martes, 28 de marzo de 2017

HISTORIAS DEL AMOR VIRIL. LUIS MELERO

EL PRODIGIO DE ALÍ

Elías y Juan Manuel habían iniciado a la vez la carrera cinematográfica cuando todavía eran adolescentes. Durante los comienzos de pensiones baratas y bocadillos de salchichón por el centro de Madrid, entre confidencias y sueños compartidos, ambos creían tener una brillante vida de actor por delante, iban a ser famosos con toda seguridad y a lo mejor hasta conseguían que se les abriera un postigo en Hollywood. Pero aparte de los trabajos de extra que lograron juntos los primeros años, sólo Elías llegó a interpretar algunos papeles de cierta relevancia que, con altibajos, le permitieron sobrevivir veinte años, durante los que, entre pocas mieles y muchas hieles, tuvo que ir asumiendo a duras penas que la actuación no era lo suyo.
Entre serios disgustos, algunas evasiones de los caseros y muchos ayunos involuntarios, la frustración y el desánimo le hicieron recordar poco a poco algo muy importante que la ambición que lo conectaba a Juan Manuel le había hecho dejar de lado. Desde sus años escolares, solía emborronar las orillas de los cuadernos con dibujos de todo lo que tenía cerca; condiscípulos, maestros, pupitres y materiales escolares fueron modelos de excelentes ilustraciones a manera de orlas. Y seguía emborronando de adulto los libretos de cine y televisión, como un método para descargar la adrenalina sobrante y la tristeza progresiva por la convicción de que no le esperaba más destino que el de un mediocre actor de reparto, perpetuamente a la espera de lo imposible, siempre postulante y nunca realizado. Comenzó a dibujar retratos de los compañeros de reparto entre elogios inesperadamente entusiastas, y sin pretenderlo comenzó a encontrarse con algún que otro encargo pagado, aunque modestamente. Cuando ya se había convencido de que lo suyo no era ser artista de la escena, los compañeros le hicieron descubrir y le obligaron a reconocer que poseía gran talento como pintor. Artista de todos modos.

Entre tanto, durante esos mismos quince años Juan Manuel amasó una fortuna muy considerable en el negocio de la producción de espectáculos. A diferencia de Elías, carecía de otros recursos artísticos, y por ello tardó mucho menos en comprender que lo que le aguardaba delante de las cámaras no era la prosperidad. De tanto recibir negativas en las agencias, de tanto ser rechazado en los “castings”, fue aprendiendo los intríngulis, las zancadillas y puñaladas, los recursos y vericuetos del negocio, de manera que con un cierto cinismo y mucha rabia por la ilusión juvenil frustrada, supo alentar las ilusiones de los demás y convertirlas en comisiones y ganancias extraordinariamente abultadas.
Tras el matrimonio de Juan Manuel, que fue el punto de inflexión definitivo de su distanciamiento, supieron intermitentemente uno del otro, aunque con el enfriamiento progresivo de la amistad que ambos se habían jurado eterna, un enfriamiento que fue amontonando hielo sobre sus direcciones respectivas y sobre cualquier hilo telefónico que les pudiera comunicar. Juan Manuel opinaba que Elías se había vuelto demasiado arrogante para unos papelitos cinematográficos que no pasaban de mediocres y Elías hallaba que a Juan Manuel y sobre todo a su mujer, les gustaba demasiado ostentar su prosperidad, con un exhibicionismo impropio del modesto origen que ellos dos habían compartido.
Sin perder ni desdeñar jamás la nostalgia de la hermosa amistad juvenil, se detestaron mutuamente durante algunos años, presos ambos de sentimientos contradictorios, puesto que ninguno dejó nunca de interesarse por las peripecias del amigo y cada uno se mantuvo al tanto de lo que el otro hacía. Exceptuando los últimos cuatro años, tiempo en el que Elías se eclipsó completamente para Juan Manuel, quien no paró de preguntarse qué sería de "ése", pronombre pronunciado ante su mujer y los amigos comunes en alta voz con un deje de indiferencia y cierto tono despectivo, que enmascaraba en realidad la ternura preocupada y la emocionada añoranza que contenía la pregunta.
Finalmente, tuvieron una nueva oportunidad en la madurez.

Tras el último papel que había interpretado, razonablemente retribuido, Elías creyó al cobrarlo que podía ser la última oportunidad de salvarse, su trampolín para encontrar su verdadero camino. No compró ropa ni volvió a afanarse en los gimnasios para atar con imperdibles la juventud inmarcesible que se le exigía en los platós; tampoco volvió a afanarse de fiesta en fiesta en busca de contactos profesionales. Pasó tres años encerrado en un almacén que acondicionó como taller, pintando la exposición con la que esperaba alcanzar el triunfo como pintor, tiempo suficiente para que se agotara el saldo de la cuenta del banco. No lo descubrió porque le faltase el dinero para comer, puesto que con frecuencia se olvidaba de hacerlo mientras pintaba como en trance, sino porque el banco devolvió un cheque con el que había pagado los materiales en la tienda de pintura, circunstancia que le comunicaron al acudir en busca de cinco lienzos y una colección de tubos de óleo, que le denegaron.
Como un mazazo despiadado que le devolvió a la realidad, supo Elías de repente que no tenía con qué sobrevivir, porque la Seguridad Social le negó el subsidio de paro a pesar de haber pagado sumas exorbitantes durante diecisiete años, razonando la negativa en el hecho de que hubiera cotizado como autónomo. La cruel indiferencia de la funcionaria que le comunicó que no tenía más salida que la mendicidad por no haber trabajado por cuenta ajena, ni siquiera le causó dolor, sólo estupor, porque no podía creer que vivía en un país cuyos gobernantes condenaban a un hombre a la muerte por haber tenido iniciativa y autonomía y haber sido capaz de sobrevivir durante veinte años a la inseguridad permanente de la profesión de actor.
Durante algunos meses, Elías pudo vivir precariamente malvendiendo algunos de los cuadros acabados, el televisor, el equipo de música, el reloj y casi toda su ropa. Agotado todo lo vendible, volvió a hacer antesala durante dos meses más en las agencias artísticas; la tez que el ayuno y los malratos iba volviendo progresivamente macilenta, dinamitaron toda posibilidad de conseguir un papel
Incapaz de comer en un asilo ni de pedir un préstamo a nadie, Elías se encerró en el taller dispuesto a morir de inanición.

Rosa, la esposa de Juan Manuel, lo llamó a la oficina para darle el recado:
-¿Te acuerdas de aquel Elías?
-Por supuesto.
-Lo acaban de ingresar en el hospital. No ha tenido más ocurrencia que dar tu nombre como pariente más cercano, y nuestra dirección y teléfono.
-¿Que Elías está en el hospital? ¿Qué le pasa?
-Un amago de infarto. Lo descubrió por casualidad el dueño del local que usa como taller, porque ahora se dedica a la pintura. No se ha muerto por poco.
-Salgo para allá.
-Juan Manuel, ¿no estabais enfadados?
-Jamás hubo verdaderamente un enfado, Rosa. Sólo distancia.
-Pero nunca fue muy cordial con nosotros. Quiero decir contigo y conmigo juntos, a dúo. Cuando tomábamos copas los tres, de solteros, siempre me hacía sentir como si yo fuera una intrusa.
-Rosa, Elías es uno de mis mejores amigos. No, no es uno de los mejores, es el que más he querido en toda mi vida. Ahora tiene dificultades, un problema gordísimo. ¿Qué importan esas bobadas de juventud?
-Me voy a sentir un intruso -repitió Elías mientras Juan Manuel conducía el coche- ¿No crees que sea inoportuno?
-Por favor, Elías, no me ofendas. Para eso están los amigos.
-Es que... nunca llegué a intimar con Rosa, no le era simpático. De hecho, si recuerdas bien, siempre me trató como si se sintiera muy celosa, cuando tú la obligabas a que yo saliera con vosotros.
-¡Qué tontería! Ella lo veía completamente al contrario; creía que tú no la aceptabas. Desde luego, hay que ver cómo nos engañamos por no hablar con claridad. ¿Por eso fuiste apartándote de nuestras vidas en cuanto nos casamos?
Elías asintió.
-Pues estabas en un error. En aquellos tiempos, Rosa me decía con frecuencia que le daba alegría de que estuviésemos juntos casi siempre, porque así yo no me colgaría de nuestras compañeras de reparto. Hijo, con razón te fuiste convirtiendo en un muermo taciturno y más huraño que un puerco espín; si hasta daba la impresión de que el celoso fueses tú…
-Pues imagina si eso va a continuar mientras viva con vosotros…
-Rosa está de acuerdo con que te vengas a casa, no te preocupes. Te aconsejo que no te tomes en serio sus rarezas, porque a nadie le parece una persona muy cordial al principio. Pero es muy buena gente, acuérdate; es muy maternal, va a cuidarte muy bien y con nosotros estarás estupendamente, y podrás restablecerte.
Tras aparcar frente el jardín, Juan Manuel no consintió que Elías cargase las maletas.
-Déjalas en la acera. Mi hijo vendrá a recogerlas.
-¿Tu hijo? ¿Tan mayor es ya?
-Coño, Elías, hace más de diecinueve años que me casé. Alí tiene dieciocho años y Estela, casi diecisiete.
-¡Cómo ha pasado el tiempo! No puedo creer que haga más de veinte años que actuamos juntos en aquella mierda de película.
-Sí, chico; el tiempo pasa volando.

La habitación que le habían asignado disponía de una terraza cubierta, una especie de mirador que tal vez podría usar como estudio de pintura.
A la semana, Elías había recuperado las fuerzas, pero no las de antes de la crisis cardiaca, sino las de diez años atrás. La piscina de Juan Manuel, el sol en el jardín, la buena alimentación y la serenidad del ambiente familiar representaron una medicina muy eficaz, de modo que se sintió rejuvenecer; descubrió en el espejo que se había quitado un montón de años de encima sin pretenderlo.
Sin embargo, en medio de la bonanza soplaba en el debilitado corazón de Elías una tempestad, porque había surgido un problema inesperado y muy grave. Una de las razones fundamentales de esa nueva juventud, acaso la que más había influido, era la presencia casi constante de Alí.
Medio en serio, medio en broma, Juan Manuel le confesó que había llamado así a su hijo como un homenaje a su mejor amigo, dado el parecido fonético de Alí con Elías, nombre que Rosa no había aceptado. Al tiempo que preparaba la selectividad, Alí practicaba lanzamiento de jabalina, deporte con el que había ganado varias medallas. Ahora, vivía pendiente de ser seleccionado para las próximas olimpiadas. Juan Manuel había hecho instalar una especie de gimnasio en un ángulo del jardín, en la zona solada junto a la piscina, donde Alí dedicaba al atardecer largas horas a su entrenamiento de fortalecimiento muscular. Durante los frecuentes descansos, hablaba siempre con Elías.
-Mi padre ha traído tres vídeos de películas donde sales tú. ¡Tengo ganas de verte por fin!
-Son una porquería, Alí. Te vas a llevar una decepción.
-No, hombre. Por muy malas que sean, son películas y tú estás en ellas.
Elías apretó los labios. El corazón, su frágil corazón, se le desbocaba cada vez que Alí pronunciaba una de estas frases.
-Tuvo que ser espléndido trabajar en el cine -comentó el joven.
-Pasé muchos malos ratos.
-¿Y en qué trabajo no se pasan malos ratos? Por mal que lo pases, el cine es el cine. Tiene que ser fabuloso que la gente te reconozca.
-A veces, y según dónde, resulta molesto.
-Además, ligarías mogollón. Con tu pinta...
Elías comenzó a plantearse que tenía que abandonar cuanto antes el amigable cobijo de Juan Manuel; de otro modo corría el riesgo de dar alas al sentimiento que se estaba inoculando en su pecho, que invadía sus entrañas, que conquistaba cada día nuevas parcelas de su pensamiento e impregnaba sus cinco sentidos volviéndolos indiferentes e insensibles a otros estímulos. Estaba obligado a distanciarse del dios intocable que inspiraba tales emociones, pero ¿dónde ir? No tenía un euro ni familia a la que acudir.
Descubrió que debía apartar la mirada de Alí mientras realizaba sus ejercicios justo bajo su terraza, porque los ojos se le escapaban hacia las sólidas piernas cubiertas de vello castaño claro; hacia el holgado calzón de punto que, por no apretarle, revelaba más de lo conveniente; hacia el pecho donde en las proporciones juveniles comenzaba a tallarse una musculatura de campeón olímpico; hacia el cuello donde la prominente nuez saltaba en cada una de las profundas inspiraciones; hacia el mentón y los pómulos dibujados por Leonardo; hacia toda la extensión de una piel que era crema de vainilla.
-¿Por qué no entrenas conmigo? ¿No dice el médico que un poco de ejercicio te ayudaría a restablecerte?
Alí estaba en ese momento recostado en el banco de press. Elías tenía que apretar los párpados para no devorar con los ojos el pequeño ombligo recortado por los abdominales, como una rendija que se abriera a un mundo de golosinas de cuento de hadas.
-Te aburrirías, Alí. Yo no podría seguir ni remotamente tu ritmo.
-¡Qué me voy a aburrir! Me lo pasaría mejor. Venga, baja y échate aquí y no te preocupes. Le pondré muy poco peso a la barra.
-No, Alí, discúlpame: estoy un poco cansado. Quizás otro día.
Prisionero de la imposibilidad de abandonar la casa, Elías decidió cercenar toda progresión del sentimiento con la ayuda del trabajo.
-Me da mucha vergüenza pedirte más favores, Juan Manuel, pero si pudiera pintar, me sentiría menos inútil. Tengo ganas de hacer retratos de todos vosotros.
-Sería magnífico. Me gustan mucho los cuadros tuyos que he visto. ¿Crees que podrías hacernos a Rosa y a mí un cuadro grande?
-Desde luego.
-¿Cuánto tendré que pagarte?
-¡Estás loco! Lo que quería pedirte es que compres lienzos y pintura y que traigas el caballete de aquel almacén.
-Eso está hecho, hombre. Pero mira, en vez de hacernos el retrato a Rosa y a mí, lo que te agradecería es que hagas uno de Estela. Le haría mucha ilusión y sería el mejor regalo de cumpleaños.
-¿Cuándo cumple los diecisiete?
-Dentro de un mes.
-Hay tiempo suficiente. Pero no sólo haré el de Estela, también haré uno grande donde aparezcáis tú y tu esposa.
-¿Y Alí? No me gustaría que se sienta postergado.
Elías frunció los labios. ¿Podía soportar largas horas contemplando al muchacho, a solas con él en el mirador, escuchando su bien modulada voz, admirando su sensatez y derritiéndose por su educada amabilidad? ¿Sería capaz de permanecer a las puertas del paraíso sin que un viento de locura le impulsara a saltar la verja? Imaginarlo le estrujaba el corazón. Respondió con un murmullo:
-Naturalmente. A él también le haré un retrato.
-Anótame los tamaños de lienzos que necesitas y todo lo que quieras que te traigan.

Lo que llevaron al día siguiente era diez veces más de lo que Elías había pedido. En vez de un lienzo del doce, uno del catorce y otro del veinte, llegaron diez de cada tamaño, y una extravagante colección de pinceles, aceites de linaza, trementinas, óleos y paletas desechables. En lugar de su caballete, subieron los transportistas al mirador uno mucho más firme, con ambas guías graduables, el mejor y más caro que existía en el mercado. Subieron también una mesita auxiliar y tres estanterías modulares. En total, el estudio mejor equipado que podía soñar cualquier pintor, en el local más luminoso y ventilado, el más idóneo para que pintase una persona convaleciente de un percance cardiológico.
Elías se dio afanosamente a la tarea y, sin embargo, no conseguía esquivar los dardos que Alí clavaba a todas horas en su corazón.
-¿Elías? Joder, no me haces ni puto caso -gritó el joven desde abajo.
-¿Qué? -preguntó Elías sin abandonar su lugar junto al caballete, adelantando sólo un poco la cabeza para verlo por encima de la balaustrada.
-Hace lo menos cinco minutos que te estoy llamando.
-Disculpa, no me había dado cuenta.
-Mira -dijo Alí al tiempo que daba un salto para quedar en posición invertida, haciendo el pino con sólo una mano apoyada en el suelo.
En esa postura, y visto desde arriba, el ancho calzón se le había escurrido hacia las caderas, dejando al descubierto casi la totalidad de las nalgas, que incitaban a devorarlas como si fueran tiernos panes recién cocidos. En el brazo que soportaba su peso se marcaba un saludable y muy barroco laberinto de venas, que conformaban un goloso barquillo de canela relleno de helado de turrón, y el que extendía en horizontal, un prodigio de armonía, parecía reclamar ser relamido como un caramelo de café con leche, mientras la fuerza de la gravedad hacía que los pectorales parecieran prominentes dulces de algodón, lo mismo que el contenido del calzón magnificado por la postura invertida, un vaso de horchata que podía calmar su sed, la sed de toda su vida. Elías cerró los ojos.
-¿Qué te pasa? -preguntó la voz preocupada del muchacho.
-Nada.
Vio que Alí entraba precipitadamente en la casa. Pocos segundos después, llegó al mirador tras subir en un tiempo increíble los dos tramos de escalera.
-¿Te has mareado?
-No, qué va.
-Déjame ver.
Mientras el chico buscaba el latido de su muñeca, Elías se dijo que iba a encontrar, efectivamente, un pulso anormal, pero no a causa de sus problemas de salud, sino, precisamente, por el contacto de su mano. De cerca, olía a bizcocho con piñones; su piel sudorosa parecía helado de plátano y los enormes ojos verdes, clavados en los suyos con preocupación, parecían los dos caramelos de menta más grandes y dulces que hubiera visto jamás.
-Creo que necesitas tomar tu medicina.
-Ya no tomo medicinas, Alí. Los ansiolíticos producen adicción.
-Pues ahora, estoy convencido que deberías tomarlo. Tienes el pulso un poco más acelerado de la cuenta.
-No te preocupes por eso. Me pasa siempre que estoy a punto de acabar un cuadro, cuando veo que ya lo he resuelto.
Alí se plantó de pie a su lado, pegado a su hombro, para mirar el retrato de Estela; tan próximo, que recibía una transfusión de su vitalidad y Elías temió que fuese audible el golpeteo de la sangre en las venas de su cuello. El aroma de bizcocho con piñones que exudaba contenía también un rastro de nata batida y fresas.
-Es precioso -elogió Alí, apoyando la mano sobre el hombro del pintor, con lo que le inyectó una dosis masiva de vitaminas edulcoradas.
Elías sintió que las piernas le flaqueaban.
-Gracias.
-La estás sacando más guapa de lo que es en realidad.
-No digas eso, hombre. Estela es guapísima.
-Pero la estás favoreciendo. ¿También me favorecerás cuando hagas el mío?
-Tú no necesitas que se te favorezca -a Elías se le escapó el piropo y se mordió los labios
Alí sonrió con una mueca humorística. Alzó el hombro, enarcó las cejas forzando la izquierda para arriba, entrecerró los ojos y torció levemente los labios, parodiando una pose de galán de Hollywood, como el mítico retrato de Clark Gable en “Lo que el viento se llevó”.
-¿Significa eso que opinas que estoy bien tal cual? Vaya, hombre, muchas gracias. Pero no me gusta mi nariz.
-¿Qué le pasa a tu nariz?
-Las tías me dicen que la tengo un poco grande.
-Diles a esas chicas que te miren con mayor atención.
-Eso digo yo. En el equipo de atletismo, hay un montón de tíos que tienen narices mucho más grandes que la mía.
-Claro que sí. Ésa es justa la proporción de nariz que le va a tu cara. Con una más pequeña, podrías resultar menos masculino porque tus labios y tus ojos...
-¿Qué?
-No, nada.
Elías apretó los párpados para que el muchacho no detectara el impulso incontenible de beber en el torrente cristalino de su boca ni descubriera la lucha rabiosa en que tenía que debatirse para no saltar hacia la piscina turquesa de sus ojos.
-Venga, hombre, acaba lo que ibas a decir. No me dejes a medias.
La expresión del chico era ligeramente enrabietada.
-¿No serás un poco narcisista, Alí?
-¿Eso es malo?
-No necesariamente, siempre que no te pases.
-Mi padre dice que tú eras la mar de narcisista.
-¿Eso dice?
-Ayer, cuando me llevó al estadio, me contó que tenías que sacudirte a las muchachas como moscas y que muchas veces te ayudaba a esconderte de tías que estaban empeñadas en llevarte a la cama.
-Pero eso no significa que fuera narcisista. Nunca fui ni remotamente tan guapo como...
Alí le miraba inquisitorialmente a los ojos, como si quisiera traspasarle.
-¿Como yo?
-Mira, Alí, déjame pintar, que hay que dar tiempo para que seque la pintura y barnizarla antes del cumpleaños de Estela.
-Está bien, te dejo tranquilo. Pero claro que eras más guapo que yo. Todavía lo eres.

Las cosas habían cambiado demasiado últimamente. Los jóvenes encontraban natural decirle a un hombre que era guapo, se comportaban con la misma coquetería pérfida de las muchachas de antaño y no sólo no disimulaban sus atractivos y atributos, sino que los resaltaban tanto como podían.
Elías resolvió que tenía que afanarse, pintar como un poseso y acabar veinticinco o treinta cuadros en un tiempo absurdo, tan corto como su frágil resistencia. Añadiendo los retratos de la familia de su amigo con el cartel de "vendido", colgaría una exposición cuanto antes que le dotase de medios para sobrevivir lejos de ese paraíso donde no había lugar para él, porque sentía a todas horas la tentación de profanarlo, lo que le sumergía la mayoría de las noches en pesadillas horrorosas, en las que Juan Manuel aparecía como el arcángel San Miguel, con su espada de fuego, expulsándole del edén entre reproches y acusaciones de perversión.
-He hablado con un amigo que tiene una galería en el barrio de Salamanca -le dijo un atardecer Juan Manuel, mientras bebían una copa, medio recostados en las hamacas del porche-. Le hice llegar una fotografía del retrato de Estela.
-¿Qué te ha dicho?
-Que eres un retratista extraordinario. Está dispuesto a darte una exposición.
-¿Cuándo?
-En abril.
-Oh...
-¿Qué pasa?
-Faltan once meses para abril. Juan Manuel, yo necesito vender una exposición mucho antes. De hecho, ya, ahora.
-¿Por qué tanta prisa?
-Perdona, Juan Manuel. Me hablas siempre como si mi situación fuera como la tuya, cosa que te agradezco, porque de otro modo me sentiría muy miserable, pero mi realidad es la que es.
-¿Cuál es la razón de tu prisa? ¿No te sientes bien con nosotros?
-¡Coño, cómo voy a sentirme mal con vosotros! Me siento maravillosamente, pero no puedo quedarme aquí tanto tiempo.
-¿Por qué no? La habitación donde duermes llevaba lo menos dos años sin usarla nadie, porque nos sobran cinco dormitorios y tanto los familiares de Rosa como los míos prefieren los que dan al otro lado, por los paisajes, ya sabes. Tu cuarto está mucho mejor habitado por ti que amontonando polvo.
-Gracias, Juan Manuel. Sin embargo...
-¿Qué?
-Que me siento un parásito.
-Me ha dicho el galerista que el retrato de Estela, con esa calidad, no lo haría ningún pintor por menos de diez mil euros. Según esa proporción, el que nos estás haciendo a Rosa y a mí valdría más de treinta mil. Si haces el de Alí, serían en total unos cincuenta mil euros. ¿Esa es tu forma de ser parásito? Más bien tengo el sentimiento de que abusamos de ti.
-Yo...
-Mira, Elías, ¿sabes una cosa? Te quería muchísimo cuando éramos jóvenes, fuimos dos completos estúpidos por distanciarnos y ahora me he dado cuenta de que nunca he dejado de quererte. Más que si fueras mi hermano. Así que haz el favor de dejarte de monsergas, porque me hace sentir mal que digas estupideces.
-Papá -dijo Alí, que acababa de entrar en el jardín desde la calle portando varios paquetes-, me he comprado unos Calvin Klein cojonudos. Mira.
No había saludado a Elías, pero le miró a los ojos mientras soltaba los paquetes sobre el césped. Se abrió la cremallera del pantalón de lino dejándolos caer hasta sus rodillas, al tiempo que se alzaba la camiseta hasta medio pecho, haciendo estallar una burbuja de aromas como si en el jardín hubieran descargado de repente un camión repleto de frutas tropicales surtidas.
A pesar de su estado de hipnosis, Elías se dijo que Juan Manuel tenía que detectar por fuerza el aleteo anhelante de su nariz y los temblores generalizados de su cuerpo. Y, desde luego, Alí lo notaba porque lo provocaba. Naturalmente que se daba cuenta; evitaba su mirada deliberadamente mientras esbozaba una de las sonrisas más pérfidas que nadie hubiera pintado jamás. Condensaba toda la perversión del mundo bajo un disfraz algodonoso de inocencia gentil. Alí era el estallido del más bello juego pirotécnico metido en una bomba atómica. Con un sollozo atascado en la faringe, contempló el provocativo y posadamente ingenuo striptease de la escultura de yogur.
El slip negro y gris parecía haber sido confeccionado a la medida de Alí. Desde donde Elías se encontraba sentado, lo veía de medio perfil, recortada contra el verde crepuscular del césped la silueta redonda de los glúteos y el relieve vigoroso de sus genitales, sobre unas piernas que el diseñador de los calzoncillos contrataría al instante para sus anuncios.
Elías apartó la mirada con insoportable turbación, mientras el corazón le punzaba dolorosamente, como el de un adolescente enamorado.

Esa noche, a solas por fin en su habitación tras la interminable sobremesa que cada cena se prolongaba más, Elías se preguntó qué podía hacer. Tenía cuarenta y tres años, veinticinco más que Alí, pero no era ése el problema. En ninguna circunstancia podía aceptar que estaba perdidamente enamorado del hijo de Juan Manuel. No había lugar para tal sentimiento, ni siquiera en el caso inimaginable de que el chico le correspondiera, porque sólo una caricia bastaría para no ser capaz de volver a mirar nunca más cara a cara a su amigo. El sentimiento, por puro y platónico que fuese, era inmoral por el hecho de que Alí fuera hijo de quien era, no por su juventud, que también era un agravante. Tenía que huir de esa casa. ¿A dónde? ¿Con qué pretexto, si Juan Manuel había dejado las cosas tan claras?
A la mañana siguiente, abordó a Juan Manuel antes de que se marchara a la oficina.
-Oye, me he acordado esta noche de una noticia que leí el otro día en el periódico. José Luis Moreno va a comenzar a grabar una serie de televisión donde hay un personaje que estoy seguro de que yo interpretaría muy bien.
-¿Otra vez quieres volver a la interpretación? Perdona, Elías, pero eres mucho mejor pintor que actor.
-Ya lo sé. Pero necesito...
-¿Qué, dinero? ¿Cuánto necesitas?
-Ninguno. Hazme el favor de hablar con José Luis Moreno, ¿vale? Que me dé, por lo menos, la posibilidad de ir a visitarle.
-¿Por qué tanta prisa? Espera a reponerte.
-Ya me siento mucho mejor. Pero también necesito sentir que estoy en el mundo, que dispongo de autonomía.
-Vale. Voy a hablar con él en cuanto llegue a la oficina. De hecho, estuve asociado con su productora el año pasado. Todavía me debe unos euros. Pero, de verdad, Elías, creo que tendrías que dedicarte de lleno a preparar la exposición de abril. Estoy pensando en organizar una buena, para que te hagas famoso al instante.
Elías bajó los ojos. Estaba preso. Nunca iba a conseguir escapar.
Aunque Juan Manuel trató de influir, si bien que con escasa convicción, a Elías no le dieron el papel en la serie.
-No te preocupes, Elías, así está mejor -dijo Juan Manuel esa noche, en la sobremesa-. Creo que es mucho más importante que termines nuestro retrato antes de las vacaciones.
-Ya sólo me faltan ocho o diez días.
-Estupendo, porque, si no, tendría que postergar las vacaciones a julio y agosto, y Málaga no me gusta en agosto, está demasiado llena de turistas.
-¿Os vais, todos?
-Nos vamos. Tú vendrás con nosotros, a menos que prefieras quedarte aquí, en la casa.
-¿Solo?
-No, no sería buena idea. Te vendrás con nosotros. El único problema es que nuestro piso de Málaga tiene sólo tres habitaciones. ¿No te importará compartir el cuarto de Alí, verdad?
-¿Compartir el cuarto de Alí? -preguntó Elías con voz desfallecida y casi a punto de soltar un sollozo.
-No hay otra posibilidad -intervino Rosa-. Yo le he dicho a Juan Manuel que te reserve una habitación de hotel, pero no quiere.
-Además de un despilfarro tonto -dijo Juan Manuel-, resultaría la mar de incómodo. Será más fácil organizar las excursiones y las salidas a comer si estamos todos juntos.
Elías trató desesperadamente de encontrar una salida.
-¿Y los entrenamientos de Alí?
-Hombre, por supuesto que seguirá entrenándose en Málaga.
-¿No necesita quedarse en Madrid?
-¡Por supuesto que no! ¡Tiene dieciocho años! Ya tendrá tiempo de andar solo por ahí cuando vaya a las olimpiadas. Porque te van a seleccionar, ¿verdad, hijo?
-No lo des tan por seguro, papá.
-Pero has ganado todas las últimas competiciones...
-Hay un chico de Castellón que viene pegando muy fuerte. Ya veremos.

-¿Cuándo harás mi retrato? -preguntó Alí la tarde que Elías estaba barnizando el cuadro con las imágenes de Juan Manuel y Rosa.
El aroma de tutti frutti destilado por la piel juvenil vencía el fuerte olor del barniz.
-Cuando volvamos de las vacaciones -repuso Elías.
-¿Por qué no lo empiezas antes?
-Porque no quedan bien las pinceladas sobre pintura seca. Una vez que lo empiece, tendré que terminarlo sin interrupciones.
-Tengo unas ganas locas de que lo hagas. Este te ha quedado cojonudo. También has conseguido que mi padre y mi madre parezcan más guapos de lo que son, como el retrato de mi hermana. Espero que no se te haya acabado ese afán perfeccionista cuando hagas el mío.
-Pienso retratarte como un sátiro de la mitología griega.
-¿De veras?
-No, hombre. Es una broma.
-¿Y qué significa, exactamente, esa broma?
-Nada.
-¿Quieres decir que me ves como un sátiro?
-Quiero decir que...
-¿Qué?
-Nada. Por favor, Alí, déjame terminar.
-Joder, Elías, siempre lo dejas todo a medio decir. Tienes una actitud conmigo que no se corresponde con lo que mi padre cuenta de ti. Eso de que eras tan lanzado, y demás.
-Uno envejece.
-Vaya. Ahora presumes de viejo. Si puedes parecer mi hermano mayor...
Tenía una sonrisa en los labios que Elías no supo discernir si era de anhelo, esperanza, deseo, ironía o sarcasmo. Pero el brillo de los dientes blanquísimos en los labios entreabiertos era un turrón de azúcar clavado en la pulpa de un mango que justificaría trepar por el árbol más alto del mundo para saborearlo.
-¿Quieres dejarme solo de un vez? No me dejas concentrarme.
-Está bien. Me iré si me prometes hacerme un retrato mañana, simplemente un carboncillo.
-De acuerdo, lo haré. Me servirá como boceto previo del óleo.

Durante toda la mañana siguiente, Elías deseó con toda su alma que surgiera alguna clase de impedimento, una prolongación del entrenamiento en el estadio, un compromiso social, cualquier cosa; un terremoto, un diluvio, un incendio en el parque vecino... Que no se viera obligado a pasar varias horas contemplando al muchacho a solas, por favor, que Juan Manuel tuviera una ocurrencia que suspendiera la sesión, que Rosa encargase algo a Alí que le obligara a ausentarse...
Pero Alí interrumpió la apacible sobremesa:
-Bueno, Elías, ¿te sientes inspirado ya?
-¿No tienes cosas que hacer?
-Coño, Elías -intervino Juan Manuel-, cualquiera diría que no tienes ganas de retratar al chico. Con la ilusión que le hace...
-Eres un envidioso -apuntó Estela-, eso es lo que eres.
-Bueno, ¿y qué? Yo también tengo derecho a tener un retrato pintado por Elías, ¿no? ¡No vas a ser tú la reina del museo, joder!
-Es que no quiero mover el caballete hasta que se seque bien el barniz.
-¿No decías que ese barniz de aerosol seca al instante?
Elías se ruborizó.
-Sí, es verdad. Pero tenía la intención de darle otra capa.
-No hay problema -dijo Alí-. Yo bajo el cuadro al jardín y lo barnizas en el rincón del gimnasio. Allí se secará sin problemas.
Elías vio que no tenía más argumentos que oponer.
-Está bien. Bájalo. En seguida subiré a preparar las cosas.
Visto con una perspectiva mayor de lo que permitía la terraza/estudio, el retrato de Juan Manuel y Rosa resultaba espléndido. Ella lo contempló con arrobo y soltó una lágrima.
-Nunca podré agradecértelo bastante -dijo.
-¿Te gusta, de verdad? -preguntó Elías, que todavía no había conseguido superar del todo el recelo que ella le hacía sentir cuando eran jóvenes.
-Me entusiasma. Mis amigas se van a morir de envidia.
-Oye, mamá, -intervino Alí- ¿por qué no organizas una fiesta antes de las vacaciones, para que tus amigas lo vean?
-Ya lo verán cuando lo colguemos.
-Pero si lo ven antes de las vacaciones -insistió Alí-, a alguna de tus amigas se le podría ocurrir encargarle a Elías un retrato durante el verano. ¿No te vendría de perlas hacer varios cuadros pagados?
-Claro que sí -respondió Elías, sin poder disimular la mirada de veneración por el muchacho.
-¡Qué buena idea! -celebró Juan Manuel-. Empieza a prepararla ahora mismo, Rosa. Llama a la Moraleja en pleno y encarga todo lo necesario para celebrar esa fiesta el viernes, antes de que nos vayamos.
Tras los elogios y con una sensación nueva, un sentimiento prodigioso que no sabía calificar, Elías precedió a Alí escaleras arriba, inhalando con fruición el aroma de arroz con leche que lo precedía. Todavía no era consciente de ello, pero Elías había perdido el miedo.
-¿Tengo que desnudarme? -preguntó Alí.
-Déjate de bromas.
-Hablo en serio. Me gustaría que me retrates marcando pectorales. Y estoy seguro de que a ti, en el fondo, y por mucho que lo niegues, también te gustaría.
-¿Quieres parar con eso, por favor?
-¿Qué te pasa?
-Nada.
-A mí me parece una gilipollez más grande que El Escorial, pero sé que te da miedo verme desnudo.
-¿En qué te basas?
-En que desvías la mirada cuando entreno. Tú crees que no me doy cuenta, pero cuando hago press de banca te veo siempre aquí arriba, forzando la cabeza para no verme marcando paquete y enseñando los huevos que sé que casi siempre me asoman por las perneras. Tus poses resultan tan poco naturales, que se nota que son actitudes forzadas. El otro día, cuando os enseñé el Calvin Klein a mi padre y a ti, parecía que te ibas a desmayar. Sé que te produce turbación mirarme.
-Eres un jodido ególatra insoportable.
-Ya lo sé.
-¿Lo sabes?
-Me lo decían siempre en el instituto. No lo puedo evitar. Me encanta y me excita muchísimo que me miren.
Como un acto aparentemente reflejo, Alí se acarició la entrepierna. Elías advirtió con zozobra que tenía una media erección.
-Supongo que te refieres a las mujeres.
-Quien sea. Que me admiren hace que me sienta muy bien.
-Creo que cada día te conozco menos. Y tus padres, no se imaginan el vanidoso que tienen por hijo.
-¿Vanidoso? No, Elías, me siento orgulloso de mi cuerpo y de lo que hay en mi cabeza, pero basándome en realidades, no en el vacío. Esta carne está muy bien hecha, ¿no estás de acuerdo? Y he sacado la selectividad con un notable alto. ¿Te parece que soy un tío vacío?
Elías negó con la cabeza mientras tragaba saliva, porque se le había atragantado el torrente de jarabe de caramelo que fluía del joven.
-Ponte ahí, mirando hacia mi izquierda. No, gira la cabeza un poco más hacia tu derecha, que te dé algo más de sol en la cara. Así está bien.
Durante un rato, Alí permaneció estático y callado, con concentración propia de atleta a punto de batir un récord, con una sorprendente capacidad de mantenerse inmóvil como un jaguar que se dispusiera a cazar una presa, lo que facilitó que Elías consiguiese el parecido con muy pocos trazos. La del rostro de Alí era una mezcla inquietante de inocencia y fuerza, de ingenuidad y malicia; había adolescencia en su cutis aún no cubierto del todo por la barba, en el aleteo de su nariz y en la limpia luminosidad de sus ojos, pero había madurez en la determinación de sus labios y en la agudeza de su mirada. Era Adonis poseído por Atenea, Calixto influido por Celestina y el casto José seducido por don Juan. No había nada en ese rostro que no convulsionara el corazón de Elías. Por suerte, el muchacho miraba hacia otro lado y no podía leer en sus ojos.
-Yo creo que estás enamorado de mí -dijo Alí en un susurro, sin apenas mover ningún músculo de la cara.
Como si alguien hubiera descargado un camión de veinte toneladas de piedra sobre su pensamiento, Elías sintió ganas de morir, que el suelo se hundiera, desaparecer. Tenía que huir de la catarata insoportable de acíbar y almíbar que se precipitaba sobre su cabeza.
-¿No tienes nada que decir? -insistió el joven transcurridos largos minutos.
-¿Tendría que decir algo? Tú pareces ser clarividente. Lo sabes todo, ¿no? ¿Por qué habría que decirte nada, si tú estás en posesión de la verdad absoluta?
-Mira, Elías, ni soy clarividente ni me creo en posesión de la verdad, pero estoy seguro de que estás enamorado de mí y soy capaz de adivinar el dolor y la angustia insoportable que te causa sentirlo, porque soy el hijo de tu mejor amigo. ¿Me equivoco?
Elías bajó los ojos, nublados por las lágrimas. Por fin había llegado la hora impostergable de escapar. A partir de ese instante, ya no podía permanecer más en la casa. Como si el joven fuera, en verdad, capaz de leerle el pensamiento, dijo:
-¡Claro que no me equivoco! Mira, Elías, antes de seguir la conversación, quiero que me prometas solemnemente una cosa: no darle trascendencia ninguna. Que hablemos de esto no cambia nada, ni tu relación con mi padre ni la amistad que creo que ha nacido entre nosotros dos, ¿comprendes? No es nada malo sentir amor por alguien, y lo único que tú haces es amarme. Por consiguiente, tu posición en esta casa no ha cambiado ni un milímetro. No tienes por qué sentirte culpable con mi padre ni con mi madre. No quiero en modo alguno que te sientas incómodo con mi familia ni, mucho menos, conmigo. Todo va a seguir exactamente igual.
-Me desconciertas, Alí. En vez de un chico de dieciocho años, pareces una especie de duende milenario.
-¿Ves? Que me digas eso me gusta mucho, como me gusta mucho casi todo lo que me dices. Me encanta verte por aquí, esta casa nunca ha sido tan tranquila ni tan alegre como desde que tú estas. Antes, aunque los cuatro de la familia nos llevamos bien, surgían de vez en cuando discusiones sin importancia, pero, ahora que tú estás, no sé si es que nos contenemos por tu presencia o es que, en realidad, haces que nos sintamos todos más relajados. ¿Te tranquiliza lo que digo?
-Sí -musitó Elías de modo casi inaudible.
-Escucha, Elías. No puedo acostarme contigo, porque me gustan mucho las mujeres, pero me complace y me halaga muchísimo que me quieras. La verdad es que me encanta. Así que ni me tengas miedo, ni eludas mirarme ni te comportes como si yo pudiera quemarte. Y aunque yo no sienta deseos de acostarme contigo, si necesitas tocarme, hazlo; nada en mi cuerpo queda prohibido para tus manos, ¿de acuerdo?
-Eso está completamente descartado. Y el boceto está listo, así que haz el favor de dejarme solo, que tengo que pensar.
-¡Que bonito! -dijo Alí contemplando su retrato, para lo que tenía que aferrar el brazo de Elías, que trataba de impedir que lo viera-. Eres un artista verdadero y me siento orgulloso de ti. Ahora, piensa todo lo que te he dicho y como le comentes algo a mi padre, te partiré la boca y no volveré a hablarte en la vida.

Elías no consiguió dormir durante dos noches consecutivas. Después de lo que habían hablado, le costaba asimilar la naturalidad de Alí en la mesa y a todas horas. Lo que él había hablado, porque Elías sabía que había dicho muy poco y, en realidad, no había desvelado ni reconocido nada con franqueza, aunque todo lo hubiera aceptado tácitamente. Cuando subía a su habitación, tenía los ojos llenos del rostro sereno y educado del muchacho, los oídos inundados de su voz, la nariz impregnada de su aroma y toda la piel erizada por la emoción de un descubrimiento: Alí era un sujeto entero, de una pieza, su personalidad iba a ser arrolladora y su inteligencia rebasaba en mucho la media. ¡Qué bien lo había hecho Juan Manuel!
Ese amor no iba a consumarse jamás, pero le bastaba con haber conocido de cerca a un prodigio así. Amaba profundamente a Alí, el chico lo merecía y, más allá de tales realidades, todo lo demás sería tenebroso y sucio. La plenitud de ese amor exigía que jamás se consumase.

-Ya comienzan a llegar -dijo Rosa-. De aquí a veinte minutos, tendremos la casa a tope.
-¿Está todo preparado? -preguntó Juan Manuel.
-Por supuesto. El cattering que han traído es soberbio. ¿Serán suficientes seis camareros?
-Supongo que sí.
-Es que me parece que están viniendo más de los que hemos invitado.
Efectivamente, la casa y el jardín se llenaron a rebosar antes de lo previsto por Rosa. Más numerosos los mayores que sus hijos, menudeaban las celebridades de la farándula, los banqueros, los grandes promotores y algunos políticos de carreras fulgurantes. Todos estaban a punto de irse de vacaciones, algunos a países muy lejanos, y aprovechaban la oportunidad de verse las caras, como una despedida hasta los saraos que se reanudarían a finales de septiembre.
El retrato del matrimonio había sido colocado en medio del salón, sobre el caballete, que Rosa había tapizado con una cortina desechada de terciopelo gris que caía artísticamente en ondas sobre la alfombra. El conjunto parecía la obra más destacada de una exposición de museo.
-Rosa, te ha sacado guapísima -elogió una mujer de mediana edad, esposa de un financiero emergente, de quien se decía que había amasado una enorme fortuna repentina con métodos no demasiado lícitos-. ¿Es muy caro el pintor?
-Como ves, no es un principiante -eludió Rosa responder, mientras se preguntaba si Elías sería capaz de embellecer el vulgar aspecto de su interlocutora.
-Desde luego que no. ¿Crees que aceptará hacerme uno?
-Es difícil. Tendrías que ponerte a la cola, porque ya son siete amigas las que quieren que las retrate.
En realidad, sólo eran cinco, pero a Rosa le pareció que la cifra “siete” sonaría más contundente.
-Por favor, trata de influir. Querría tenerlo para octubre, para dárselo como regalo de cumpleaños a Alberto.
Rosa se preguntó si Alberto consideraría de verdad un buen regalo el retrato de la interfecta. Conteniendo la sonrisa irónica que pugnaba por aflorar a sus labios, respondió:
-Lo intentaré, pero no te prometo nada.
-Chica, es un pintor maravilloso. Te ha dado aires de reina, tu marido parece un patricio romano y el cuadro tiene magia, como si desprendiera luz; no consigo dejar de mirarlo. Me voy a enfadar muchísimo contigo si no consigues que me pinte a tiempo para el cumpleaños de Alberto.
En ningún momento a lo largo de la fiesta dejó de haber, al menos, tres o cuatro personas contemplando el cuadro.
Elías trataba de mantenerse un poco al margen. Nunca había sido capaz de comprender las nociones que caracterizaban la vida social de la gente rica, de modo que prefería no participar en las conversaciones más que lo indispensable, por temor a sus previsibles meteduras de pata a causa de la vieja militancia progre, que ahora parecía tan pasada de moda.
-¿Por qué te apartas del mogollón? -le preguntó Alí, acercándosele por detrás.
Había notado su aroma de mantecado de piñones antes de que hablase.
-No me siento cómodo con tus vecinos.
-No me extraña. Está gente sí que está vacía. Pero te conviene hablar todo lo que puedas. Creo que ya hay varios interesados en que les hagas retratos.
-Si el interés es genuino, se lo dirán a tu madre.
-De todos modos, vente a bailar, hombre. No me gusta que estés rondando como un fantasma.
-¿A bailar? ¿Sin pareja?
-Joder, Elías, qué rancio te pones a veces. Nadie baila con pareja. Venga, vamos.
Sin darle opción a seguir rechazándolo, Alí aferró fuertemente su brazo y le empujó hacia la pista instalada junto a la piscina. Juan Manuel y Rosa estaban bailando, puesto que ya mediaba la fiesta y no tenían que ejercer de anfitriones.
-¿Dónde te metes? -le saludó Rosa con expresión radiante.
-Me agobia un poco tanta gente.
-No te agobies, chico. Te vas a hacer rico. Hay lo menos doce mujeres que quieren que les hagas retratos y tres o cuatro hombres.
-¿En serio?
-Me están dando a mí las tarjetas para que les llames, pero fíjate si son encargos en serio, que todos me han pedido tu nombre para llamarte ellos. Están entusiasmados con nuestro retrato -Rosa señaló a Juan Manuel-. Mira, Elías, no sé cómo decirte lo que te agradecemos que lo pintaras. Es una verdadera obra de arte. No paran de elogiarlo.
Elías notó que el entusiasmo era verdadero. Sólo la proximidad de Alí, y la culpabilidad por lo que sentía, impidió que se le humedecieran los ojos de gratitud no sólo a sus anfitriones, sino a la vida misma.
-De esta fiesta, vas a sacar no menos de ciento cincuenta mil euros -dijo Juan Manuel-. Puedes suponer cuánto me alegro por ti.
A Elías no se le había ocurrido hacer cálculos.
-¡Tus problemas resueltos! -exclamó Alí-. Ahora, a bailar.
Le fue empujando hacia el centro de la pista, donde más gente había.
-Mira, Mavy, éste es Elías.
-¿Tú eres el pintor? -preguntó la muchacha-. ¡Qué pasada! Te felicito, oye. El retrato de Rosa y Juan Manuel es extraordinario.
-Bailemos los tres -dijo Alí.
-Huy, ¡qué pasada! -exclamó Mavy, mientras apoyaba su mano en la cintura de Elías.
También notó el pintor que Alí apoyaba la suya, pero situándola sobre la mano de la muchacha. La contradicción de sus emociones y su intensidad iban a hacerle reventar el corazón.

El piso de Málaga se hallaba en un lugar privilegiado, un edificio de catorce o quince plantas situado en una lengua de tierra que se adentraba en el mar, entre el puerto y la playa. Contra la descripción de Juan Manuel, se trataba de un piso muy amplio, cuyo enorme salón tenía ventanas hacia ambos panoramas, el portuario y el playero.
La habitación que iba a compartir con Alí durante un largo e insoportable mes y medio, era también muy grande, y las camas, colocadas en dos orientaciones diferentes, no estaban demasiado próximas entre sí, lo que tranquilizó al pintor.
El primer día, tras un recorrido agotador por la ciudad y sus espléndidos jardines, Juan Manuel dictaminó:
-Esta noche no vamos a salir. Estarás un poco cansado, ¿no, Elías?
-No particularmente. Me siento de maravilla.
-Estupendo -dijo Rosa-. Pero reserva las energías, porque mañana vamos a tener un día capaz de reventar a una mula. ¿Has oído hablar del Chorro de los Gaitanes?
-No.
-Ya verás -advirtió Juan Manuel.
-Lleva zapatos cómodos -aconsejó Alí.
-¿No sales esta noche? -preguntó Rosa a su hijo.
-No. Estoy un poco cansado y también quiero reservarme para mañana.
-¡Ah! Pero, ¿piensas venir también?
-Por supuesto.

Tras desnudarse, Elías se giró en la cama, dando la espalda al punto donde se situaba la de Alí, antes de que el muchacho volviera del baño.
-Elías, ¿duermes?
-No.
-¿No te apetece hablar?
-¿De qué?
-¡Yo qué sé! Hablar por hablar.
-No me parece que sea ése tu estilo.
-Venga, deja de hablarme de espaldas, reprimiendo algo que no tienes por qué reprimir a estas alturas y después de lo que hablamos.
Elías se giró lentamente. Sentía pavor, porque presentía lo que iba a ver. Contra lo que temía, Alí tenía una toalla anudada a la cintura; mezclado con el perfume de lavanda que acababa de echarse, exudaba un fuerte aroma a mango y melocotón. La piel, todavía levemente húmeda por la ducha, era un bombón helado de chocolate blanco. Viendo que había aceptado volverse de cara, el joven se sentó sobre la alfombra, apoyando la espalda en la cama de Elías.
-¿No decías que querías dormir para estar descansado mañana? -reprochó el pintor.
-No son más que las doce y media.
-Si yo fuera mal pensado, diría que estás provocándome.
-¿Por haberme sentado aquí? Siempre lo hago. Me encanta sentarme en la alfombra a escuchar música. ¿Qué música te gusta?
-Jazz.
-¡Qué coincidencia!. Tengo una colección estupenda.
Sin alzarse del suelo, a gatas, Alí se acercó al aparato de música y puso a sonar un disco de Duke Ellington.
-¿Te importaría acariciarme la cabeza? -pidió Alí.
-Coño, Alí. Me vas a obligar a volver a Madrid echando leches y no sé qué explicación podría darles a tus padres.
-¿No te acuerdas de que te dije que me tocases si te apetecía?
-Vamos a ver, Alí. ¿Tú te imaginas lo que yo sentiría tocándote, si fuera verdad lo que sugeriste aquel día en la terraza?
-No lo sugerí, lo afirmé. Y sí, me imagino lo que sentirías. Creo que te sentirías bien, y yo también. No tienes por qué dramatizar tanto. A mí me encanta que me hurguen el pelo.
-Creo que te sobra quien lo haga. Mavy, por ejemplo.
-Oh, sí, lo hace siempre que nos acostamos. Es como un vicio. ¿Sabes?, en la peluquería, cuando voy a cortarme el pelo, me empalmo siempre.
-Por favor, Alí, vete a dormir.
-¿Te pone nervioso que diga que me empalmo?
-Sí -Elías no pudo disimular el tono ronco de su garganta a punto de romperse en un sollozo.
-Pues no trato de que me acaricies el pelo porque quiera empalmarme. Me gusta mucho, de verdad. Mi padre y mi madre me revuelven el pelo, a veces durante horas, mientras vemos la televisión o cuando viajamos. ¿No te das cuenta de que todavía soy un niño?
-¿Un niño, tú? ¡Vamos, anda! Eres un diablo, con más kilómetros que el baúl de la Piquer. ¿A cuánta gente le has hecho lo mismo que me estás haciendo a mí?
-¿Qué estoy haciéndote?
-Volverme loco.
-¿Ves qué fácil ha sido decirlo? Es la primera vez que lo reconoces.
-Perfecto. Ya lo has logrado. Ahora, vete a dormir o haz lo que te salga de los cojones, porque por la mañana cogeré el tren de vuelta a Madrid.
-¿Y qué explicación le darás a mi padre?
-Ya pensaré algo.
Sin decir nada, Alí se giró para arrodillarse junto a la cama, cogió la mano de Elías y la forzó hasta posarla sobre su cabeza.
-¿Esto es malo? -preguntó.
-En cierto sentido.
-¿En qué sentido es malo que me toques la cabeza?
-Por favor, Alí; sé que eres un estudiante brillante y un chico más maduro de lo que corresponde a tus dieciocho años. No puede ser que no sepas el modo en que me afectan estas cosas. Se trata de cinismo o de algo peor que no consigo comprender.
Elías lo vio recular un poco, y temió que el muchacho hubiera percibido como insulto lo que no era más que un reproche defensivo. El fuerte brazo que había forzado el suyo como si nada pudiera resistírsele, parecía tenso como una catapulta a punto de dispararse. Pero no se trataba más que de un juego de su imaginación atormentada, como si estuviera ante espejos de feria que todo lo distorsionan. Ese brazo que había creído un arma que iba a ser disparada contra él, se enderezó y la mano de nata avanzó suavemente hacia su rostro para rozar ligeramente su mentón.
-Escucha, Elías, escúchame con atención, porque quiero que me entiendas con toda claridad. Yo soy un tío completamente normal, y tú también eres un tío completamente normal... ¿me sigues? -Elías asintió-. Los tíos normales se empalman, gozan, aman, discuten... Lo que no es normal es que repriman dolorosamente una erección, un orgasmo, el amor o las ganas de discutir. Yo creo que tuviste la crisis cardiaca porque te reprimes demasiado. Mi padre nos hizo muchas advertencias la noche antes de traerte a casa; nos dijo que todos teníamos que ayudar a que te restablecieras cuanto antes. Por eso, me dediqué durante varios días a observarte, y la conclusión que saqué es que, incomprensiblemente, porque eres un tío muy atractivo, te niegas a muchas cosas que no tendrías que negarte. Cuando me di cuenta de que te habías enamorado de mí, tuve mis dudas, no creas; soy un picajoso heterosexual sin remedio, pero tomé la decisión de colaborar a que fueras feliz. No creo que pueda sentirme demasiado cómodo haciendo el sexo contigo, pero si lo deseas, adelante. Te doy mi palabra de que haré todo lo posible por complacerte y que ello no va a causarte ninguna dificultad posterior. Quiero sinceramente que te sientas bien y, de momento, ¿por qué no haces que yo también me sienta bien? De verdad que me gusta muchísimo que me hurguen el pelo. Anda, acaríciame la cabeza.
Con los ojos cerrados, Elías movió la mano hacia el húmedo helado de avellanas que era el alborotado pelo de Alí. Notó que el muchacho se arrellanaba, escurriéndose en la alfombra, para disfrutar la caricia con comodidad.
-De aquí no pasaré ni ahora ni nunca, Alí. No reprimo lo que siento por ti, es que lo que siento es mucho más grande que el sexo, ¿comprendes? Para mí, tú no eres sólo tú, eres un prodigio intemporal que incluye la más hermosa amistad de mi adolescencia, la que tuvimos tu padre y yo, y abarca la familia que ya no tengo, la que no he creado y todo cuanto añoro de la belleza que no poseo. A menos que seas un simulador, un hipócrita y un farsante, estoy convencido de que tú eres un sujeto excepcional, que no sólo escapa y está por encima de mis medidas, sino que no existe la más remota posibilidad de que mi pensamiento pueda percibirte como un objeto de placer. De deseo, sí, pero no de placer.
-¿Cuál es la diferencia?
-La que hay entre contemplar el más espléndido paisaje durante horas y retorcerse en la cama por un orgasmo durante unos minutos. Tú eres el paisaje.
-Es lo más bonito que me han dicho nunca. Ojalá vivas siempre con nosotros.
-No lo resistiría, Alí.
-Tengo que conseguir que dejes de idealizarme como si yo fuera un dios, no es bueno para ti ese sentimiento. Cuando explote la pasión que hay en tus sentimientos, la tuya será una amistad maravillosa, que espero que dure toda la vida. Estoy convencido de que si hiciéramos sexo aunque sólo fuera una vez, conseguirías pasar a ese estadio de serenidad donde quisiera que estés.
Elías se mantuvo en silencio, sin dejar de enredar con los dedos el pelo de Alí. Acababa de comprender. Verdaderamente, no había nada sórdido en la vehemente obstinación del muchacho, sino la necesidad de obligarle a dejar de sentir unos deseos que él creía que se interponían entre ellos.
-Entonces, ¿qué decides?
-Mi decisión está tomada desde el primer día que descubrí lo que me haces sentir. Jamás habrá entre nosotros un contacto físico que no sea darnos la mano o esto que hago ahora.
-Me encanta. Estoy super relajado. Me voy a dormir.

Elías no estaba preparado para la magnificencia que encontró. El estrecho desfiladero del Chorro de los Gaitanes se abría entre rocas verticales de altura vertiginosa y parecía el pórtico de un mundo mágico, el pasadizo de entrada a un universo inventado para una película fantástica donde todo podía suceder, hasta lo imposible. Y lo imposible sucedió.
A través de un angosto camino/puente colgado con precariedad de una de las paredes de roca, sobre el vacío, circulaban delante Juan Manuel y Alí en animada charla, seguidos de Estela, a quien acompañaba un muchacho que ejercía de novio vacacional. Elías cerraba el cortejo, sujetando por la cintura a Rosa, que no paraba de hablar para rescatarse a sí misma del vértigo que el abismo le causaba:
-Aquí, hizo una película Frank Sinatra, que tuvo mucho éxito en su momento y que se llamaba "El expreso de Von Ryan" Imagina qué absurdo, este paisaje tan malagueño simulaba estar entre Suiza y Alemania.
-Este lugar es espléndido -ensalzó Elías-; merece una visita aunque hubiera que venir expresamente desde muy lejos.
-Le llaman el Caminito del Rey -informó Rosa-, porque lo hicieron para que pasara Alfonso XIII cuando vino a inaugurar el ferrocarril.
-Pues en vez de un camino para un rey -bromeó Elías-, parece hecho para que lo recorran grandes atletas.
A pesar de que iba varios metros por delante, Alí llevaba las antenas extendidas hacia atrás, pues comentó con voz sonora y tono críptico:
-... ¡o para enamorados!
Elías apretó los labios sin responder, porque sabía que la emoción podía delatarle. Rosa le miró con expresión algo amoscada antes de afirmar:
-Tengo la sensación de que no simpatizas con mi hijo.
Elías se estremeció.
-¿Por qué lo dices?
-Está clarísimo que te resistes como gato panza arriba a hacerle el retrato, noto que le rehuyes como si te repugnara acercarte a él y, cuando estamos comiendo, no respondes con un prodigio de cordialidad cada vez que Alí te habla, y hay veces que hasta parece que no le escucharas, como si le ignorases deliberadamente, igual que cuando una trata de que alguien note que no te cae bien. Si te soy sincera, no me sienta bien cuando veo que lo tratas con tanta antipatía.
-¿Eso parece?
-Pues la verdad que sí. Y si te soy sincera, no comprendo la razón de tu hostilidad, porque se nota de lejos que Alí te admira, que te venera... En cambio, tú... pareciera que creyeses que él es de lo peor que hay. Mira, Elías, considero que mi hijo es bastante excepcional; tal como están las cosas hoy día con los jóvenes, me parece una suerte que sea tan sano, tan deportista... y en cuanto a los estudios, no es que lo diga yo por amor de madre, es que lo demuestran las notas. Tienes que estar de acuerdo con que Alí está por encima de la media.
-Estoy completamente de acuerdo.
-Entonces, trátalo un poco mejor, hombre, qué te cuesta. No le rehuyas como si te rechinaran los dientes cuando se te acerca.
Ante la encendida defensa que Rosa estaba haciendo de Alí, Elías se preguntó con un nudo en el pecho cuál sería su actitud, como reaccionaría si conociera los sentimientos reales que reprimía bajo los gestos fingidos de indiferencia. La situación era sorprendente, prácticamente imposible. Rosa le estaba pidiendo, casi suplicándole, que fuera más amable con Alí, mientras el alma le pedía a gritos ser absolutamente amable con él.

Las vacaciones iban a acabar produciéndole un nuevo amago de infarto a Elías. Las noches que Alí no permanecía hasta el amanecer fuera, con sus amigos y novias ocasionales, invariablemente se sentaba sobre la alfombra y le forzaba a acariciarle el pelo.
Siempre, después de la ducha y, a veces, también de madrugada, cuando volvía de sus francachelas antes de lo acostumbrado, fingiendo al principio una embriaguez que en seguida descubría Elías que era falsa. En estas ocasiones, salía desinhibidamente del baño sin cubrirse con la toalla, como si se tratara de un descuido producto de la falsa borrachera. Actor experto al fin al cabo, Elías sabía reconocer los trucos de un mal comediante, la falsedad de un tambaleo mal interpretado, un balbuceo que desaparecía a la primera oportunidad de pronunciar una réplica coherente, unos ojos entrecerrados que sabía que le estaban examinando con la atención de un cazador. Al verlo llegar desnudo desde la ducha, Elías desviaba su mirada aunque todos sus sentidos estaban maravillándose y dando gracias al cielo por la perfección de escultura renacentista de alabastro, por la simetría incuestionable de un cuerpo donde nada sobraba aparte de la hermosura. Resplandecía como gotas de rocío amanecidas sobre pétalos de rosas de té, olía de lejos a promesa de éxtasis y el movimiento de sus miembros sonaba a música cósmica. Jamás se concedió mirar directamente el pene que Alí exhibía jactanciosamente, aunque sospechaba Elías que, antes de salir del baño, se había acariciado para magnificarlo. Los párpados entrecerrados de Alí en su simulación de embriaguez no paraban de acechar un gesto que significase la rendición.
A pesar de tales escenificaciones, siempre sin resultado, el joven eludía casi siempre volver a hablar de la conveniencia de un encuentro sexual, porque veía la determinación con que Elías rechazaba tal posibilidad. A veces, sin embargo, probaba argumentos nuevos:
-Creo que una persona de tus características y las de mi padre, sumadas, sería el padre ideal.
-Tu padre ya es ideal tal como es.
-Pero quisiera que tuviese también muchas de las cosas que tienes tú.
-Nadie es perfecto.
-Me gustaría abrazarte como si fueras mi padre. Un abrazo no tiene importancia y creo que a ti te apetece.
-Deja esa monserga, por favor.
-Es que vamos a pasarnos toda la vida en este plan, Elías. Si no superamos esta cuestión, va a haber siempre un obstáculo entre nosotros.
-No tienes ninguna necesidad de eliminar ese obstáculo. Yo soy una persona mayor, tan mayor como tu padre, y tú no me necesitas para nada. No hay cabida para mí en tu futuro.
-¡Cómo te equivocas!
A esas alturas del verano, Elías había decidido ya abandonar la casa al regreso. Estaba seguro de que Juan Manuel le daría un préstamo respaldado por lo que le iban a pagar por los diecisiete cuadros que tenía apalabrados, y podría alquilar un estudio donde no sufriera interferencias tan estremecedoras.
Elías llegó a una conclusión que no favorecía del todo a sus anfitriones: El dinero no había sofisticado ni convertido en un esnob a Juan Manuel, lo cual no estaba seguro de que fuese una desventaja.
Faltaban sólo dos días para el regreso a Madrid, cuando su riquísimo amigo propuso lo más tópico que Elías podía imaginar: Cenar y asistir al espectáculo en el casino, jugar luego un poco y pasar el resto de la velada bailando. Dado que Estela sólo tenía diecisiete años y no le permitían la entrada, su padre le dio licencia para programar la noche con sus amigas, lo mismo que a Alí, para que su hermana no se sintiera postergada. Pero contra lo que su padre esperaba, el joven exclamó:
-¡Estupendo!, iré con vosotros.
-¿Seguro que no prefieres ir a la discoteca con tus amigos? -preguntó Juan Manuel, asombrado.
-Anoche me llevé un malrato -repuso Alí-. Uno de ellos quiso que yo esnifara cocaína.
-¡Tú! -exclamó Juan Manuel, indignado-. ¿Quién era el que tenía esa porquería, alguno de nuestros vecinos?
-No lo conoces, papá.
-¿Seguro? Mira que es un asunto muy grave y tendría que hacer averiguaciones sobre ese chico. No vuelvas a verlo.
-No hace falta que me lo digas, papá. Sé muy bien lo que tengo que hacer.
Elías sonrió. Juan Manuel no conocía verdaderamente a su hijo. Intuía que la escena de la cocaína muy bien podía no haber sucedido, ser un invento. La exhibición de virtud que estaba haciendo el muchacho era fingida o exagerada deliberadamente, con un propósito que el pintor intuía: su personalidad trepidante y su celosa independencia exigían que confiasen ciegamente en él las dos únicas personas que tenían derecho a controlarle. Ante sus padres, el chico resultaba demasiado perfecto para ser natural. Repelente de tan perfecto.
Tras la cena y el espectáculo, Juan Manuel perdió en el casino una cantidad que a Elías le pareció extravagante, lo mismo que a Rosa, que le obligó a abandonar la mesa de baccará y se fueron los cuatro a la sala de baile.
Elías contó los tragos que Alí bebió: cinco, lo que no pareció inquietar a sus padres, aunque a él se le rompían todos los esquemas, tanto los que había elaborado sobre la habilidad de Juan Manuel y Rosa para educar a sus hijos como los que colocaban en un pedestal la inteligencia y el rigor de Alí. Aunque la pareja parecía haber relajado los controles por encontrarse en vacaciones, que un deportista de dieciocho años bebiera cinco tragos largos de alcohol en una noche le parecía a Elías una atrocidad que le causaba dolor. Sobre las cuatro y media de la madrugada, el muchacho dijo:
-Estoy mareado. Creo que voy a vomitar. Elías, ¿me puedes acompañar al baño?
El pintor leyó en la mirada de Rosa el ruego de que aceptara.
-¿Por qué coño has tenido que beber tanto? -preguntó Elías cuando la puerta del baño se cerró tras ellos.
-No me regañes, cojones. Tengo una espina.
Elías apretó los labios y retrocedió para abortar el abrazo con que Alí iba a envolverle.
-¿Como la de Machado? Recuerda lo que dijo el poeta: si te arrancas la espina, no sentirás el corazón.
-Si tú me arrancas la espina, sentiré el corazón mucho más que ahora.
-Eso es una estupidez que no piensas verdaderamente.
Alí no respondió. Corrió hacia el excusado pasa soltar lo que su joven y saludable cuerpo no estaba dispuesto a asimilar. Tras enjuagarse la boca y refrescarse la cara en el lavabo, rogó:
-Vamos a la playa, Elías, por favor. La brisa del mar acabará de despejarme.
El pintor se dejó llevar por los empujones afectuosos del muchacho, que le colocaba sus fuertes manos en la cintura con un asombroso y desconcertante aire de posesión. Bajaron a la zona hotelera del edificio para salir a la estrecha playa. No había luna, pero el tranquilo y rumoroso mar de Alborán reflejaba el firmamento como en un espejo, duplicándolo.
-Ahora, ya es una cuestión de amor propio -dijo Alí.
-¿El qué?
El joven forzó la presa con que sus manos abarcaban la aún estrecha cintura de Elías, tratando de que sus cuerpos entrasen en contacto, para que sintiera que su naturaleza se hallaba expectante y dispuesta. Elías le dio un empujón suave y se alejó unos metros.
-¿Qué es lo que pretende tu amor propio, Alí?
-Que tengamos sexo de una vez, cojones. A estas alturas, ha llegado el momento de ver quién de los dos puede más. Porque si hubieras aceptado la primera vez que te lo propuse, habría sido un simple trámite y, después, todo hubiera sido natural y tranquilo y hubiésemos pasado página. Ahora, con tantas negativas, tantas huidas como si fueras un chica calientapollas que en fondo quiere lo que finge no querer, el asunto ha llegado a obsesionarme. Llevo cerca de dos semanas sin ganas de follar, cojones, porque hacerlo contigo es una cuenta pendiente que me incapacita para todas las oportunidades que me surgen a diario.
-Otras veces, cuando dices cosas tan absurdas como ésas creo que estás loco. Ahora, sé que estás borracho.
-No, Elías, ya no estoy borracho. Mira.
De un salto, se colocó boca abajo y recorrió haciendo el pino unos doce metros sobre la arena. Al volver a saltar para recuperar la posición normal, cayó sobre el rebalaje, mojándose los zapatos y el pantalón del smoking.
-¿Nos bañamos? -sugirió Alí.
-Haz lo que te apetezca. Yo no quiero bañarme ahora.
-Coge el traje, para que no se ensucie en la arena -pidió el muchacho mientras comenzaba a desnudarse.
Elías se obligó a mirar hacia otro lado cuando se despojó del calzoncillo y movió las caderas para que fuese notorio el péndulo endurecido. Alí buscó los ojos evasivos del pintor; como no encontró la devolución de una mirada con la que hacía un último intento de conseguir un asentimiento, frunció los labios y corrió a zambullirse. Elías volvió a mirarlo sólo cuando escuchó el ruido de la zambullida y de sus brazadas vigorosas, que le llevaron mar adentro hasta perderlo de vista.
-¡Alí, vuelve, por favor! –gritó Elías hacia la oscuridad vacía, convertido de repente en un ciclón de dolor y arrepentimiento.
Echó a andar mar adentro, gritando el nombre de Alí con la garganta rajada por el dolor y la desesperación. Transcurrieron los minutos sin verlo regresar y el pintor se sentía impelido a avanzar mar adentro, llegar hasta él empujado por los delfines, agarrarlo del pelo para castigar su osadía de ángel que ignoraba el pecado, estrujar su determinación de héroe mitológico que no conocía el miedo ni los convencionalismos, morder a besos su boca para que no volviera a machacarle el alma con reproches por no hacer lo que no podía hacer. Sus alaridos, progresivamente aterrorizados, fueron oídos desde el hotel. Cundió la alarma y pronto se llenó la playa de gente. Cuando varios de los empleados se echaron al agua y consiguieron que Elías volviera a la seguridad de la arena, Rosa lloraba y Juan Manuel no paró de reprocharle, con aspavientos que parecían querer romperle la cara, haber consentido que su hijo hiciera una locura de esa magnitud. Elías no fue capaz de decir lo que pensaba, que la personalidad de Alí no encajaría en ninguna circunstancia un ruego que le hiciera cambiar de idea. De ninguna idea.
Las tareas de salvamento, organizadas por la Guardia civil y la Cruz Roja, comenzaron una hora y cuarto después de que Alí se lanzara al agua. Recorrieron durante horas con las dos zodiacs la zona del mar más próxima a la playa y sólo al amanecer acudió el helicóptero. Las horas pasaban, el día avanzaba y una verdad se hizo evidente para todos: la búsqueda era inútil.
Elías sentía deseos de morir, internarse mar adentro como Alfonsina Storni, hasta donde cantan las caracolas, hasta la profundidad donde el cuerpo adorado del ser más singular y prodigioso que conociera en su vida había encontrado un sudario. ¿Por qué se había negado a algo que, a fin de cuentas, no habría representado una ofensa verdadera a Juan Manuel, puesto que el joven había insistido tanto? Si lo hubiera consentido, si le hubiera permitido compartir el placer del arrebato que pudo ser un encuentro sexual entre ambos, seguramente no habría encontrado la muerte en el mar, ni siquiera habría sentido el impulso de nadar a esas horas hacia el abismo.
Había sido un estúpido. Eligiendo lo más difícil, lo más supuestamente heroico, había optado mal, porque había propiciado la muerte de Alí. ¿Cómo iba a poder librarse de esa culpa? ¿Era comparable la magnitud de este pecado con el que habría representado insultar a Juan Manuel mediante el goce erótico con su hijo? No, ahora era verdaderamente culpable, ahora sí que se trataba de un hecho abominable, el peor error que había cometido en su vida, puesto que no sólo había pecado de soberbia al rechazar lo que tan generosamente se le ofrecía; también había pecado de avaricia por querer salvaguardar una integridad que nada valía y, sobre todo, había pecado de falta de caridad hacia los padres del muchacho y hacia él mismo. El mar estaba derritiendo un prodigio, un ídolo destinado a asombrar al mundo y él era el único responsable, ya que habría podido evitarlo con sólo permitir que su mano materializara la caricia que ansiaba. Nunca podría restablecerse de este dolor. Ahora, sí era verdaderamente culpable.
Dando por fracasada la búsqueda, los guardias y los voluntarios de Cruz Roja recogieron los instrumentos. Perdieron de vista el helicóptero sobre el acantilado y el matrimonio y Elías entraron pesarosamente en el coche que les llevaría de vuelta a casa.

Cuando Rosa abrió la puerta, el teléfono estaba sonando. Inmediatamente después de responder, dio un grito.
-¡Lo han encontrado!
-¿Vivo? -aulló Juan Manuel.
-No me han dado seguridad. El helicóptero lo ha localizado mucho más lejos de lo que esperaban. Ahora lo llevan para el hospital.
Volvieron a salir, acompañados de Estela, y Juan Manuel condujo nerviosamente rumbo al centro sanitario.
-Está en reanimación -les informó el médico-. Por un punto, una petaca.
Los cuatro montaron guardia ensimismada durante cinco horas. Juan Manuel se había adormecido en un sofá de la sala de espera, Estela dormía a pierna suelta y Rosa parecía estar en trance, con los ojos enrojecidos pero sin reflejos en la mirada. Elías saltó cuando vio que el médico se acercaba.
-Es un muchacho muy fuerte. Sobrevivirá. Tiene que estar al menos veinticuatro horas en la UCI, pero el peligro ha pasado ya.
Fueron haciendo guardia en dos turnos, Juan Manuel y su hija y Rosa y Elías, a la espera de que Alí recuperase el conocimiento. Cuando ocurrió y la enfermera vino a avisarles, era medianoche, los otros tres dormían y Elías prefirió no despertarles porque necesitaba hablar sin testigos. Corrió hacia el cubículo lleno de aparatos y pantallas de control. Una máscara de oxígeno cubría la mayor parte del hermoso rostro de Alí; cuando el chico notó que se acercaba, tensó el elástico y alzó el plástico para decir:
-Por poco.
-Perdóname, Alí.
-Perdóname tú por darte este disgusto.
-Sería un desgraciado el resto de mi vida si te hubieras muerto.
-Te lo habrías ganado, por imbécil.
-Sí, estoy de acuerdo. ¿Qué tenías en la cabeza cuando te alejaste tanto de la playa?
-Sólo quería impresionarte. De repente, me di cuenta de que no me quedaban fuerzas para volver, y me limité a flotar, a la espera de que ocurriera un prodigio.
-Todo lo tuyo es siempre un prodigio.
-¿Tú crees?
-Nunca en mi vida he estado más seguro de algo.
-¿Seguirás negándote a que nos libremos de la barrera que el sexo pone entre nosotros? Di que sí, Elías, por favor, yo te necesito entero, me desespera la mampara que pones cuando me acerco a ti. ¿Tendremos sexo una o varias veces, para que podamos ser amigos sin que temas el deseo ni yo tema tu esquivez?
-Sí.

miércoles, 14 de diciembre de 2016

CUENTOS DE MI BIOGRAFIA Huida a Buenos Aires



HUIDA A BUENOS AIRES

Caminaba por la calle Navas de Tolosa con la mano en la mejilla, como si así pudiera aliviarme el dolor. Que me quitaran una muela era para mí casi tan doloroso como si me extirpasen un dedo. Había vuelto de Milán a Barcelona con ese único fin, porque no me fiaba de los dentistas italianos, demasiado torpes, gesticuladores y parlanchines como para recordar el refrán: “Habla más que un sacamuelas”.
-Hombre, Luis, es un milagro que te encuentre…
Llevaba unos seis meses sin ver a mi amigo Quadranch, el “gris”, que era como llamábamos entonces a los policías nacionales. Casi nunca habíamos hablado más que para discutir sobre Málaga y Barcelona y sus respectivas Barceloneta y Malagueta, nombres cuya similitud semántica me desconcertaba.
-Vaya, Jorge, me alegro de verte.
-Te he dicho unas tres mil setecientas veces que me llamo Jordi…
-Vale, como tú quieras.
-¿Cuándo has vuelto de Milán?
-Anteayer, para ir al dentista. Me acaban de dejar mellado.
-¡Qué lujos!
-Déjate de bromas. Se trata sólo de miedo. Recién llegado a Milán, tuvieron que sacarme una muela y me hicieron una carnicería…
-¿Adónde vas?
-A ninguna parte. Sólo paseo.
-Voy a cambiarme de ropa. Ven conmigo, que quiero hablar contigo.
Como Jordi Quadranch vivía en calle Viñals, en la casa de al lado de mis tíos donde me hospedaba, desanduve el camino a su lado sin protesta. Tardó sólo unos seis minutos en cambiarse de ropa. Sin el uniforme, parecía casi tan joven como yo, aunque era cinco años mayor.
-Vamos –me dijo como si fuera una orden según su costumbre, actitud que él sabía que me encorajinaba.

Salimos a caminar, él como si cavilara sobre algo importante y yo, con evidente impaciencia en el rostro y mis actitudes. Pero sabía muy bien que sería tiempo perdido tratar de que se explicara antes del momento en que él decidiera hacerlo.
-Estás más gordo.
Era verdad. Antes de viajar a Italia, pesaba cincuenta y ocho kilos. En Milán, recalé en una pensión que era a la vez una trattoría muy popular y estábamos en invierno, un invierno “paduano”, mucho más frío que el de Málaga o Barcelona. Entre que la dueña me adoptó como un sobrino y el apetito consecuencia del frío y el horario, tan diferente del español, empecé a comer a todas horas y abundantemente. El ossobuco, los espaguetis y el chocolate me habían hecho ganar siete kilos.
-Pues tú… se ve que vas mucho al gimnasio –repliqué.
-Tú también deberías ir, tienes buena base… un esqueleto estupendo, pero si sigues aumentando de peso, pronto tendrás barriga.
-No fotis –protesté.
-Tú, cuídate, o ya no podrás fanfarronear más con la ropa que te gusta comprarte antes que nadie.
No era la primera vez que me reprendía veladamente por mis gustos. Contuve el reproche y decidí virar el diálogo.
-¿Cómo está tu hermana?
-Sigue esperándote y por lo tanto no se echa novio.
-No digas tonterías.
-Claro que sí.
-Pero si es hasta mayor que tú.
-Te lleva sólo siete años, y es la más guapa de Barcelona.
Era verdad. Carme era una chica guapísima que, cuando me convertí en su vecino, me parecía inalcanzable. Después, me había causado muchos sinsabores. Hablaba de los charnegos con evidente desdén y como si yo no fuera uno de ellos. Ella me había dado a conocer el separatismo catalán, cuestión de la que en Málaga yo no tenía ni idea. Pero que yo le indicara que debía considerarme despreciable, puesto que yo también era charnego, nunca me sirvió de nada. Porque su evidente encaprichamiento por mí lo exhibía con expresiones muy seguras, como si yo fuera de su propiedad, pese a que jamás exterioricé el menor acuerdo ni interés alguno por ella.
-Pero yo soy charnego, recuérdalo- le dije a Jordi.
-A ella, eso no le importa.
-Lo dices como si me perdonara la vida.
-No exageres.
-¿Que no exagere, Jorge? ¿Todos los malagueños, andaluces, murcianos, gallegos y demás son despreciables, pero yo me he redimido?
-Tú eres muy… particular.
-¿Lo ves? Los nacionalistas me infláis las pelotas.
-Yo no soy nacionalista, Luis.
-Dices eso porque eres policía y seguramente os prohibirán ciertas cosas. Pero que eres catalanista… joé, un montón.
-Eso no es lo mismo. Claro que soy catalanista. ¿Tú no eres la exageración máxima del malagueñismo? Pues a mí me gusta mi tierra.
-Te traicionas a diario, Jordi. Dices que eres catalanista nada más, pero te he oído muchas cosas… que bueno…
-¿A qué te refieres?
-Las referencias a los murcianos, ciertas expresiones como “de Valencia ni el arroz” y muchas cosas así. Tu nacionalismo es medular, tan profundo, que no puedes ni deseas ocultarlo.
Jordi calló y me adelantó unos pasos, como si inconscientemente quisiera librarse de una molestia. Me apresuré para espetarle:
-Los separatistas inventáis tantas tonterías, que ya me habéis quitado el gusto de vivir en Barcelona, donde había proyectado quedarme para siempre. Como decía Jean Paul Sartre, reinventáis la historia. Habláis de España como si fuera cosa ajena, a pesar de que Tarragona fue la capital de la mayor parte de España en tiempos de Roma… Contigo, no, porque me has dado pruebas de sobra de que me quieres; pero con tu hermana y tus amigos, aunque aprendí catalán, siempre me sentí postergado, discriminado. Y no se trata de palabras, sino de actitudes indisimulables.
No fotis, Luis. No tenía ni idea de eso.
-Nunca te lo dije, porque te respeto más de lo que crees. Pero eso es lo que siente un charnego en vuestras reuniones.
-Pero tú… -Jordi vaciló- ¿has dudado alguna vez que puedes contar conmigo?
-Nunca lo dudé Jordi. Sé que me quieres mucho, por alguna razón que no puedo explicarme, porque tu cariño por un malagueño no encaja con lo que sé de ti.

-¿Qué has estado haciendo en Milán? –me preguntó Jordi bajo la sombra del Hospital de San Pau.
Él conocía de sobra mis proyectos cuando me marché a Milán, así que la pregunta me extrañó.
-¿Qué quieres decir?
-¿Te has hecho notar en contra de España?
Su tono me produjo frío. Aunque Jordi se había comportado conmigo siempre como un igual muy amistoso y más íntimo de lo que condicionaba su nacionalismo, no dejaba de ser un policía “del régimen” y su expresión en ese momento era lóbrega. Hice memoria. Los días que viví en Milán vi muchos anuncios de manifestaciones contra Franco y había pasado junto a algunas, sin llegar nunca a participar de verdad. No conseguí identificar algún recuerdo “sospechoso”.
-¿Cómo iba a hacerme notar? En una excursión a Florencia perdí la mitad de mi dinero, que todavía no había ingresado en un banco. He tenido que hacer cabriolas para seguir adelante con mis proyectos. Soy casi un chaval, sin dinero ni relaciones, ni influencias. ¿Qué podría significar yo políticamente?
-¿Has quemado banderas de España?
Sentí un estremecimiento. De repente, la escena de la plaza del Domo me vino a la mente tan vívida como el día que ocurrió.
Habían inaugurado la Expotur española poco antes. Como muchos atardeceres, di un paseo Corso Garibaldi abajo hasta la Galería Vittorio Emmanuele, hasta acabar en la plaza del Domo, una de las más bellas del mundo.
Pero topé con algo completamente inesperado, una nutrida manifestación antifranquista convocada contra la Expotur (que la noche anterior inaugurara el ministro Fraga). Por la exposición, habían engalanado espectacularmente toda la plaza con banderas españolas, una bajo cada ventana. Los tres lados de la plaza lo ocupan edificios de igual arquitectura, cuyas fachadas almohadilladas son fáciles de escalar. Instantes después de mi llegada, alguien en la manifestación dio la consigna de abatir las banderas, y de repente veinte o treinta muchachos escalaban las fachadas y arrancaban las telas rojo y gualda.
Unos cuantos, fueron apilándolas en el centro de la plaza hasta formar un montón considerable, que alguien roció con un combustible ocasionando una gran hoguera.
Me acerqué como hipnotizado. Tal vez fuera por el humo, o quién sabe si por el orgullo maltrecho, me encontré llorando a chorros.

La pregunta de Jordi me obligó a sentirme como si todavía estuviese en el Domo de Milán, con los ojos llorosos y el alma encogida. No recordaba claramente mis movimientos en la plaza durante la quema, porque había permanecido varios minutos en un trance.
-Hace dos o tres días –prosiguió Jordi-, me apropié de un expediente que no me correspondía, porque aparecía tu nombre y quise averiguar de qué se trataba. Había una lista de españoles en Italia que son “enemigos del régimen”.
Me sentí aplanado, como si fuera a hundirme en el asfalto camino de la Sagrada Familia.
-Lo que sea que haya en ese expediente –repliqué-, es una malinterpretación. ¿Qué me aconsejas que haga, Jordi?
-Hablaban de uno “documento gráficos” que van a enviar pronto.
No lo podía creer. ¿Me habían tomado fotografías en la plaza del Domo? De cualquier modo, ninguna de esas fotos podía mostrarme haciendo lo que no había hecho.
-¿Qué hago, Jordi?
–¿Vas a volver pronto a Milán?
-Había pensado ir a Málaga cuando se me baje la inflamación.
-Pues ve. Déjame un teléfono a donde te pueda llamar.
-Mi familia no tiene teléfono. Toma éste, que es el de un amigo algo mayor.
El amigo “algo mayor” era en realidad un marica de mediana edad que llevaba muchos años tratando de meterme en su cama.
-Está bien, Luis. Mira, no te hagas notar nada en ninguna parte. Allí pertenecías a la JIC, ¿no?
En efecto, en Málaga había participado desde niño en las reuniones de la juventud independiente católica, que se celebraban en dependencias traseras del obispado. Pese a ello, había a diario una pareja de grises vigilando nuestra salida en la puerta, siempre los mismos, de modo que hacía mucho que los saludábamos con algo de ironía.
-¿Ni siquiera a esos amigos debo ver?
-De ningún modo, Luis. Te hablo de una cosa seria.

Al volver a Málaga, la vivienda de mis padres me pareció más pequeña y sórdida de lo que figuraba en mi recuerdo. No pude aceptar la oferta de mi madre de que me quedara con ellos. Busqué un empleo en una tienda y alquilé en seguida un modesto apartamento del que dispondría sólo dos meses, puesto que lo alquilaban en temporada turística mucho más caro.
Llevaba poco más de dos semanas trabajando cuando una tarde vi con disgusto que mi pretendiente de mediana edad, llamado Amadeo, entraba decididamente en la tienda y se dirigía presuroso hacia el punto donde yo estaba. Miré al dueño de la tienda, cuyos ojos –alternativamente fijos en mi amigo y en mí- eran un caudal de preguntas; más aun cuando Amadeo se acercó a mí inclinándose sobre el mostrador para hablarme al oído.
-Luis, tienes que huir de Málaga.
-¿Qué estás diciendo?
-Han llamado a mi casa. Es un amigo tuyo de Barcelona, que dice que es policía. Me ha dicho que han mandado del consulado de Milán una foto donde apareces quemando una bandera de España.
-Yo no hice eso.
-Pues en la foto se ve clarísimo.
No podía imaginar qué clase de efecto visual habría producido una imagen mía como si quemase una bandera española, cosa que habían hecho multitudes aquella tarde, pero no yo.
-Tu amigo dice que salgas de España hoy mismo.
No disponía de dinero. Esperaba con impaciencia el final del mes, porque tras pagar el alquiler y la garantía, me había quedado muy escaso de dinero. Estaba comiendo muy precariamente.

Una vez que Amadeo salió de la tienda con las mismas prisas con que había llegado, tuve que disimular mi consternación bajo la mirada inquisitiva del dueño. Yo trataba de reunir valor para pedirle un préstamo que jamás podría devolverle, cuando dijo:
-Luis, tengo que salir. ¿Puedes ocuparte de cerrar la tienda y quedarte un rato para cuadrar las cuentas?
-Sí, claro, vete.
Me dio la llave de una pequeña caja metálica donde guardaba por la noche el producto de las ventas del día. A punto de salir de la tienda, se volvió hacia mí para preguntarme:
-¿Pasa algo malo?
-No te preocupes, es sólo que me han dicho que un amigo de Barcelona ha tenido un accidente.
-Ah, bueno. Anota la hora a la que te vayas, por si tengo que pagarte alguna hora extra.
-No te preocupes por eso. No me llevará ni media hora cerrar las cuentas.
Faltaban sólo unos minutos para la hora del cierre, que esperé con impaciencia. No tomé conscientemente ninguna determinación, fue como si un robot teledirigiera mi voluntad y mi mano.
Sumé las ventas del día y resté el remanente diario para cambio. No cuadró del todo, porque sobraban catorce pesetas. Era algo que ocurría a diario, ya que muchos clientes se iban sin esperar el cambio cuando era insignificante.
Igual que un autómata, cogí un folio y redacté una dolida carta de disculpa para mi jefe, por las treinta mil pesetas que le robaba.
Fui a casa de mis padres, donde, a mi partida hacia Italia, había quedado toda mi ropa de verano. Llené apresuradamente una maleta, tomé un taxi y embarqué en el primer avión hacia Madrid.
Una vez en Barajas, examiné el tablero donde anunciaba las salidas más inminentes. Había un vuelo a Buenos Aires para dentro de dos horas.

Buenos Aires, un nombre premonitorio. Una tabla de salvación en medio de una tempestad.
No objeté nada a mi pensamiento. Como sitio para huir hasta ver qué pasaba con la confusión italiana, era demasiado lejano. Pero era el único sitio donde había parientes lejanos. Primos de mi madre. No sabía su dirección ni podía pedírsela a mi madre, no teniendo teléfono. Pero sería fácil dar con él, porque trabajaba en el Banco Español de Río de la Plata.
Huiría, pues, a Buenos Aires.

jueves, 27 de octubre de 2016

YO VIVIA FUERA, PERO LO SUFRÍ COMO SI ME ARRASTRARA EL AGUA

Entre noviembre y diciembre de 1989, Málaga sufrió unas catorce inundaciones catastófricas. La economía malagueña, sobre todo la provincial,. experimentó pérdidas cuantiosas y hubo más de cuatro muertos.
En aquel tiempo, yo no vivía aquí (y no por opción personal, sino porque no había libertad de expresión), pero permanecí tres o cuatro días pendiente de la radio y hasta lloré algunas veces. Y más lloré cuando se publicó que la reina Sofía viajó a Mallorca para consolarles por sus inundaciones, donde hubo UN muerfo. Aquí,con ruina muy superior y cuatro muertos, la reina Sofía no se dignó venir. Indignado por ello, transformé un relato corto mío en novela, donde el escenario era el drama rural que aquellas inundaciones produjeron, sobre todo en el Guadalhorce.
Por mi indignación citada, me esforcé y conseguí publicar esta novela.
CAL VIVA
Curiosamente, había escrito novelas desde mucho antes y ya mantenía archivadas unas cicno, de modo que CAL VIVA fue mi primera novela publicada, pero los lityeraqtos a los que consulte me dijeron: "NO PARECE UNA PRIMERA NOVELA", particularrmente, Alfonso Canales.
Cal viva había sido finalista del Premio Café de Gijón como novela corta y fue primera finalista del Premio Ateneo de Sevilla-.
Ën 2013 cumplió veinte años de publicada y desde entonces suspiro por editarla de nuevo, puesto que está agotadísima. Tal vez me muera antes de conseguir ver la segunda edición de Cal viva ni la primera de otras trece novelas terminadas que mantengo inéditas.

VIDEOS DE YOUTUBE SOBRE LIBROS MÍOS
Exixsten vídeos youtube sobre mis libros.
Estos son algúnos los enlaces:
https://www.youtube.com/watch?v=0vBsz4ZkDtQ
https://www.youtube.com/watch?v=xHFsA2CrDXg
https://www.youtube.com/watch?v=StcUPMTKP98
https://www.youtube.com/watch?v=qFgFSKBJrbw
https://www.youtube.com/watch?v=QEeoTqgwfTs

martes, 11 de octubre de 2016

UNA Y MIL NOCHES

UN CUENTO PARA SOÑAR

UNA Y MIL NOCHES

El recorrido entre el trabajo del campo en Extremadura y el éxito actual del restaurante, en un bello puerto turístico, había durado poco tiempo.
Román acababa de materializar el sueño con que escapaba, sobre el tractor, de la grisitud de su vida de tres años antes, porque casado a los veinte y con dos hijos, uno de nueve y otro de seis años, a los treinta. Nela le aburría, jugar con los niños sólo mitigaba un poco el aburrimiento, tedio que se hacía insoportable en cada uno de los minutos que transcurrían desde la siembra a la cosecha. Allí, parado encima del tractor junto a la dehesa, miraba con desazón y envidia hacia los jóvenes que acudían a retozar en el chaparral, sentimientos que jamás logró descifrar, porque le dominaba un deseo vehemente de descubrir otras cosas, otros panoramas, huir hacia aventuras y venturas que tenían que ser posibles en otros sitios, lugares donde ocurriesen los prodigios de "Las mil y una noches", y suponía que jamás reuniría el valor de buscarlos.
Aunque la muerte de su padre le entristeció, pasadas cinco semanas se sintió libre de exponerse a los riesgos que él no le había permitido correr. Abrumado y a punto de caer muchas veces en el desánimo por las advertencias de su madre, su hermana y su cuñado, y sobre todo por las airadas protestas de Nela, vendió el tractor, la finca y la casa, y compró el local en Puerto Marina.
Tenía treinta años cuando empezó la obra del restaurante, treinta y uno cuando descubrió lo buen cocinero que era, treinta y dos cuando tuvo que convencer a su madre, hermana y cuñado de que se mudasen con él para ayudarle, y ahora, a los treinta y tres, el dominical del periódico más importante de Madrid acababa de publicar en la sección turística un artículo donde elogiaba y recomendaba el "sorprendente Restaurante Monfragüe, la más sofisticada y deliciosa cocina familiar de caza".
Había llegado a la meta.
Tenía treinta y tres años y nadie le calculaba más de veinticinco. El tono cetrino de su bronceado campero se había vuelto tan rosado y resplandeciente como el de los turistas ricos de Puerto Banús. Comía opíparamente, pero como trabajaba hasta dieciséis horas en el restaurante y aprovechaba todas las pausas para nadar, su fornido cuerpo de trabajador rural mantenía el vientre plano como el de un adolescente y, de hecho, podía vestir con naturalidad como los adolescentes, porque nadie le observaba con ironía al usar la moderna y juvenil ropa que componía su armario; al contrario, descubría al pasar por la calle que le miraba golosamente gente mucho más joven que él. A su lado, cuando iban a misa los domingos agarrados del brazo, Nela comenzaba a parecer su madre y él parecía, cada vez más, el hermano mayor de sus hijos.
El aburrimiento renacía. La alegría por el comentario del periódico fue muy efímera, y otra vez sentía impulsos de correr en busca de un prodigio que debía de esperarle en un quimérico país de "Las mil y una noches".
Tenía que plantearse otras metas, como aventurarse a convertir el Monfragüe en el primero de una cadena de restaurantes con sucursales en las principales capitales de España y el extranjero. Algo así tenía que abordar, a ver si no iba a acabar como parecía muchas veces a punto de terminar en Extremadura, liándose la manta a la cabeza y escapando de Nela, sus parientes y sus hijos para buscar no sabía el qué.


Encontró una válvula de escape con el equipo de fútbol.
A Romy, su hijo mayor, de doce años, le gustaba jugar fútbol y lo hacía durante el verano a todas horas en la playa situada junto al puerto. Un día, pasó por allí el concejal de deportes y les propuso a los chicos formar parte de un equipo infantil representativo del municipio. Romy corrió a contárselo a su padre y éste tuvo que ir a hablar con el concejal, que a los quince minutos de conversación le ofreció la presidencia del equipo.
-Usted se ocuparía de todo, de elegir al entrenador, los ayudantes, la equipación y demás, así como de organizar los viajes. Porque vamos a entrar en una competición provincial.
Román aceptó sin tener claro si disponía de tiempo para ello. Los domingos, los días de partidos, era cuando el restaurante solía estar más lleno y, aunque su madre y su hermana habían aprendido ya a preparar sus platos, todas las manos eran pocas para atender a la clientela los fines de semana. Calculó que tendría que contratar a alguien más, pero iba a organizar el equipo porque el encargo le podía sacar de la rutina.
Y así fue.
Romy conocía a todos los chicos que jugaban al fútbol en la playa. Román se sorprendió por lo numerosas que eran sus amistades. En dos semanas, visitó guiado por su hijo las casas de treinta y cinco muchachos, veintiocho padres de los cuales aceptaron que también sus hijos formasen parte del equipo, a pesar de que tenía que abonar cada uno quince mil pesetas para la ropa. Una vez completada la plantilla de jugadores, necesitaba un cuadro técnico.
-Hay un morito que juega muy bien -le dijo Romy-. Viene siempre por las tardes, a la siete o así, y organiza partidos con sus amigos. Hammou marca siempre más de diez goles. Tienes que verlo. ¡Es un crack! Él puede ser el entrenador.
Antes de empezar a preparar las cosas en la cocina, esa tarde decidió echar una ojeada. Bajó a la playa con Romy, que le indicó:
-Míralo. Ése es Hammou.
Para ser marroquí, era demasiado moreno. Más bien tenía aspecto de egipcio del sur y sus facciones reforzaban la impresión, porque eran muy semejantes a las de Ramsés tercero que había visto reproducidas en las fotos del tempo de Abu Simbel. Debía de medir entre un metro setenta y cinco y un metro ochenta. Muy robusto, su cintura era sin embargo fina y su agilidad, extraordinaria. Corría sin descanso de un lado a otro, como si no le agotasen las carreras a través del campo de mullida arena. Durante los veinte minutos de que disponía Román, marcó cuatro goles, en los que parecía entregar el alma.
-Dile que venga al restaurante cuando termine el partido -le ordenó a Romy.
No pudo atenderle hasta que el trabajo aflojó. Lo había olvidado. Su hermana le recordó que "ese moro sigue esperándote en la barra". Miró el reloj; la una y media de la madrugada. Se sintió avergonzado.
-¿Ha comido algo? -le preguntó a su hermana.
-¡Qué va! No creo que tenga un duro. Cuando vino, le ofrecí una cerveza, pero no la quiso; sólo quería agua. Se ha bebido tres o cuatro jarras y ha acabado con todos los frutos secos que había en la bandeja de la barra. Lo menos medio kilo. Vaya caradura.
Se acercó al marroquí. Se sintió incapaz de calcular su edad y tampoco hubiera podido reconocerle de no saber que era él, porque mientras que jugando en la playa vestía más o menos como los demás futbolistas, ahora su ropa le hacía parecer casi un mendigo.
-Hola. ¿Te ha contado mi hijo de lo que se trata?
-No le entendí.
Hablaba español razonablemente bien.
-El ayuntamiento quiere formar un equipo de fútbol infantil. Necesitamos un entrenador.
-Yo busco trabajo.
-Pero... en el equipo sólo cobrarías dietas. ¿No trabajas?
-No.
-Como hablas español, creía que ya llevabas mucho tiempo en España.
-No. Hace cuatro meses, nada más.
-¿Y ya has aprendido el idioma?
-Lo hablaba antes de venir. Mi casa está muy cerca de Melilla. He estado más tiempo en Melilla que en Marruecos, ya sabes, buscándome la vida.
Román se dijo que había problemas. Seguramente, Hammou era un inmigrante ilegal. El ayuntamiento no lo aceptaría. Pero jugaba muy bien y era muy popular entre los chicos, según lo que había observado con Romy y sus amigos. Podía liderar el equipo. ¿Cómo lo resolvería? Decidió preguntar a bocajarro:
-¿No tienes papeles, verdad?
Hammou bajó los ojos.
-¿Has hecho alguna gestión?
-El consulado está en Algeciras. Antes de nada, necesito el pasaporte y no tengo... cómo ir.
-¿Cuántos años tienes?
-Veintidós.
-¿Crees que puedes entrenar el equipo? ¿Te gustaría?
-Sí.
-Voy a ver cómo lo puedo arreglar. ¿Dónde vives?
Hammou negó con la cabeza.
-¿Quieres decir que no tienes casa?
-Duermo en la playa.


Hammou terminó de pintar la fachada del restaurante en tres días. El chalé lo pintó de arriba abajo, por dentro y por fuera, en dos semanas, sin ayuda de nadie para mover muebles o encaramarse en los andamios entre dos escaleras de tijeras. Reparar la valla y pintarla le tomó dos días.
Román no sabía qué otro encargo hacerle. Preguntó a sus vecinos, la mayoría vacacionistas ocasionales, y ninguno buscaba quien le pintara la casa. Todavía estaban en plena temporada y no disponía de tiempo para acompañarle a Algeciras, a averiguar qué tenía que hacer para legalizar la situación. Era imposible emplearle en el restaurante sin papeles, expuesto a que un inspector de trabajo le multase, lo que era muy frecuente en verano a lo largo de la costa.
Le contó el problema al concejal de cultura que, viendo su interés por el marroquí, aceptó que fuese preparando provisionalmente el equipo antes de darlo por organizado, a cambio de alguna propina ocasional y la promesa de ayudar en las gestiones de legalización cuando llegase el momento.
-Escucha, Hammou, no puedo darte trabajo, pero podemos poner una tienda de campaña en el jardín de mi casa, para que duermas allí, porque lo que va a darte el ayuntamiento no te alcanzará para la pensión. Comerás en el Monfragüe. ¿Te parece bien?
Hammou asintió, sin levantar los ojos del suelo.
El equipo empezó a funcionar. Trasunto de Jeckyll y mister Hyde, Hammou era dos personas diferentes; una, en las cosas cotidianas y otra muy distinta cuando estaba en el campo de fútbol. Habitualmente taciturno, se volvía exuberante y alegre cuando aleccionaba a los niños y, sobre todo, cuando demostraba en la práctica cómo hacer pases, regates y fintas.


Hubo que esperar a septiembre.
El primer lunes del mes, a las cinco de la mañana, Román abrió la cremallera de la tienda de campaña instalada en el jardín, para despertar a Hammou. El muchacho dormía completamente desnudo y presentaba la lógica erección de un joven durmiente sano. Román sintió una turbación incomprensible, contemplándole mientras dudaba si hablarle, porque sus ojos fascinados se habían cosido al cuerpo relajado cuyas proporciones nunca se había parado a calibrar cuando corría en el campo de fútbol; dormía ladeado hacia la derecha, con una pierna flexionada y un brazo tras la nuca, flexiones que resaltaban la sinuosidad lustrosa de todos sus miembros. Los muslos eran gigantescos, pero estriados como si estuvieran tallados en ébano. Volvía a sentir la antigua necesidad de experimentar el vértigo de lo desconocido. Agitó la cabeza, como si quisiera negarse ante un demonio que le tentaba.
-Levántate, Hammou. Nos vamos a Algeciras.
Tal como estaba, desnudo, el marroquí corrió y se lanzó a la piscina. Román ignoraba que su aseo matinal consistiera en eso, aunque Nela ya le había dicho alguna madrugada que le parecía que hubiera alguien nadando. Todavía con la desconcertante turbación de antes, lo vio emerger por el borde, alzándose con la habilidad de un gimnasta; poseía un cuerpo que por fuerza debía atraer poderosamente a las mujeres, turgente, satinado y resplandecientemente tachonado con las gotas que brillaban en su piel.
-Vístete deprisa, mientras saco el coche del garaje. Desayunaremos por el camino.
Sólo había dormido tres horas; para vencer el sueño que aún le producía bostezos, Román inició la conversación en cuanto arrancó el coche.
-¿Cómo conseguiste entrar en la península?.
-En un camión.
-¿Te escondiste en un camión?
-Sí, pero no dentro. Debajo, entre los ejes.
-¿En serio?
-Traía una ropa muy bonita que me compró la mujer de mi hermano, pero se me llenó toda de grasa. En cuanto el camión llegó al barco, salí a tratar de lavarme, pero fue muy mala idea porque noté que los marineros me miraban y se habían dado cuenta de que era un polizón. Me escondí en los servicios. Un paisa que estaba meando, me preguntó en árabe qué me pasaba. Yo no hablo bien el árabe, porque soy bereber, así que él me preguntó en español si tenía problemas. Primero tuve miedo, porque hay musulmanes en Melilla que son más policías que los policías, pero él se dio cuenta y me contó que trabajaba en Bélgica y que viajaba de regreso con su mujer y su hija. Como no sabía qué hacer, le dije lo que pasaba. Me mandó que tirara la camisa llena de grasa y me dio la camiseta que él llevaba debajo de la suya, y me dijo que me encerrara en el retrete hasta que volviera. Volvió a los diez minutos, pasándome por debajo de la puertecilla una cazadora de cuero. Luego, me llevó a cubierta con su familia. Su hija se agarró de mi brazo, haciendo como que era mi novia. Así pasamos la aduana de Málaga.
-¿Por qué viniste?
-Tengo nueve hermanos y mi padre se fue hace dos años con otra madre; ahora ya no le da dinero a la mía. Tenemos muchos problemas y los cuatro hermanos que son mayores que yo ya están casados. Tengo que ayudar. Las dos veces que me ha dado dinero el concejal se lo mandé a ella.
Admirado, Román notó que resbalaba una lágrima por la mejilla de Hammou.
-Sientes nostalgia de tu familia, ¿no?
-No -respondio Hammou con firmeza-. Tengo que ser importante en España antes de volver allí. Mi madre consultó con la bruja, que dijo que yo iba a encontrar a un hombre en España que me haría famoso.
Desayunaron en el primer café que encontraron abierto, en Estepona. Román observó que la melancolía que le causara una lágrima había sido sustituida, sin transición, por una alegría expansiva; Hammou reía sin parar, casi sin venir a cuento. Cuando reiniciaron la marcha, el joven dijo:
-Yo pienso que tú eres ese hombre.
-¿Quién?
-El que dijo la bruja.
-¿El que va a hacerte famoso? Creo que no.
-¿Me vas a echar?
-No, hombre, qué va. Lo que quiero decir es que no creo que yo pueda hacerte famoso de ninguna manera.
-Sí, con el fútbol. Todos decían en mi pueblo que soy mejor que Ben Barek. Sé que un día encontrarás a alguien que me abrirá la puerta de un club importante.
Román apretó los labios. Hammou se estaba haciendo demasiadas ilusiones.
-Hace calor -dijo el marroquí.
-Sí. Empieza a hacer calor. Menos mal que tenemos el sol de espaldas.
-Voy a ponerme el pantalón corto.
-Sólo faltan cincuenta kilómetros.
-Me cambiaré otra vez al llegar.
Hammou sacó el short de la bolsa de mano, se quitó los tenis y se bajó el pantalón. Antes de quitarse el calzoncillo, Román notó que se acariciaba la entrepierna; cuando se lo bajó, tenía una erección. Román fijó la mirada al frente, con las manos crispadas en el volante; no quería que volviera el desconcierto, se negaba a mirar de reojo siquiera.
-Éste es un rebelde -dijo Hammou agitándose el pene-. Si no me corro por las mañanas, sigue revoltoso hasta mediodía. Quiere su ración.
-Vamos, Hammou, ponte el short, no sea que pasemos un autobús y la gente se dé cuenta de que vas en cueros.
-¿No quieres tocar un poco? Esta mañana te quedaste mucho rato mirándome.
El muy zorro se había hecho el dormido. La vaga e inexplicable inquietud de Román fue desplazada por el enojo.
-¡Cúbrete de una vez, Hammou!
Alarmado por su tono, el joven obedeció.


Tuvieron que hacer cola a la puerta del consulado durante dos horas. El funcionario, un treintañero delgado que parecía sacado de una tópica película de ambiente árabe, les explicó los trámites y adoptó una actitud que a Román le hizo suponer que esperaba un regalo. Le quitó de las manos a Hammou los papeles que aportaba, que según el funcionario no servían para nada, introdujo un billete de cinco mil pesetas entre ellos y volvió a dárselos al diplomático. Al parecer, los papeles se habían vuelto útiles de repente.
El trámite ante las autoridades marroquíes iba por buen camino. A continuación, deberían realizar las restantes gestiones ante las españolas. De regreso, antes de llegar a Estepona, la carretera rozaba la playa.
-¿Podríamos parar a nadar un poco? -preguntó Hammou.
-Hay mucho trabajo en el restaurante.
-Son cinco minutos. Tengo mucho calor.
-Vale. Cinco minutos.
De nuevo se cambió de calzón dentro del coche, sin cubrirse. La erección continuaba. Román no se desnudó. A través del parabrisas, lo vio zambullirse, mientras él luchaba contra la persistente inquietud; Hammou era un animal bello, ágil, vital, gozoso, despreocupado y carente de doblez. Con la misma naturalidad con que le había invitado a tocarle, había pasado la página para comportarse como un muchacho ilusionado por la inminente resolución de todas sus dificultades, las documentales y las demás. Horrorizado, Román descubrió que se reprochaba no haber tocado.
Al reanudar el viaje, tuvo que resistir muchas veces el impulso. La mano derecha se le escapaba hacia el muslo de Hammou cada vez que cambiaba de marcha, y la retiraba como si le diera un calambre. Su humor era tan sombrío, que apenas escuchaba al marroquí:
-En mi pueblo, es imposible follar con una muchacha. Tenemos que bajar a Nador para hacerlo con las putas, pero cuesta demasiado y es muy peligroso; todas están sucias; cuándo íbamos cuatro o cinco, teníamos que hacerlo con la misma para que nos saliera más barato y a la puta ni siquiera le daba tiempo de lavarse antes de pasar el siguiente. Mis dos hermanos cogieron enfermedades; al mayor, que se llama Mimon, lo rechazó el padre de su novia cuando se enteró de que tenía sífilis y mi madre tuvo que hablar con otra, perdiendo los regalos que ya le había dado a la primera. Hay muchos que lo hacen con las cabras, pero a mí me da asco y siempre hay algún muchacho más joven que no protesta porque se lo hagamos y es mucho mejor. A mí nunca me lo hicieron de chico, porque mis hermanos mayores me decían que no lo permitiera y una vez le dieron una paliza a uno que lo intentó cuando yo tenía once años, que lo pillaron cuando ya me había desnudado y vuelto boca abajo en la cama de mi madre; lo majaron a palos aunque era primo de mi padre y ellos le tenían mucho respeto, y me parece que le habían dejado que lo hiciera con ellos cuando eran tan jóvenes como yo, porque el primo de mi padre les hacía muchos regalos; lo que pasa es que cuando eres mayor y llega la hora en que eres tú el que te follas a los más jóvenes, no te gusta recordar que, según qué gente, por asquerosa, te lo haya hecho; porque esos que tienen los dientes negros son los más sucios y casi siempre tienen enfermedades. Mi madre me decía todos los días que tuviera cuidado si yo lo hacía con alguno, pero que no dejara que me lo hicieran a mí. Un amigo mío que ahora está en Francia, y que se llama Nadir, insistía mucho cuando teníamos quince años, a pesar de que esa es la edad que ya comienzas a dejar de ser el que se deja y a querer dar tú; aunque tenía curiosidad, porque todos mis amigos decían que da mucho gusto cuando uno se la menea con una polla dentro del culo, yo no le dejé, porque Nadir tiene una polla que es el doble más grande que la mía, y eso que yo tengo diecinueve centímetros, y me daba miedo. Entonces, como él decía que me quería mucho y aunque insistía yo no quería, porque, además del bicho que tiene, es mi amigo, me llevaba con él cuando iba a follarse a un primo mío, que no protestaba y que me parece que es un poco mariquita. Se lo follaba siempre en el mismo sitio, contra una roca que había al lado de un algarrobo que nos tapaba del camino; le gustaba que yo me subiera a la roca y que me la meneara cerca de su cara mientras él follaba con mi primo, que gritaba igual que una mujer. Siempre le hacía sangre, porque su polla es así, mira, Román, así, como este apoyabrazos. Tendrías que verla. Cuando pase por aquí en las vacaciones camino de Melilla, le diré que venga a enseñártela. Yo creo que es casi tan grande como la del burro que tiene mi madre. Mira si es grande, que cada vez que yo se la metía a mi primo después que él, estaba tan abierto que no sentía nada y no me gustaba. Nadir quiso que yo se la metiera el día antes de irse a Francia, aunque ya no tenía edad de dejarse follar, porque había cumplido los dieciocho; me dijo que ya que no quería que él me follara a mí, le hiciera por lo menos una paja con mi mano mientras yo se la metía. Me costó trabajo, porque, como es mi amigo, me sentía un poco cortado, y además tardó mucho rato en correrse, y yo sin parar de bombear aquello tan asqueroso de tan grande que es, y que me estaba haciendo sudar por la fuerza que tenía que hacer; tardó tanto, que quiso metérmela por cojones; estuvo hasta llorando, pidiéndome por favor que le dejara, y lo que hice fue obligarle a correrse con la boca, para que me dejara tranquilo. El año pasado, vino de vacaciones con su mujer, porque se ha casado con una francesa, y entonces, aunque ya teníamos los dos veintiún años, sí le dejé que me la metiera después de metérsela yo, porque me dio mucha alegría que volviera, y no me dolió porque ya soy un hombre.
Román tragó saliva. La desinhibición del joven era asombrosa, y su carencia de pudor por lo que estaba relatando, increíble, pero él sentía crecer el desconcierto y la turbación. Suspiró aliviado cuando aparcó junto al restaurante.


El equipo marchaba bien. Entusiasmado con su genialidad futbolística y por lo bien que conducía a los muchachos, el concejal comenzó a interesarse por los problemas legales de Hammou, impaciente por formalizar su fichaje para asegurarse de que iba a continuar la labor toda la temporada. Una vez resueltos los trámites del consulado, le prometió a Román que realizaría gestiones para solucionar los españoles en un plazo breve.
-¿Tendría problemas si le diera trabajo en el restaurante? -preguntó Román.
-No creo. Ahora que comienza la temporada baja, la vigilancia afloja mucho. Pero no te preocupes; si apareciera un inspector, dile que es empleado del ayuntamiento, que sus papeles los tengo yo y que venga a hablar conmigo.
Hammou engrosó la plantilla del Monfragüe, en la que, despedidos ya los refuerzos del verano, sólo figuraban dos camareros que no eran parientes de Román. La hermana llevaba la caja y se responsabilizaba del almacén; el cuñado se tomaba muy a pecho su papel de maitre y la madre hacía de pinche en la cocina. Nela realizaba la decoración floral, que renovaba cada dos días, comprando ella misma las flores y negándose a que cualquier otro las eligiera. También los dos hijos se empeñaban en colaborar con frecuencia a la hora de montar las mesas. De modo que lo único que Román podía encargarle a Hammou era de la limpieza matinal, que apenas representaba el retoque y mejora de lo que los camareros habían limpiado de madrugada.
-Eres un loco -le dijo a Román su hermana-, darle la llave a ese moro, para que se hinche de robarte.
-No le llames "moro", por favor, Carmela. Ellos creen que esa palabra es un insulto. Sabes de sobra su nombre.
-Muchas molestias te tomas tú por el moro ése, que un día va a dejarte con el culo al aire. Cualquier día, vendremos a abrir el restaurante y nos encontraremos que se ha llevado la registradora.
-Quítate esas ideas de la cabeza, Carmela. Hammou es incapaz de robar ni un caramelo.
-¿Qué sabrás tú? Todos los atracos que trae el periódico son moros los que los hacen.
A Hammou le intimidaba Carmela; siempre se ponía nervioso cuando se le acercaba o cuando notaba que le estaba acechando; en tales momentos se mostraba torpe y cohibido, deseoso de echar a correr. Un día, cuando ya llevaba un mes trabajando en el Monfragüe, cuyas vitrinas, espejos, botellas y cristalería brillaban como nunca, llegaron al mismo tiempo, a las once, Carmela y Román. Con el suelo, las cristaleras y los espejos ya relucientes, el marroquí se encontraba pulimentando con un paño las copas de vino y las de agua, que iba colocando de nuevo en las mesas. Carmela se detuvo junto a él y le dijo con tono muy ácido:
-Te he explicado un montón de veces que las colocas al revés. Eres un estúpido.
Román observó que palidecía. Sujetando el paño en la mano derecha y la copa que pulimentaba en la izquierda, se paró, mirando con expresión indescifrable a la hermana. Con mano temblorosa, fue a poner la copa junto a la otra, tal como se le acababa de indicar; a causa del temblor, golpeó entre sí las dos copas, que se rompieron a la vez. Mientras contemplaba los fragmentos de cristal esparcidos sobre el mantel de color salmón, la piel del marroquí se había vuelto de cera.
-¡Moro de mierda! -gritó Carmela-. Eres un inútil y un desgraciado.
Como si tuviera ganas de golpear, Hammou tiró violentamente el paño sobre la mesa y corrió a ocultarse en la cocina.
-Carmela, Carmela... -murmuró admonitoriamente Román, y fue tras Hammou, previendo lo que iba a encontrar.
En la cocina, había un cuartillo más allá de las cámaras frigoríficas, donde los camareros disponían de seis taquillas para guardar la ropa. Hammou estaba dentro, con la puerta cerrada. Román intentó abrir, pero el pestillo se encontraba echado. Trató de oír. Sonaban golpes sordos, aunque propinados con mucha fuerza.
-Hammou -dijo muy bajo-. No se lo tomes en cuenta. Abre, vamos a hablar.
Los golpes dejaron de sonar, pero la puerta permaneció cerrada.
-Venga, Hammou, abre.
-No puedo.
-¿Por qué?
-Te vas a cabrear conmigo.
-No.
-Sí.
-Coño, abre, Hammou. Me estás poniendo nervioso.
La puerta se entrebrió.
-Entra -le dijo Hammou, y cerró de nuevo con Román dentro.
Éste descubrió al instante las manchas de sangre en la pared. Comprendió lo que había pasado.
-Enséñame la mano.
Hammou se resistió, pero Román le tomó la muñeca y le obligó a torcerla para examinar las heridas. Los huesos de los nudillos eras visibles a través de la piel hecha jirones y la sangre
-Joder, Hammou. Tengo que llevarte en seguida al hospital. Estás como un cencerro. Venga, vamos.
-Me va a gritar otra vez.
-No le hagas caso a mi hermana. Venga, vamos, antes de que se nos haga tarde para volver a trabajar.
Con la espalda apoyada contra la puerta, Hammou se abrazó a Román
-Perdona por manchar la pared.
Aunque nervioso por lo que el abrazo le hacía sentir, Román consideró que agravaría la situación si le empujaba para rechazarle.
-No te preocupes por eso. Es una tontería. Vamos a que te curen.
-La aguanto porque te quiero.
-Ya lo sé. También a mí me dan ganas de darle una hostia.
-Yo te quiero mucho, Román. Y ella quiere echarme.
-No te preocupes. No lo va a conseguir.
-Si ella te convence para que me eches, me mato.
Román sintió lo que estaba ocurriendo bajo el pantalón de Hammou. Espantado, trató de separarse. El marroquí se lo impidió. Forzó más el abrazo y de modo inesperado le mordió los labios para que no pudiera rechazar el beso.
Román cerró los ojos. ¿Qué le estaba pasando? Su cuerpo estaba respondiendo como el de Hammou y unas ondas deliciosas le recorrían el espinazo mientras un siroco insoportable agitaba su corazón. ¿Qué demonios significaba eso?
-Vámonos al hospital -dijo, mientras apartaba con energía a Hammou.


Cuando terminaba los preparativos del restaurante para afrontar la siguiente temporada de verano, Román miró con orgullo el trofeo que intentaba colocar del mejor modo en la vitrina. Romy, su hijo, había querido que se expusiera allí, ya que su padre no vivía en su casa. El equipo había resultado campeón de la liga provincial infantil; aparte del trofeo grande, entregaron otros más pequeños a cada uno de los chicos. A Romy, por ser el capitán, le habían premiado con uno de tamaño intermedio, que Román cambió varias veces de posición hasta conseguir que el nombre de su hijo fuese legible.
-¿Va a venir Hammou? -preguntó Romy.
-No, hijo. Ya pasó la prueba para que el Málaga lo contrate, pero todavía tienen que hacerle hoy el reconocimiento médico.
-¿Ya no va a entrenarnos más a nosotros?
-Me parece que sí. Aunque consiga ser titular en el Málaga, le permiten venir a entrenaros dos veces por semana.
-¿Cuándo vas a llevarme a vuestra casa?
-Cuando quieras.
-¿El martes, que cierras el restaurante?
-¿No tienes colegio?
-Las vacaciones empiezan mañana, ¿no te acuerdas?
-Disculpa, hijo. No me acordaba. ¿Te han aprobado?
-Claro. Díselo a Hammou, porque me prometió regalarme un balón firmado por los jugadores del Málaga si las aprobaba todas.
-Esta noche se lo diré cuando llegue a casa. No te preocupes.
Esa noche que sería una de mil, entre los miles de noches que habrían de sobrevolar juntos todas las rutas mágicas del oriente y el occidente.