se encontró desahuciado de la profesión. "Jenaro Senmenat es demasiado guapo para la farándula española -había escrito un crítico-; su tipo físico cuadraría más en Hollywood". Esta opinión fue la que le inspiró la idea de huir hacia adelante formándose en Nueva York, lo que le dotaría de las herramientas para convertirse en actor internacional, si la suerte le acompañaba.
El tipo físico de Irasema, la María Félix que se echaba sobre Javier, también podía permitirle triunfar en el cine. No lo podía evitar. Jenaro sufría un temporal en el alma; les miraba reprobadoramente a los dos sin apenas conseguir disimularlo, y se preguntó cuántas veces habrían follado. Aunque mucho más desdibujadas que de ordinario, las sombras le miraban con expresiones que Jenaro no consiguió discernir si eran reprobatorias o compasivas.
Pocos segundos después de hacerse la pregunta, notó que el mexicano retiraba la mirada de su acompañante y le clavaba los ojos a él con la intensidad de un disparo de revólver, como si quisiera decirle algo inaplazable. A continuación, se aproximó con la copa vacía, puesto que Jenaro se hallaba junto al mueble sobre el que estaban las bebidas. Mientras se preparaba un margarita, el mexicano dijo disimuladamente en un susurro:
-Jamás me he acostado con ella. Somos primos.
El asombro impidió que Jenaro saboreara su júbilo. De dónde procedía esa enigmática clarividencia; ¿le hablaban las sombras?

Durante los meses siguientes, Jenaro aprendió a deducir cuándo iba a sonar el teléfono por una llamada de la madre de Javier. Éste se sentaba junto al aparato con la misma expresión espacial y telúrica; invariablemente, se producía la llamada poco después y, simultáneamente, el encogimiento de los genitales, que habíam estado asomando casi plenos todo el rato anterior.
Ya no sentía el corazón de tanto que sangraba. Javier era insólito, irregular, desconcertante, y por todo ello fascinante. Jenaro lo amaba locamente, pero igual que se ama la belleza de una montaña nevada, consciente de que se trata de veneración por la majestuosa imposibilidad.
Se repitieron muchas veces sucesos parecidos al del cuchillo: Javier comentaba o hacía observaciones sobre cosas que ocurrían a sus espaldas y que no podía haber visto, pero siempre lo envolvían aquellos siete guardianes espectrales a los que Jenaro ya no concedía importancia. Con frecuencia, decía Javier algo que parecía una respuesta o una aclaración de lo que el actor se había preguntado mentalmente. Eran tan cotidianos estos hechos, que Jenaro dejó de asombrarse, aunque nunca pudo acostumbrarse ni dejar de ponérsele carne de gallina a su pesar.
Pero una mañana, cuando ya llevaba ocho meses viviendo en el Bronx, ocurrió un prodigio.
Temprano, había fingido dormir cuando Javier salió del baño completamente desnudo. Notó que le miraba fijamente, como si intentara asegurarse de que estaba durmiendo. Esa mirada le había pesado toda la mañana en el ánimo, porque no paraba de preguntarse qué podía haber ocurrido si le devolvía la mirada a Javier y le hacía notar su erección. Las preguntas y su propia desazón acentuaron la impresión del prodigio que siguió.
Volvía en metro desde el sur de Manhattan, tras las charlas en el estudio. Eran las dos de la tarde. Javier debía de estar todavía en el edificio de la ONU, de donde salía a las cinco. De pie en el vagón, Jenaro observaba a un grupo de jóvenes hispanos, que armaban mucho escándalo y estaban incomodando a los demás pasajeros. Uno de ellos guardaba cierto parecido con Javier, detalle éste al que el actor se aferraría después para tratar de encontrar una explicación a lo que ocurrió a continuación; mientras le miraba, Jenaro sintió la necesidad indeclinable de volver atrás, al tiempo que resonaba en su mente una especie de salmodia antigua, un murmullo procedente de algún momento de la historia que nada tenía que ver con el presente. Cerró los ojos un momento y vio tras sus párpados una empinada escalera a cuyo pie brillaba la sangre de una inmolación reciente; la escalera con siete emplumadas figuras azteca en su parte superior, estaba llena de gente semidesnuda que le esperaba a él. El clamor sonaba a cantos pero estaba seguro de que eran jaculatorias de respuesta a los salmos que gritaba desde lo alto de la pirámide un chamán adornado con gigantescos tocados de plumas de muchos colores, aunque su cuerpo estaba completamente desnudo. Tenía una bella serpiente viva enroscada en el pene y un enjoyado colgante pendía de sus testículos. En el pecho y el vientre brillaban dibujos encarnados que alguien debía haber trazado con la sangre que refulgía por todos lados. Se dio palmadas impacientes sobre los párpados apretados, intentando que la horrorosa visión se desvaneciera
En estado cercano al trance, se apeó en la siguiente estación, tomó un tren que circulaba en la dirección contraria y, sin saber por qué, se le ocurrió salir a la superficie en Times Square. Un resplandeciente Javier le sonreía desde arriba, junto al último peldaño de la salida del metro, emitiendo un vendaval magnético que hizo tiritar al actor. Le envolvió una salva de fuegos artificiales que recorrieron su piel entre escalofríos preorgásmicos. Sin poder evitarlo, miró con descaro la salvaje y rotunda prominencia del muslo del mexicano, que resultaba espléndidamente descomunal vista desde abajo.
-Menos mal que viniste -dijo Javier con naturalidad-. Compré una colección de veinte archivadores antiguos, que no puedo cargar solo.
-¿Qué quieres decir con eso de "menos mal que viniste"? Yo no acostumbro a venir a Times Square a estas horas.
-Ya lo sé. Llevo una hora tratando de transmitirte la idea de acudir aquí. Ya habías salido del estudio cuando te llamé.
A pesar del volumen de los cinco paquetes que cargaban, Jenaro sintió en su vientre la tibieza próxima del vientre de Javier durante todo el trayecto, hasta el Bronx. La carga les desequilibraba un poco a los dos y el traqueteo de los anticuados trenes del metro de Nueva York ocasionaba que se rozaran levemente, uno frente al otro, mientras Jenaro hacia tensos esfuerzos por echarse hacia atrás. Las malditas sombras reían.
Los meses escasos que restaban para abandonar Nueva York, Jenaro intentó que un mensaje circulase en la dirección opuesta. Dado que él recibía con frecuencia creciente mensajes que Javier le transmitía, debía resultar igualmente fácil que el mexicano recibiera los suyos y comprendiera la pasión que le estrujaba el ánimo.
Pero no ocurría. El corazón y las entrañas de Jenaro se convulsionaban sin que llegara el consentimiento o una señal de asentimiento. Encima de las fulgurantes nubes perfumadas de viejos encantos, Javier seguía con su vida de siempre, con sus amistades de siempre y con su conducta de siempre hacia Jenaro, amable, atenta, pero sin el ansiado derribo de la muralla, sin ningún atisbo de complicidad al margen de los momentos en que parecía adueñarse de su voluntad.
No obstante, una semana antes de la fecha en que Jenaro debía marcharse a Madrid, le dijo:
-No puedes volver a España sin visitar México.
-Eso está fuera de mis posibilidades.
-No lo creo. Puedo arreglarlo para que el pasaje Nueva York-México-Madrid te cueste sólo unos dólares más y en México no necesitas gastar ni un peso. Dispones de la casa de mi madre y, como es natural, yo no permitiría que un invitado mío tuviera ningún gasto.
-¿Es una proposición, Javier?
-Claro que sí, mano. Un actor que va a ser famoso, como tú, tiene que conocer México, para pensar en el futuro. México es el mayor pueblo de lengua española del mundo. Seguro que puedes aprovechar una visita a mi país para hacer buenos contactos. Mi madre y yo te los facilitaremos

Lo primero que había conocido de México era la plaza del Zócalo; lo segundo, la plaza de Garibaldi y sus bares con mariachis, un lugar demasiado tópico, demasiado comercializado para agradarle.
Desde que bajara del avión, Jenaro no había podido pensar en otra cosa que en el abrazo con el que necesitaba envolver la exuberante anatomía de Javier. Ahora, bajo el pesado sombrero mexicano, tenía un sollozo en la garganta, porque Javier era el más amable y dulce de los anfitriones, pero, lejos de la camaradería que proporciona compartir un piso, resultaba de pronto distante, como si hubiera decidido someterse a las reglas de un país tan machista como el suyo o como si las piedras aztecas de la plaza del Zócalo se interpusieran entre los dos.
Trató de hacerse oír sobre las rancheras desafinadas:
-Javier, estoy cansado de esto. ¿No podemos ir a otro lugar?
-Sí, vamos, pero no a otro local, sino a casa. Mañana nos levantaremos temprano para ir a Teotihuacan.
Estaban sentados juntos en una especie de banco adosado a la pared; la rodilla de Jenaro ardía por la presión de la de Javier. Al ponerse éste de pie, Jenaro observó el abultamiento de una erección estratosférica y sintió los ojos del mexicano siguiendo la dirección de su mirada. El alucinante macho sonrió triunfante, y también los siete espectros.
La casa del barrio de San Ángel era mucho más lujosa de lo que Jenaro había supuesto que era la situación mexicana de Javier. A mediodía, recién llegado del aeropuerto, la madre le enseñó la casa como la guía de un museo, mostrándole con orgullo la espléndida colección de flores que iluminaba el jardín, antes de precederle hacia la habitación que le había asignado, situada en una especie de torreón, demasiado lejos del que le había dicho que era el cuarto de Javier.
De regreso de la visita a la plaza de Garibaldi, la madre no se encontraba en casa, lo que alentó las expectativas de Jenaro. Algo tenía que ocurrir, tan frecuentes intuiciones no podían carecer de base. A pesar de que Javier no acortaba la distancia, era notable que se había apoderado conscientemente de su voluntad, que le complacía notar las miradas apreciativas hacia el abultamiento de sus genitales y que su interés porque visitara México era genuino. Detrás de todo ello tenía que existir alguna clase de sentimiento, aunque no correspondiera del todo la pasión demente que a Jenaro lo estaba volviendo loco.
Sin embargo, le deseó buenas noches y lo dejó solo en la lejanía del dormitorio del torreón, tras advertirle que iba a despertarlo a las seis y media de la mañana. Pero, en el momento de marcharse, Jenaro advirtió con júbilo que Javier volvía a tener una durísima e inocultable erección.
A pesar de los cuatro tequilas que había tomado, apenas durmió a causa del apremio de su propia virilidad.
A las seis y cuarto, entró en la ducha, dispuesto a borrarse las ojeras. No quería presentar mal aspecto cuando Javier acudiese a llamarlo. Llevaba mucho rato bajo el chorro de agua cuando el mexicano apartó la cortina:
-Vaya, mano, tienes piel de chamaca -dijo Javier, en cuyos ojos brillaba una apreciativa luz, mientras se sobaba descaradamente la entrepierna.
El actor notó que se humedecía los labios con la lengua, sin ningún disimulo, lo que hizo que el pene de Jenaro se irguiera de inmediato, macizo y recto como un asta de madera.
-Buenos días -saludó Jenaro, tratando de que no se le notara el desagrado por el comentario, pero forzando un poco las caderas hacia delante, tratando inconscientemente de magnificar su erección.
-Es la primera vez que te veo completamente desnudo –Javier contempló franca y largamente el endurecido pene de Jenaro, y sonrió-. Ahora comprendo por qué en el Bronx andabas siempre cubierto con la piyama. Te da vergüenza que vean un cuerpo tan delicado.
-No fotis, Javier. ¿Estás sugiriendo que mi cuerpo es feminoide?
-He dicho "delicado", no "feminoide".
-¿No es lo mismo?
-Claro que no. Tu cuerpo es de hombre, un hombre completamente masculino, bello y maravilloso, pero tu piel es como nácar... no este duro cuero de maleta barata que es la mía…
Jenaro no encontró valor para decidir si había sido piropeado o no. De repente se sintió incapaz de contemplar la prominencia del pantalón de Javier, porque notó progresar por sus riñones las oleadas de un orgasmo que no estaba seguro de desear que ocurriera. El agua caliente corría por su pecho y rebotaba en su erección reforzando la sensación de que podía explotar inesperadamente. Se preguntó si le avergonzaría tener un orgasmo frente a Javier y se respondió que no; más bien, deseaba que ocurriera, que algo tan desusado sirviera para derrumbar lo que todavía se interponía entre los dos. Pero veintiséis años de prejuicioso condicionamiento llenaron su mente de contradicciones. La voz de Javier le hizo volver a la realidad:
-Termina rápido. Quiero que lleguemos a Teotihuacan antes de que el calor apriete demasiado.
La ciudad sagrada de los aztecas era una especie de Ciudad del Vaticano, pero mucho mayor. Recintos enormes circundados por gradas de piedra, canchas de pelota, pequeñas pirámides escalonadas, barrocamente adornadas con esculturas aztecas; viales monumentales, anchísimos, como la Roma de cartón piedra que Hollywood recreaba, sólo que esta Roma precolombina era real, palpable; pirámides inmensas que debían de haber requerido muchos más obreros que el total de habitantes que los guías turísticos decían que había tenido el lugar.
-Mira, Jenaro, quiero que subas a la pirámide de la Luna, mientras yo subo a aquella, que es la del Sol.
-¿Por qué?
-Ya lo verás.
El sol comenzaba a apretar. A la distancia, se veía el hongo amarillento de contaminación, como una explosión atómica, que pende sobre Ciudad de México. Jenaro alcanzó jadeante y sudoroso el pináculo de la pirámide de la Luna y vio que Javier estaba ya sobre la del Sol; aunque no podía reconocerlo a tanta distancia, era inconfundible su silueta contundente, que parecía la de un ser de otro mundo, una especie de poderoso dios nórdico, envuelto por sus siete guardianes, ahora agigantados y cubiertos de joyas. Javier estaba con los brazos en jarras, vuelto de cara hacia él.
Jenaro le imitó. También puso los brazos en jarras.
En ese instante, le envolvió una oleada magnética que convirtió sus vellos y su pelo en electrificados alambres enhiestos y multiplicó por ciento la intensidad de sus sentidos táctiles. Un chisporroteo de luces recorrió su piel de los pies a la cabeza, endureciendo sus pezones casi dolorosamente, mientras el aire se convertía en perfumados pétalos de nardos y jazmines, sobnre la multicolor estela de dalias tendida entre los dos. Volvió por un segundo la visión que había tenido cuando decidiera en el metro de Nueva York regresar hacia Times Square, la procesión multitudinaria de seres antiguos que recorrían desnudos una escalera ensangrentada con los siete guardianes espectrales arriba. Escuchaba sus invocaciones y las entendía, a pesar de no comprender las palabras. Las huellas de sangre se volvieron corpóreas convirtiéndose a continuación en una serpiente gigantesca que avanzó hacia él, pero consideró que no le amenazaba. La serpiente colorada cruzó impetuosa a través de su vientre, pero no le produjo dolor, sino éxtasis. Notó que levitaba al tiempo que la pirámide de la Luna se volvía de cristal inmaterial y el poderoso animal lo traspasaba una y otra vez suspendiéndolo en el aire, derramando en su interior aliento volcánico, mientras una lluvia de estrellas caía contra su pecho, incendiándolo para hacerlo renacer convertido en una nube atravesada por un rayo. Era una especie de torbellino formado por los más intensos placeres descritos en los libros. Su cuerpo se dividió por la mitad al tiempo que el poderoso huésped que hurgaba sus entrañas se alzaba en medio de una nebulosa de estrellas lejanas, lanzándolo hacia un infinito poblado de galaxias tormentosas. Tuvo el más arrebatador orgasmo que sintiera jamás. Larguísimos minutos. Oleadas de temblores que subían por sus muslos como un mar embravecido, estrujaban su cintura, golpeaban su pecho y agitaban sus brazos y cuello. Estremecido, abrió los ojos y habían desaparecido las dos pirámides y todo Teotihuacan. Sólo quedaban Javier y él, suspendidos en un vacío donde no había nada más.
No debía volver a España. Eran dos seres a punto de fundirse en uno para siempre. Juntos, serían amantes legendarios. Tenía que permanecer a su lado. No, en Nueva York, no; en México. Javier iba a dejar su puesto de Naciones Unidas, que sólo había sido un peldaño en la preparación de su carrera política.
"No, no pienso casarme para satisfacer los severos prejuicios machistas de la vida política mexicana. Sí, efectivamente, si no pienso casarme es porque no me interesa ninguna mujer. Antes de conocerte, tenía dudas. Ahora no. Tú eres la única persona que yo puedo amar. No quería que lo supieras antes de que yo mismo estuviese seguro, mano. Adoro tu ingenio, adoro cómo te organizas, adoro tu piel de seda clara, me enloquecen tu voz y tu aliento de naranjas mediterráneas. Te adoro, Jenaro, y sé que tú también me adoras. No puedes volver a España. Mi madre lo sabe, hablamos mucho mientras viajaba en el avión, ¿no te diste cuenta de que estuve callado más de una hora? Está de acuerdo. Ella sólo quiere que yo sea feliz. No te detendré si decides continuar viaje a Madrid, pero en esto sí me sale el macho mexicano: Querré partirte el corazón de un navajazo si no aceptas vivir conmigo el resto de tu vida"

Durante la fiesta organizada para celebrar el centésimo capítulo de la telenovela que Jenaro protagonizaba para Televisa, sonó un mensaje por la megafonía del local: "El senador Javier Robledo se excusa por no haber acudido a la fiesta. Lo hará a última hora, cuando acabe la sesión que preside en el parlamento".